La jaula Capítulo 3 — La cena del embajador
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Capítulo 3 — La cena del embajador

(Punto de vista: Paquita)

El vestido negro que su madre había elegido para ella colgaba del armario desde el lunes, con una nota manuscrita prendida en la percha: «Nada de escote.

Nada de preguntas incómodas. Nada de tu hermano cerca del vino.

» Amparo Alcántara tenía una habilidad casi sobrenatural para anticipar los tres desastres más probables de cualquier velada familiar, y llevaba veintinueve años entrenando esa habilidad exclusivamente en su hija.

Paquita se lo puso de todos modos, sin escote, sin preguntas incómodas —al menos no en voz alta— y con el móvil escondido en el pequeño bolso de mano, donde no debería caber pero cabía, porque llevaba toda la vida aprendiendo a hacer que las cosas cupieran donde no debían.

La cena era en un reservado del Club Financiero, con manteles tan blancos que parecían recién nevados y camareros que se movían como si hubieran nacido sabiendo en qué lado se servía el vino.

El embajador italiano, un hombre pequeño y sonriente de apellido impronunciable para la mitad de los invitados, hablaba de acuerdos comerciales, de intercambio cultural, de un festival de cine que su embajada quería organizar en Madrid la próxima primavera.

Ignacio Serrano estaba en su salsa. Paquita lo observaba desde el otro extremo de la mesa —siempre la sentaban lejos de él en estos actos, «para que cada uno luzca por sí mismo», decía su padre, aunque ella sospechaba que era más bien para que nadie pudiera verlos discutir en la misma toma de una fotografía— y reconocía en cada gesto de su padre el mismo manual que llevaba viendo desde niña: la sonrisa calibrada, la mano en el hombro justo el tiempo justo, la risa un segundo después de que el chiste terminara, nunca antes, nunca simultánea.

—Tu padre debería dedicarse al teatro —le susurró Álvaro, sentado a su lado, sirviéndose la tercera copa de la noche con la parsimonia de quien ha decidido que esta cena, como todas, va a ser larga.

—Tu padre está en el teatro, Álvaro. Este es el escenario.

Su hermano sonrió, esa sonrisa suya que nunca terminaba de llegar a los ojos, y levantó la copa hacia ella en un brindis silencioso que Paquita no devolvió.

Fue entonces, mientras los camareros retiraban el primer plato y el embajador italiano empezaba una anécdota sobre un viñedo familiar en la Toscana, cuando Paquita escuchó, dos asientos más allá, un nombre que le heló la sangre de una manera que ningún vino frío habría conseguido.

—…y por supuesto, tenemos también algunos compatriotas instalados aquí desde hace años, empresarios de mucho éxito. El señor Ranieri, por ejemplo, que nos ha ayudado enormemente a fortalecer las relaciones comerciales entre…

Paquita se quedó con el tenedor a medio camino de la boca.

—¿Ranieri? —preguntó, quizás demasiado rápido, quizás demasiado alto, porque su madre le lanzó desde el otro extremo de la mesa una mirada que decía, sin palabras, ni se te ocurra .

El embajador sonrió, encantado de que alguien mostrara interés.

—Michele Ranieri, sí. Un hombre encantador. Tiene una enoteca preciosa por Chueca, deberías visitarla. Y ha colaborado generosamente con varias iniciativas de la embajada.

—Qué interesante —dijo Paquita, con la voz más neutra que consiguió reunir, mientras por debajo de la mesa clavaba las uñas en la servilleta de tela.

Buscó los ojos de su padre. Solo un segundo. Lo justo para ver algo que llevaba meses sin ver en él: una fisura minúscula en la sonrisa calibrada, un parpadeo de más, la mano que se cerraba alrededor de la copa de vino con una fuerza que no correspondía al gesto tan ligero de beber.

Ignacio Serrano sabía exactamente quién era Michele Ranieri.

Y por la forma en que apartó la mirada de su hija en ese mismo instante, Paquita entendió que había cosas que su padre sabía que no tenían absolutamente nada que ver con festivales de cine ni con acuerdos comerciales.

Salieron del Club Financiero pasada la medianoche. Ignacio se despidió del embajador con otro apretón de manos perfectamente calculado, y en cuanto la puerta giratoria los devolvió a la calle, la sonrisa se le cayó de la cara como un disfraz mal cosido.

—En el coche —dijo, sin mirar a nadie en particular—. Todos.

Nadie discutió. Ni siquiera Álvaro, que discutía con su padre por deporte casi tanto como bebía vino.

El trayecto hasta la calle Serrano fue silencioso, roto solo por el ruido del intermitente y por Amparo, que se limitó a mirar por la ventanilla con esa expresión suya de quien reza en silencio por que la tormenta pase de largo sin desatarse del todo.

Paquita, en el asiento trasero, observaba la nuca de su padre, la tensión acumulada entre los hombros, y pensaba en la carpeta que tenía escondida en el fondo de un cajón de su escritorio, con el nombre Import Ranieri S.L. subrayado en rojo.

Al llegar al ático, Ignacio se sirvió un whisky que no le había pedido a nadie y se quedó de pie junto a la ventana del salón, mirando las luces de Madrid como si contuvieran la respuesta a una pregunta que todavía no se atrevía a formular en voz alta.

—Papá.

—Vete a la cama, Paquita.

—¿Quién es Michele Ranieri?

Ignacio se giró tan rápido que estuvo a punto de derramar el whisky.

—Un empresario. Ya lo has oído en la cena.

—He visto tu cara cuando lo han mencionado. Esa no es la cara que pones cuando escuchas hablar de un empresario cualquiera.

—Estás cansada. Ha sido una noche larga.

—Papá, soy periodista.

—Eres becaria —dijo él, y en cuanto lo dijo pareció arrepentirse, porque su voz sonó más dura de lo que pretendía, más asustada de lo que quería admitir—. Perdona. Estoy cansado yo también. Vete a dormir, hija. Mañana hablamos si quieres, con la cabeza más despejada.

No hablaron al día siguiente.

Ni al otro.

Pero Paquita, tumbada en su cama esa noche, con el vestido negro sin escote colgado otra vez del armario y el móvil todavía escondido bajo la almohada, abrió el navegador y escribió, por primera vez de forma explícita, la pregunta que llevaba semanas rodeándola sin que se atreviera a nombrarla del todo:

Michele Ranieri Madrid mafia italiana

Los resultados no fueron muchos. Un par de menciones en sociedad, fotos de inauguraciones, un artículo antiguo, casi olvidado, de un periódico italiano que ni siquiera existía ya en su versión digital, sobre una investigación por blanqueo de capitales en Calabria que había terminado, como terminaban tantas, en nada.

Pero fue suficiente.

Fue más que suficiente para que Paquita Serrano, hija de un Secretario de Estado, decidiera que aquella noche, sin saberlo todavía, acababa de convertirse en algo mucho más peligroso que una becaria con curiosidad.

Se había convertido en un problema.

(Punto de vista: Francisco)

A la mañana siguiente, mientras Madrid amanecía con ese cielo azul duro de finales de septiembre que no perdona ni un grado de más, Francisco cargaba cajas en la parte trasera de la furgoneta de Manolo —que, en efecto, seguía oliendo a pescado— cuando Luis lo llamó al móvil por segunda vez esa semana.

—Cesco. Ha vuelto a llamar.

—¿El mismo?

—El mismo. Esta vez ha dejado un nombre. O algo parecido a un nombre.

Francisco cerró la puerta trasera de la furgoneta y se apoyó contra el metal caliente, sintiendo el sol de la mañana en la nuca.

—Dime.

—Ha dicho: «Dile a Francisco Campi que el señor Ranieri se acuerda de su familia con mucho cariño. Y que le gustaría, en algún momento, hablar de negocios pendientes.»

El nombre no le decía nada a Francisco. Todavía no.

Pero se le quedó grabado igual, con esa clase de peso que tienen las cosas que uno sabe, sin saber muy bien por qué, que van a volver a aparecer.

—¿Negocios pendientes? —repitió Francisco—. ¿Qué clase de negocios tengo yo con un tipo que ni siquiera conozco?

Luis tardó unos segundos en contestar, y cuando lo hizo, su voz sonó más vieja de lo que Francisco la había oído sonar nunca.

—La clase de negocios que se heredan, Cesco. Sin que nadie te pregunte si los quieres.

(Fin del capítulo 3 — continúa en el Capítulo 4, según el esquema de la biblia narrativa)