Capítulo 8 Rescate y Furia
El dolor en mis muñecas era insoportable, pero la adrenalina amortiguaba el sufrimiento.
Había logrado aflojar la cuerda lo suficiente como para deslizar una de mis manos, dejando la piel en carne viva y manchada de sangre.
Afuera, el rugido de un motor de alta cilindrada rompió la tensión, seguido inmediatamente por el chirrido de unos neumáticos contra el pavimento.
Ivan se tensó, aferrando su navaja con fuerza. Sus hombres tomaron posiciones detrás de las columnas de hormigón, apuntando sus armas hacia la entrada principal.
—Ya está aquí —susurró Ivan con una sonrisa desquiciada.
Pero Nikolai no entró por donde esperaban.
Una de las paredes laterales del almacén, hecha de láminas de metal corrugado, colapsó hacia el interior con un estruendo ensordecedor cuando una camioneta blindada la embistió a toda velocidad.
Los escombros volaron en todas direcciones.
Antes de que los hombres de Ivan pudieran reaccionar, la puerta de la camioneta se abrió y la figura de Nikolai emergió envuelta en el humo y el polvo.
No era el hombre elegante de los trajes a medida. Era un dios de la guerra de la Bratva. Vestía ropa táctica negra y sostenía un fusil de asalto que comenzó a escupir fuego con una precisión quirúrgica.
Los disparos ensordecieron el lugar. Aprovechando la confusión, saqué mi mano ensangrentada de la soga, me desaté por completo y me arrojé al suelo justo cuando una ráfaga de balas astillaba la silla de madera en la que había estado cautiva.
Ivan, preso del pánico al ver a sus hombres caer uno a uno, intentó correr hacia mí para usarme como escudo, pero fui más rápida. Agarré un trozo de madera rota del suelo y lo clavé con todas mis fuerzas en su pantorrilla. Él soltó un alarido de dolor y cayó de rodillas.
Un segundo después, la bota táctica de Nikolai se estrelló contra el rostro de Ivan, mandándolo al suelo inconsciente de un solo golpe.
El silencio regresó al almacén, espeso y cargado de olor a pólvora.
Nikolai dejó caer su arma, colgada de una correa táctica, y se arrodilló frente a mí.
Sus ojos grises estaban inyectados en sangre, su mandíbula temblaba por la furia contenida y su respiración era un jadeo ronco.
Cuando vio mis muñecas ensangrentadas, soltó un juramento en ruso que sonó como un lamento desgarrador.
—Moya devochka... —susurró, tomándome el rostro con sus manos inmensas. Le temblaban los dedos—. Pensé que te perdía. Maldita sea, Elena, te dije que no te separaras de mí.
—Estaba amenazando a mi hermano, Nikolai... —las lágrimas que había contenido durante todo el secuestro finalmente desbordaron mis ojos.
Él no me dejó terminar. Me levantó en vilo, pegando mi cuerpo contra el suyo con una fuerza que casi me deja sin aliento, y me sacó de aquel lugar.
Nos refugiamos en la suite presidencial de un hotel de lujo de su propiedad, a pocas calles de allí.
Nikolai no quería regresar a la mansión hasta asegurarse de que el perímetro estuviera limpio de nuevo.
En cuanto la puerta de la suite se cerró, la furia acumulada por el miedo a perdernos estalló entre nosotros como una bomba de tiempo.
Nikolai me empujó contra la puerta, bloqueándome con su cuerpo masivo.
Tenía manchas de hollín en el rostro y el chaleco táctico rozaba la seda de mi ropa sucia, pero nada de eso importaba.
Nos miramos con una fijeza animal. La muerte había estado cerca, y la única forma de alejarnos de ella era fundirnos el uno en el otro.
—Necesito sentirte, Elena. Necesito asegurarme de que estás viva, de que sigues siendo mía —rugió, rasgando mi blusa de un solo tirón, dejando mis pechos al descubierto ante el aire frío de la habitación.
—Tómame —le rogué, tirando de las hebillas de su chaleco táctico para deshacerme de su armadura—. Desnúdate y hazme tuya ahora mismo.
Se deshizo del equipo táctico en segundos, quedando en una camiseta negra que no tardó en volar por los aires.
Me levantó de los muslos, obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura.
Sosteniéndome en vilo contra la madera de la puerta, bajó mis pantalones y se deshizo de su ropa interior con una urgencia desesperada.
Su miembro, rígido, caliente y latiendo de pura rabia y deseo, se posicionó en mi entrada. Nikolai no fue lento ni pidió permiso. Se hundió en mí por completo de un solo empuje brutal.
Ahogué un grito de puro éxtasis en su hombro, clavando mis dedos en su espalda.
Estaba tan estrecha, tan caliente y tan desesperada por él que mis paredes se contrajeron alrededor de su longitud de inmediato.
Nikolai soltó un gruñendo sordo, un sonido animal que me vibró en el pecho, y comenzó a embestirme con una velocidad y una fuerza salvajes.
Cada impacto me elevaba contra la puerta.
Sus manos grandes me sostenían por los glúteos, guiando mi cuerpo en ese ritmo frenético y posesivo.
Era un acto de reclamación. Me estaba marcando, asegurándose de que el olor del enemigo desapareciera de mi piel, reemplazado por su sudor, su aroma y su poder.
—Eres mía... solo mía... —repetía en ruso entre dientes, besándome el cuello con mordiscos desesperados que dejarían marcas purpúreas al día siguiente—. Si alguien vuelve a tocarte, quemaré el mundo entero, Elena.
El placer se volvió tan agudo que perdí el sentido de la realidad. Mis muñecas heridas dolían, pero el fuego entre mis piernas era mil veces más fuerte. Me colgué de su cuello, moviendo mis caderas al compás de sus estocadas profundas, buscando ese final que borrara el terror del almacén.
El orgasmo me golpeó como una ola de alto voltaje.
Grité su nombre mientras mi interior se cerraba en espasmos violentos alrededor de él.
Nikolai esperó a sentir mi clímax y, con un último gemido desgarrador, se vino dentro de mí, llenándome con tanta fuerza que sentí el calor de su semilla en lo más profundo de mi vientre.
Se quedó estático, sosteniéndome contra la puerta mientras ambos intentábamos recuperar el aire, unidos en cuerpo y alma en medio del caos de su mundo.