La jaula del mafioso Capítulo 10 Pacto de Sangre
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Capítulo 10 Pacto de Sangre

Seis meses después, el nombre de Nikolai Volkov seguía inspirando un respeto reverencial en las calles, pero ahora, el inframundo de la ciudad sabía que el Pakhan no gobernaba solo.

Habíamos consolidado un imperio inquebrantable; la Bratva estaba más unida y era más poderosa que nunca, y yo ya no era la chica asustada que cruzó temblando las puertas del club Krasny.

Había aprendido las reglas de su juego, y las jugaba a la perfección.

Esa noche celebrábamos el solsticio de invierno, una fecha sagrada para las viejas tradiciones de la mafia rusa. La mansión estaba blindada, decorada con un lujo sobrio, y los jefes de todas las familias aliadas habían venido a rendir tributo.

Llevaba un vestido de terciopelo rojo oscuro, tan largo que rozaba el suelo, con un escote que dejaba al descubierto mis hombros y la gargantilla de diamantes negros que Nikolai me había regalado al principio de todo.

A mi lado, Nikolai vestía un traje hecho a medida, impecable, con las insignias de su rango en los puños.

Su mano descansaba de forma posesiva en mi cintura, un recordatorio constante para todos los presentes de quién era la mujer que compartía su trono.

Tras el brindis oficial y las aburridas conversaciones de negocios, Nikolai me miró de esa forma particular que hacía que mi pulso se acelerara. Una mirada gris, intensa, que prometía fuego. Se inclinó hacia mí, rozando mi oreja con sus labios.

—Vámonos de aquí, moya koroleva. Ya he cumplido con mis hombres. Ahora necesito cumplir con mi mujer.

Nos retiramos sin dar explicaciones, subiendo las escaleras de caracol hacia nuestra suite privada.

En cuanto la pesada puerta de roble se cerró a nuestras espaldas, dejando fuera el murmullo de la fiesta, el aire cambió instantáneamente.

El protocolo cayó junto con la chaqueta de Nikolai, que voló al suelo en un segundo.

No hubo palabras. Nikolai me atrapó por la cintura y me levantó, sentándome sobre la cómoda de caoba que decoraba la entrada de la habitación.

Sus manos grandes subieron por mis muslos, apartando el pesado terciopelo rojo de mi vestido.

Mis piernas se abrieron de inmediato, respondiendo a un instinto que él había grabado a fuego en mi cuerpo.

—Cada día que pasa eres más hermosa, Elena —dijo con voz ronca, su aliento caliente golpeando mi cuello mientras enterraba el rostro en mi piel—. Me vuelve loco ver cómo te miran esos hombres abajo, sabiendo que se morirían por tener un segundo de lo que yo tengo cada noche.

—Déjalos que miren, Nikolai —susurró mi voz, cargada de una confianza lasciva—. Saben que si me tocan, los destruyes. Y saben que yo solo me abro para ti.

Nikolai soltó un gruñido posesivo, un sonido que me vibró directo en la pelvis.

Bajó la cremallera de su pantalón con urgencia contenida, liberando su hombría, que ya empujaba, rígida, enorme y caliente, contra mi intimidad.

Rozó la punta de su miembro contra mis labios vaginales, que ya estaban secretando el néctar de la anticipación por sus palabras.

—Hagamos un pacto, Elena —susurró él, sacando una pequeña navaja de plata de su bolsillo con la mano libre.

Hizo un corte limpio y sutil en la palma de su mano, y luego tomó la mía, presionando nuestras heridas juntas.

La sangre fresca y caliente se mezcló entre nuestros dedos—.

Sangre por sangre. Tu alma y la mía unidas en este infierno. Eres mi principio y mi fin.

—Tu principio y tu fin —repetí, sintiendo el ardor de la herida entrelazarse con el fuego de mi deseo.

Nikolai guardó la navaja y, sin previo aviso, se hundió en mí de un solo golpe profundo, largo y brutal.

Ahogué un grito de puro éxtasis, echando la cabeza hacia atrás.

Me llenó por completo, estirando mis paredes con una intensidad que me hizo derramar una lágrima de placer.

Sus manos me sujetaron con fuerza por las caderas, y comenzó a embestirme con un ritmo salvaje, implacable, el sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando resonando en la habitación como el único tambor de nuestra propia guerra.

Me colgué de su cuello, ignorando el sutil dolor de nuestras palmas ensangrentadas, que permanecían unidas, entrelazando nuestros dedos mientras nos movíamos.

Cada estocada de Nikolai era una declaración de propiedad, una marca biológica y espiritual.

El terciopelo de mi vestido se arrugaba bajo su peso, y el calor que emanaba de su cuerpo tatuado me envolvía por completo.

Aumentó la velocidad, llevándome al límite del delirio. Sus ojos grises estaban fijos en los míos, devorando mis gemidos, saboreando mi sumisión y mi entrega total. Estaba tan estrecha, tan caliente, que sentí la tensión acumularse en mi vientre como una cuerda a punto de romperse.

—Moya... siempre mía... —jadeó Nikolai en ruso, sus embestidas volviéndose frenéticas, buscando el fondo de mi ser.

El orgasmo me reclamó con una violencia inaudita, una serie de espasmos que hicieron que mi interior se cerrara con fuerza salvaje alrededor de su longitud.

Nikolai soltó un rugido animal al sentir mis contracciones, dio tres estocadas brutales que me hicieron arquear la espalda por completo y se vino dentro de mí, derramando su semilla caliente en una ola expansiva que nos sumergió a ambos en el éxtasis más absoluto.

Se dejó caer sobre mí, jadeando pesadamente, con el rostro hundido en mi cuello húmedo de sudor. Nuestras manos seguían unidas, la sangre de ambos sellando un pacto silencioso que ni el tiempo ni el peligro podrían borrar jamás.

Había empezado como su prisionera, el pago de una deuda de sangre. Pero al final, en el peligroso y oscuro mundo de la Bratva rusa, había encontrado mi lugar: no detrás del monstruo, sino gobernando a su lado, en el trono de humo y sangre que ahora nos pertenecía a los dos.

FIN