La jaula
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Capítulo 1 — El precio de un lunes
(Punto de vista: Francisco)
El sótano olía a sudor, a linimento y a dinero que nadie iba a declarar en Hacienda.
Francisco Campi escupió el protector bucal en la mano de su tío y dejó que el aire le entrara en los pulmones como si fuera la primera vez que respiraba en su vida.
El otro tipo —un rumano grande como un armario, con el cuello más ancho que la cabeza— estaba sentado en una silla plegable al otro lado del cuadrilátero improvisado, con una bolsa de hielo apretada contra la ceja.
—Le has roto algo —dijo Luis, sin mirarlo, mientras le pasaba una toalla—. Eso siempre sube el precio.
—Yo no le he roto nada. Se ha caído él solo, muy torpe.
Alrededor del ring de cuerdas mal tensadas, unos cuarenta hombres gritaban, apostaban, se pasaban billetes de mano en mano como si fueran cartas de una baraja sucia.
Nadie llevaba corbata. Nadie iba a llamar a la ambulancia si algo salía mal.
Ese era el trato, desde siempre: aquí abajo no existían las normas de la Federación de Boxeo, solo las de Manolo, el dueño del local, que cobraba comisión por dejarlos sangrar en su sótano.
Francisco levantó el brazo derecho cuando el árbitro improvisado —un camarero con más músculo que sentido común— lo señaló como ganador.
El público aplaudió como quien aplaude una lluvia que por fin llega después de la sequía: con alivio, no con pasión.
Habían apostado por él. Eso era todo lo que importaba.
—Trescientos —dijo Luis, contando los billetes detrás de la cortina que hacía de vestuario—. Menos la comisión de Manolo, menos lo que le debemos a Franco por los guantes nuevos. Doscientos veinte, limpios.
—Doscientos veinte no llega ni para media factura de la luz.
—Doscientos veinte es doscientos veinte más de lo que tenías esta mañana, Cesco.
Francisco sonrió, porque su tío tenía razón, como casi siempre, y porque llevaba treinta y dos años aprendiendo que quejarse no cambiaba el número de ceros en ningún sitio.
Se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano y notó el sabor de siempre: hierro, sudor y algo parecido a la vergüenza que ya ni siquiera reconocía como vergüenza.
Solo era el lunes. El lunes tenía ese sabor.
Afuera, Madrid seguía sin enterarse de nada.
Las calles de Tetuán olían a churrería y a tubo de escape, y un par de vecinas madrugadoras ya sacaban las persianas metálicas de sus tiendas mientras Francisco caminaba con la bolsa de deporte al hombro y un ojo empezando a hincharse en un tono violeta que en un par de días sería motivo de chiste en el gimnasio.
—Tu madre te va a matar antes de que lo haga nadie más —dijo Luis, encendiendo un cigarro que llevaba prometiendo dejar desde el año 2003.
—Mi madre ya me dio por perdido cuando dejé el instituto para meterme en un ring.
—Tu madre te dio por perdido cuando naciste con esa cara de querer discutir con todo el mundo. —Luis le dio una calada al cigarro y añadió, más serio—: Ha llamado alguien preguntando por ti. Un hombre. No ha dicho su nombre.
Francisco se detuvo.
—¿Qué quería?
—No lo sé. Solo ha preguntado si el sobrino de Luis Campi seguía peleando los lunes en el mismo sitio. —Luis tiró la ceniza al suelo con un gesto que quería parecer despreocupado y no lo conseguía del todo—. Le he dicho que no sabía de qué me hablaba.
—¿Y te ha creído?
—A mí siempre me creen. Tengo cara de no saber nada.
Francisco se rio, pero algo se le quedó atascado en el pecho, en el mismo sitio donde el rumano le había metido un gancho al hígado dos rounds antes.
No era la primera vez que alguien preguntaba por los Campi en Madrid.
Nunca era buena señal. En Nápoles, hacía tiempo, su abuelo solía decir que las deudas de familia eran como el aceite en el agua: podías removerlas, esconderlas, incluso olvidarte de que estaban ahí durante años.
Pero siempre, siempre, volvían a subir a la superficie.
—Habrá sido algún apostador cabreado —dijo Francisco, más para convencerse a sí mismo que a su tío.
—Seguro.
Ninguno de los dos se lo creyó.
Llegaron a casa cuando Edith ya tenía la cafetera puesta y el genio encendido a partes iguales. En cuanto vio el ojo de su hijo, dejó la cuchara de madera sobre la sartén con el mismo golpe seco que usaba cuando de verdad quería que alguien escuchara.
—Francisco Javier Campi.
—Buenos días, mamá.
—No me digas «buenos días, mamá» como si esto fuera normal.
—Le agarró la barbilla con dos dedos y le giró la cara hacia la luz de la ventana, examinando el moretón con la seriedad de un cirujano—.
Un día de estos te van a matar en ese sótano y yo voy a tener que explicarle a tu padre, que en paz descanse, por qué su hijo se dejaba pegar por dinero como un animal de feria.
—No me dejo pegar, mamá. Gano. Casi siempre gano.
—Casi siempre. —Edith resopló y volvió a los huevos, que ya empezaban a quemarse, porque en esa casa el drama y el desayuno siempre ocurrían al mismo tiempo—.
Valentina se ha ido ya al hospital. Turno de mañana.
Y tú vas a comer algo antes de ir a hacer el reparto, que hoy tienes ruta hasta Chamberí.
Francisco se sentó a la mesa de fórmica que llevaba en esa cocina más años que él mismo, y por un momento —solo un momento— el sótano, el rumano, el hombre que había preguntado por él, todo desapareció detrás del olor a café recalentado y huevos casi quemados.
Esa era la parte de su vida que nadie apostaba, que nadie aplaudía, y que sin embargo era la única que de verdad le importaba defender.
—Mamá.
—¿Qué?
—¿Papá tenía deudas en Nápoles? Antes de venir aquí.
Edith se quedó quieta un segundo de más, con la espátula en el aire.
—Come, Francisco. Se te va a enfriar.
No era un no. Y Francisco, que llevaba toda la vida aprendiendo a leer los golpes antes de que llegaran, entendió que acababa de recibir el primero de verdad esa mañana.
(Punto de vista: Paquita)
A siete kilómetros de allí, en un ático de la calle Serrano que llevaba el mismo apellido que su familia por pura casualidad histórica —o eso le gustaba pensar a Paquita, para fastidiar a su padre—, Francisca Serrano Alcántara llevaba ya dos cafés y un cigarro a escondidas intentando entender por qué las cuentas de una adjudicación portuaria no cuadraban desde hacía tres años.
—Paquita, tu padre te espera en el salón.
La voz de su madre llegó desde el pasillo con esa cadencia perfecta, entrenada durante décadas de comidas de domingo y actos oficiales, que conseguía sonar a súplica y a orden al mismo tiempo.
—Ya voy, mamá.
No fue.
Se quedó otro par de minutos frente al portátil, con el ceño fruncido, tachando y subrayando cifras en un documento que técnicamente no debería tener en su ordenador personal, y mucho menos abierto en la mesa del comedor donde su padre desayunaba todas las mañanas.
Adjudicación de gestión logística. Puerto seco.
Una empresa llamada Import Ranieri S.L. que aparecía y desaparecía de los registros como si tuviera vergüenza de sí misma.
Cerró el portátil de golpe cuando oyó los pasos de su padre acercándose.
—Buenos días, papá.
Ignacio Serrano entró en el salón ya vestido de traje a las ocho de la mañana, como si el traje formara parte de su piel y no una prenda que se pudiera quitar. Besó a su hija en la frente, sirvió café, revisó el móvil dos veces en menos de un minuto.
—Esta noche hay una cena con el embajador italiano. Necesito que estés presentable y, sobre todo, que no menciones ni una sola vez la palabra «puerto» en toda la velada.
—¿Por qué iba a mencionar la palabra «puerto», papá?
Ignacio la miró por encima de la taza de café con esa mezcla de cariño y desconfianza profesional que reservaba solo para ella. Nunca para su hermano Álvaro, que jamás preguntaba nada que su padre no quisiera que le preguntaran.
—Porque eres periodista, hija, y los periodistas tenéis la costumbre de mencionar exactamente lo que no deberíais mencionar, justo en el peor momento posible.
—Solo soy becaria.
—Eres una Serrano. Aquí no existen las becarias.
Paquita sonrió con la boca cerrada, la sonrisa que llevaba usando desde los doce años cada vez que quería decir algo y decidía no hacerlo.
Fuera, Madrid empezaba a llenarse de tráfico y de un sol de finales de septiembre que todavía no sabía si quería ser verano u otoño.
En algún lugar de esa misma ciudad —aunque ninguno de los dos lo sabía todavía— un boxeador con un ojo morado subía a una furgoneta de reparto sin imaginar que, esa misma noche, su camino y el de aquella cena de embajadores iban a empezar a cruzarse.
Ninguno de los dos lo sabía.
Pero Madrid, como todas las ciudades pequeñas disfrazadas de grandes, tiene la costumbre de juntar tarde o temprano a la gente que se supone que nunca debería encontrarse.
(Fin del capítulo 1 — continúa en el Capítulo 2, según el esquema de la biblia narrativa)