La jaula Capítulo 4 — Doce botellas de vino y ningún culpable
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Capítulo 4 — Doce botellas de vino y ningún culpable

(Punto de vista: Francisco)

La Enoteca Ranieri no estaba en la ruta habitual de Manolo, pero el jueves anterior el encargado había llamado para pedir un favor —«solo esta vez, Francisco, te lo compenso»— y así fue como, sin saber absolutamente nada todavía sobre quién era el dueño de aquel local de fachada elegante en pleno Chueca, Francisco Campi se encontró un martes por la mañana bajando una caja de doce botellas de vino Barolo por la acera de la calle Gravina, maldiciendo en italiano y en español a partes iguales.

—Con cuidado con esa esquina —le dijo el camarero que había salido a recibirlo, un chico joven con delantal negro que llevaba la palabra ENOTECA bordada en dorado, como si el vino necesitara presentación.

—Llevo doce años cargando cajas, tío. Sé cómo se coge una caja.

Lo que Francisco no sabía —lo que nadie podría haberle avisado, porque el mundo tiene ese sentido del humor cruel de juntar a la gente exactamente en el peor momento posible— era que a dos metros de él, agachada detrás de una furgoneta aparcada, con una cámara réflex escondida bajo una gabardina que en absoluto pegaba con el calor de septiembre, Paquita Serrano llevaba cuarenta minutos fotografiando la entrada trasera de la Enoteca Ranieri, esperando ver algo, cualquier cosa, que confirmara lo que sus notas ya empezaban a sospechar.

Lo que consiguió fotografiar, en cambio, fue a un boxeador de metro ochenta y cuatro tropezando con el bordillo.

—¡Cuidado! —gritó ella, sin pensarlo, cuando vio que la caja se le escapaba de las manos.

Francisco se giró hacia la voz en el peor instante posible, con lo cual perdió el poco equilibrio que le quedaba, y la caja de doce botellas de Barolo terminó estrellándose contra la acera con un estruendo de cristal roto y vino tinto que salpicó, generosamente, los zapatos de ambos.

Durante tres segundos completos, nadie dijo nada. El camarero del delantal dorado se llevó las manos a la cabeza. El vino corría por la acera de Gravina como si la ciudad se hubiera cortado una vena.

—¿Se puede saber qué haces gritando así a la gente? —fue lo primero que dijo Francisco, mirándose los zapatos empapados de tinto, que además eran los únicos decentes que tenía.

—¿Yo? Yo intentaba avisarte de que se te caía la caja.

—Pues no funcionó muy bien el aviso, ¿no te parece?

—Perdona, la próxima vez dejo que te aplaste los pies con doce kilos de cristal, a ver si así aprendes.

Francisco la miró por primera vez con atención —de verdad, no solo como al origen de un grito inoportuno— y se encontró con una mujer de unos treinta años, gabardina fuera de lugar para la temperatura, mejillas encendidas de vergüenza o de rabia, seguramente las dos cosas, y una cámara que intentaba, sin mucho éxito, esconder detrás de la espalda.

—¿Qué llevas ahí?

—Nada que te importe.

—Me importa si es lo que ha hecho que me caiga encima medio inventario de un enoteca.

—No se te ha caído por mi culpa. Se te ha caído porque, evidentemente, no sabes coger una caja, a pesar de tus doce años de experiencia cargándolas.

Francisco se cruzó de brazos, y por un segundo —solo un segundo, que después ninguno de los dos reconocería en voz alta— algo parecido a una sonrisa le tembló en la comisura de los labios, aunque el resto de su cara siguiera fingiendo indignación.

—¿Nos conocemos?

—No, gracias a Dios.

—Porque tienes ese tono de estar acostumbrada a discutir con la gente y ganar.

—Y tú tienes ese tono de estar acostumbrado a que te den la razón solo porque mides veinte centímetros más que la persona con la que hablas.

Desde la puerta de la Enoteca, el camarero del delantal dorado seguía la escena con una mezcla de horror y fascinación, calculando mentalmente cuánto le iba a costar reponer las botellas.

—Vais a tener que pagar esto —intervino, señalando el desastre de cristales y vino con un gesto que pretendía sonar profesional y le salió más bien lastimero.

—Yo no he tirado nada —dijo Paquita, dando un paso atrás casi instintivamente, como si el simple hecho de pagar por algo relacionado con ese local pudiera dejar un rastro que después alguien —su padre, por ejemplo— pudiera seguir hasta ella.

—Y yo lo he tirado porque alguien me ha gritado en la oreja sin venir a cuento —replicó Francisco, aunque una parte de él, la parte que llevaba una vida entera aprendiendo a leer a la gente antes de que hablara, ya empezaba a sospechar que aquella mujer de la gabardina fuera de temporada no estaba allí para comprar vino italiano precisamente.

—Mira —dijo Francisco, bajando el tono, y sacando la cartera con un suspiro resignado que le costaba media hora de reparto—, ¿cuánto es?

El camarero, aliviado de no tener que pelear más por el asunto, nombró una cifra que hizo que Francisco cerrara los ojos un segundo, calculando cuántas peleas más iba a tener que dar ese mes para compensarlo.

—Yo pago la mitad —dijo Paquita de pronto, sorprendiéndose incluso a sí misma.

Francisco la miró.

—Creía que tú no habías tirado nada.

—No he tirado nada. Pero tampoco he ayudado precisamente a que no se cayera. —Se encogió de hombros, sacando la cartera de un bolso demasiado pequeño para llevar tanto dentro—. Además, odio deberle nada a nadie. Prefiero pagar y quedarme tranquila.

Fue lo primero verdadero que Francisco escuchó salir de su boca, aunque tardaría semanas en entender del todo lo mucho que esa frase decía sobre ella.

Se sentaron —sin planearlo, sin decidirlo conscientemente, simplemente ocurrió, de la misma manera en que ocurren las cosas que después uno recuerda como el principio de algo— en la terraza de una cafetería dos calles más allá, todavía con los zapatos manchados de vino, esperando a que un cajero automático les diera el cambio exacto para dividir la cuenta del desastre.

—Francisco —dijo él, tendiéndole la mano con una formalidad que a él mismo le resultó ridícula un segundo después de hacerlo.

—Paquita.

—¿Paquita de qué?

—Paquita de nada. Solo Paquita.

—Todo el mundo es de algo.

—Tú no sabes nada de mí —dijo ella, con una sonrisa que quería sonar a broma y sonaba, en realidad, mucho más cierta de lo que ninguno de los dos estaba preparado para admitir esa mañana.

—Tienes razón. No sé nada de ti. Salvo que llevas una cámara escondida debajo de una gabardina en pleno septiembre, que te da vergüenza que te vean cerca de esa tienda de vinos, y que prefieres pagar la mitad de una caja de Barolo antes que dar tu apellido a un desconocido.

—Francisco se recostó en la silla, satisfecho de su propia observación—. Para no saber nada, sé bastante.

Paquita se quedó mirándolo con una expresión nueva, algo entre la irritación y la sorpresa genuina, como quien descubre que el rival que acababa de subestimar resulta jugar mejor de lo que esperaba.

—¿Y tú qué hacías repartiendo vino en una tienda italiana un martes por la mañana? —contraatacó ella—. Porque, con esa nariz y ese acento cuando te enfadas, dudo mucho que sea la primera vez que pisas ese local.

—Es la primera vez, de hecho. Un favor a un amigo.

—Ya. Un favor.

—Y tú, ¿un favor a quién le estás haciendo tú, con la cámara?

Se miraron. Ninguno de los dos contestó. Y en ese silencio, breve pero denso, los dos entendieron algo que ninguno se atrevió a decir en voz alta todavía: que ambos tenían un motivo para estar allí, y que ese motivo, fuera cual fuera, probablemente no era ninguno bueno.

—Bueno —dijo Francisco finalmente, levantándose cuando el cajero por fin le devolvió el cambio—, ha sido… interesante, Paquita de nada.

—Ha sido caro, Francisco sin apellido.

—Puedo darte mi apellido si tanto te interesa.

—No me interesa —dijo ella, aunque ya estaba memorizando su cara, la forma en que se le arrugaba la nariz rota al sonreír, el modo en que hablaba con las manos como si necesitara subrayar cada frase con un pequeño gesto de boxeador.

Se separaron en la esquina de Gravina con Hortaleza, cada uno en dirección contraria, y ninguno de los dos se giró para comprobar si el otro lo había hecho.

(Los dos lo habían hecho.)

(Punto de vista: Paquita)

Aquella noche, mientras revisaba las fotos que había conseguido sacar antes del incidente del vino —ninguna especialmente útil, la verdad, salvo una en la que se veía, borroso pero reconocible, un furgón sin matrícula visible entrando por la puerta trasera de la Enoteca—, Paquita se sorprendió a sí misma sonriendo al recordar la discusión de la acera.

—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Marina, asomándose por encima de su hombro en la redacción vacía, donde ambas se habían quedado hasta tarde por costumbre más que por necesidad.

—Nada. Un accidente esta mañana.

—¿Un accidente bueno o un accidente malo?

Paquita se lo pensó un momento, mirando la foto borrosa del furgón, pensando en la nariz torcida de un desconocido que discutía como si llevara toda la vida practicando la réplica exacta.

—Todavía no lo sé —dijo, y por primera vez en meses, aquella incertidumbre no le pareció del todo desagradable.

(Fin del capítulo 4 — continúa en el Capítulo 5, según el esquema de la biblia narrativa)