Capítulo 2 — Los que se quedan en el rincón
(Punto de vista: Francisco)
El Gimnasio Nápoles no tenía nada de napolitano salvo el nombre y las fotos amarillentas que colgaban detrás del mostrador: el abuelo Campi con guantes de otra época, un recorte de periódico en italiano que nadie en Madrid sabía ya traducir del todo, y una bandera pequeña, medio deshilachada, clavada con una chincheta en la pared desde antes de que Francisco naciera.
Olía a cuero viejo, a alcanfor y a las mismas toallas que llevaban lavándose desde el gobierno anterior.
Luis decía que ese olor era «la memoria del sitio» y que quitarlo sería como quitarle el alma al local.
Francisco pensaba que era, sencillamente, que su tío no compraba ambientadores desde hacía una década, pero nunca se lo decía en voz alta.
—Otra vez tarde —dijo Luis, sin levantar la vista del saco que estaba cosiendo con hilo de pescar, porque la lona ya no aguantaba ni una costura más comprada.
—He hecho el reparto hasta Chamberí. Y he vuelto en bici porque la furgoneta de Manolo huele a pescado desde el sábado.
—Manolo siempre huele a pescado. Es su estado natural.
En el ring —de verdad, con lona reglamentaria, aunque las cuerdas también estaban a punto de jubilarse— dos chavales de dieciséis años intercambiaban golpes torpes bajo la mirada de Tommy, el otro entrenador, un dominicano que llevaba treinta años en Madrid y seguía diciendo «vaina» cada tres frases sin que nadie del barrio se sorprendiera ya.
Francisco se vendó las manos despacio, con la misma rutina de siempre: primero la izquierda, luego la derecha, un nudo, otro nudo, comprobar los nudillos.
Era el único momento del día en que su cabeza se quedaba completamente en silencio.
Ni facturas, ni repartos, ni el hombre que había preguntado por él el lunes por la mañana.
Hasta que Luis rompió el silencio.
—¿Sigues pensando en lo que te dijo tu madre?
—Mi madre no me dijo nada. Ese es el problema.
Luis dejó el saco a medio coser y se sentó en el banco, con las manos —enormes, llenas de nudos de artritis prematura— apoyadas sobre las rodillas.
Por primera vez en mucho tiempo, a Francisco le pareció que su tío parecía cansado de verdad, y no solo del tipo de cansancio que se cura con un café solo y un cigarro.
—Tu padre, que en paz descanse, no era un santo, Cesco. Era un buen hombre. Pero no era un santo.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo sabes. Lo que sabes es la versión bonita. La que le contamos a tu madre para que durmiera tranquila, y la que te contamos a ti para que no salieras corriendo a hacer una tontería.
Francisco dejó de vendarse las manos.
—Luis.
—Antes de venir a España, tu padre pidió dinero.
Mucho dinero. No a un banco. —Luis se frotó la cara con las dos manos, como si quisiera borrarse algo—.
Se lo pidió a gente que en Nápoles no presta dinero, presta problemas con forma de dinero.
Y cuando llegó aquí, cuando empezó a ganar algo con el gimnasio y con las peleas, empezó a devolverlo. Poco a poco. Hasta que murió.
—¿Y luego?
—Luego dejamos de pagar. No porque no quisiéramos.
Porque no había con quién. La gente que había hecho el préstamo…
cambió. Se reorganizó. Durante años nadie vino a pedir nada.
Yo pensé, todos pensamos, que se habían olvidado.
O que habían decidido que no merecía la pena venir a Madrid a cobrarle una deuda de veinte años a una familia de boxeadores pobres.
El silencio que siguió tenía el mismo peso que un gancho al hígado, de esos que no duelen inmediatamente sino tres segundos después, cuando ya es demasiado tarde para prepararse.
—¿Cuánto? —preguntó Francisco.
—No lo sé exactamente. Con los intereses de veinte años, según cómo lo cuenten… podría ser cualquier cifra que quisieran decirte. Ese es el problema de deber dinero a gente que no firma papeles: la deuda es lo que ellos digan que es.
Francisco se quedó mirando sus propias manos, ya vendadas, como si fueran las de otra persona.
—¿Por eso preguntaba ese hombre por mí?
Luis no contestó. Y otra vez, el silencio de su tío dijo más que cualquier palabra que hubiera podido usar.
—La próxima vez que alguien llame preguntando por mí —dijo Francisco, levantándose y dirigiéndose hacia el saco pesado, el de verdad, el que usaba cuando necesitaba golpear algo que no le fuera a devolver el golpe—, dile la verdad. Dile dónde estoy. Dile a qué hora entreno.
—Cesco…
—Si vienen a cobrar, que vengan. No pienso pasarme la vida mirando por encima del hombro por una deuda que ni siquiera es mía.
Empezó a golpear el saco con una furia que Tommy, desde el otro lado del gimnasio, reconoció enseguida y decidió no comentar.
Los chavales del ring pararon un segundo a mirar, y luego, con la sabiduría instintiva de quien ha crecido rodeado de hombres que resuelven las cosas a golpes, volvieron a lo suyo sin hacer preguntas.
Luis se quedó sentado en el banco, mirando a su sobrino descargar veinte años de silencio familiar contra un saco de cuero remendado con hilo de pescar, y pensó —no por primera vez— que algún día tendría que contarle el resto. La parte que ni siquiera Edith conocía del todo.
Pero ese día no había llegado todavía.
(Punto de vista: Francisco / Valentina)
Valentina llegó al gimnasio a las ocho, todavía con el pijama sanitario puesto y ojeras de doce horas de turno, cargando una bolsa de churros que dejó sobre el mostrador como quien deposita una ofrenda de paz.
—¿A qué debo el honor? —preguntó Francisco, todavía sudando, con las manos ya desvendadas.
—A que mamá me ha llamado al hospital, en mi descanso, para preguntarme si sabía por qué tenías la cara «de haber discutido con Dios». Textual.
—Es un moretón, Valentina. Los moretones se curan.
—Los moretones se curan. Las preguntas que no contestas, no. —Se sentó en el banco, junto a Luis, y le robó un churro a su propia bolsa antes de ofrecérsela—. ¿Qué está pasando, tío Luis? Y no me digas «nada», que tienes la misma cara que Francisco cuando miente, y los dos sois malísimos mintiendo.
Luis miró a Francisco. Francisco miró a Luis. Entre ellos pasó una de esas conversaciones silenciosas que solo existen entre familia, hechas de cejas levantadas y pequeños gestos de cabeza, y que terminan siempre con la misma conclusión no verbal: todavía no, pero pronto.
—Cosas de mayores —dijo Luis finalmente, dándole un mordisco al churro con una tranquilidad fingida que no engañó a nadie.
—Tengo veinticuatro años y trabajo en Urgencias, Luis. He visto cosas de mayores que ni tú querrías ver.
—Pues por eso mismo, no necesitas ver más.
Valentina puso los ojos en blanco, con esa mezcla de cariño y exasperación que solo se le permite a una hermana pequeña, y se giró hacia Francisco.
—Cuando quieras contarme la verdad, aquí estoy. Mientras tanto —se levantó, recogiendo su bolsa de churros vacía—, ten cuidado. En serio, Cesco. Tengo un turno esta noche y no quiero que seas tú el que entre por la puerta de Urgencias.
Se marchó dejando tras de sí el olor a azúcar frito y una sensación incómoda que ni el gimnasio, con todo su alcanfor y su cuero viejo, consiguió disimular del todo.
(Punto de vista: Paquita)
En la redacción, si se le podía llamar así a un despacho compartido con cinco becarios más y una cafetera que llevaba dos semanas rota, Paquita imprimió por tercera vez el mismo documento, como si la tinta física fuera a revelarle algo que la pantalla se negaba a mostrar.
Import Ranieri S.L. Constituida hacía once años.
Objeto social: importación y distribución de productos alimentarios italianos.
Domicilio fiscal: un local de doscientos metros cuadrados en la calle Barquillo que, según el registro mercantil, facturaba cifras que no se correspondían ni de lejos con el tamaño de una tienda de pasta y vino.
—¿Sigues con lo del puerto? —Marina, su compañera de mesa, se asomó por encima del monitor con la curiosidad de quien lleva tres meses viendo a Paquita obsesionarse con la misma carpeta.
—Es solo una comprobación rutinaria.
—Ya. La misma comprobación rutinaria que llevas haciendo desde julio.
Paquita no contestó. Subrayó, por cuarta vez, el nombre de la empresa, y al lado, en un post-it amarillo que después arrancaría y guardaría en el bolso en lugar de en la papelera —por si acaso, aunque no supiera muy bien de qué «por si acaso» se trataba—, escribió tres palabras:
¿Quién es Ranieri?
Fuera, Madrid seguía con su ritmo de siempre.
Y a varios kilómetros de distancia, sin que ninguna de las dos partes lo supiera todavía, el nombre que Paquita acababa de subrayar en un documento oficial era el mismo nombre que, veinte años atrás, en otra ciudad, había firmado —sin firmar nada en realidad, porque esa gente nunca firma— la deuda que ahora empezaba a perseguir a Francisco Campi por las calles de Madrid.
(Fin del capítulo 2 — continúa en el Capítulo 3, según el esquema de la biblia narrativa)