Capítulo 9 El Trono Compartido
Habían pasado dos semanas desde el asalto al almacén.
La tormenta de violencia que había amenazado con destruirnos se había disipado, dejando a Nikolai como el gobernante absoluto e indiscutible de la ciudad.
Iván y los restos de su facción ya no eran más que un recuerdo enterrado bajo el cemento.
Mi hermano estaba a salvo, bajo protección en el extranjero, con una nueva identidad financiada por el hombre que una vez juró matarlo.
La deuda estaba saldada. Yo ya no era una prisionera.
Esa noche, la mansión estaba en un silencio sepulcral, pero era una calma pacífica, libre de la paranoia de los días anteriores.
Nikolai me había pedido que bajara a su despacho después de la cena.
Cuando entré, lo encontré de pie junto al gran ventanal, contemplando las luces de la ciudad con un vaso de whisky en la mano.
Vestía un pantalón de traje oscuro, pero la camisa estaba desabrochada, revelando el mapa de cicatrices que yo ya conocía de memoria.
Sobre el escritorio de caoba, reposaba un sobre de cuero negro con un pasaporte a mi nombre, una tarjeta bancaria y un fajo de billetes.
—Tu hermano está libre, Elena —dijo sin girarse, con su voz barítono resonando en la penumbra—. Y tú también lo estás. Ahí dentro tienes todo lo necesario para irte a donde quieras. Mañana por la mañana habrá un coche listo para llevarte al aeropuerto si así lo decides. La deuda ha terminado.
Sentí un vuelco en el corazón. Miré el sobre y luego su espalda imponente, que se tensaba mientras esperaba mi respuesta. Nikolai Volkov, el hombre que controlaba la ciudad con puño de hierro, me estaba dando el control total. Se estaba negando a retenerme por la fuerza.
Caminé lentamente hacia él. Mis pasos no dudaron. Me detuve a su espalda y deslicé mis manos por su torso, sintiendo el calor de su piel y el latido constante de su corazón.
—¿De verdad crees que puedo irme después de todo lo que hemos pasado? —le susurré, apoyando mi mejilla contra su omóplato—. Me diste una jaula de oro, Nikolai... pero terminaste convirtiéndola en mi hogar. No quiero tu dinero. Te quiero a ti.
Nikolai se giró con una rapidez que me dejó sin aliento. Dejó el vaso sobre una mesa y me tomó de la cintura, pegándome a él. En sus ojos grises ya no había frialdad; había un fuego devorador, una mezcla de alivio y una adoración tan intensa que me hizo temblar.
—Si te quedas, Elena, te quedas como mi reina —dijo con voz ronca, su acento ruso arrastrando cada palabra con una promesa solemne—. No detrás de mí, sino a mi lado. En mi mundo, en mi cama, en mi trono. Para siempre.
—Acepto —respondí, pero esta vez no fue el susurro asustado del club. Fue una orden, una declaración de intenciones.
Por primera vez, tomé las riendas. Lo empujé sutilmente hacia el gran sillón de cuero de su despacho.
Nikolai, sorprendido por mi audacia, se dejó caer en él con una sonrisa perezosa y peligrosa jugando en sus labios.
Me desabroché lentamente el vestido de seda que llevaba, dejando que resbalara por mis caderas hasta el suelo, quedando completamente desnuda ante su mirada hambrienta.
Me subí a sus muslos de horcajadas, quedando cara a cara con él. Mis muñecas, que ahora solo mostraban unas finas líneas rosadas casi curadas, se posaron sobre sus hombros. Con dedos decididos, bajé la cremallera de su pantalón, liberando su hombría que ya reclamaba su espacio, rígida y palpitante.
—Esta noche, el ritmo lo pongo yo —le advertí, rozando mis labios con los suyos.
—Eres la dueña del Pakhan, moya koroleva (mi reina) —jadeó él, dejando sus manos grandes apoyadas en los brazos del sillón, obligándose a no tocarme, a entregarse por completo a mi control.
Me elevé un poco y guíe su tremenda longitud hacia mi centro, que ya estaba empapado de anticipación.
Me deslicé hacia abajo con lentitud, saboreando cómo me abría, cómo me llenaba centímetro a centímetro hasta que nuestras pelvis chocaron con un sonido húmedo.
Ahogué un gemido largo, inclinando la cabeza hacia atrás mientras Nikolai soltaba un gruñido sordo, con las venas de su cuello marcadas por el esfuerzo de no devorarme allí mismo.
Comencé a moverme, balanceando mis caderas en un círculo lento, tortuoso y profundo.
El ángulo en el sillón hacía que cada movimiento rozara mi punto más sensible de una manera casi insoportable.
Nikolai cerró los ojos, apretando la mandíbula, disfrutando de la sutil tortura de mi dominio.
De vez en cuando, su pelvis daba un pequeño empuje involuntario hacia arriba, buscando más profundidad, pero yo controlaba el ascenso, manteniéndolo al límite.
La tensión erótica en el despacho era sofocante. El poder ya no era una cuestión de armas o dinero; era la entrega absoluta de dos cuerpos que se sabían entrelazados para siempre.
Aumenté el ritmo, transformando el vaivén lento en estocadas decididas y rítmicas.
Mis pechos rozaban su pecho tatuado con cada movimiento.
Nikolai ya no pudo contenerse más; sus manos subieron de golpe a mis caderas, fijando mi cuerpo, y me ayudó a acelerar el paso.
Sus ojos grises se abrieron, fijos en los míos, devorando mis expresiones mientras el placer empezaba a nublarme la vista.
—Da... da, tak... —gimió en su idioma, y el ritmo se volvió frenético.
El orgasmo me reclamó primero, una ola expansiva que hizo que mi interior se contrajera con fuerza salvaje alrededor de su miembro.
Nikolai soltó un rugido que retumbó en las paredes del despacho, dio dos embestidas ascendentes y brutales que me hicieron gritar su nombre, y se vino dentro de mí, derramando su calor en una entrega total que consolidó nuestra unión sobre el mismo trono donde solía gobernar su imperio.