Capítulo 7 La Trampa
La paz en los brazos de Nikolai fue un espejismo que se desvaneció con la primera luz del alba.
Tres días después de la noche en el despacho, él tuvo que salir de la mansión para asistir a una reunión de emergencia con los jefes de los otros distritos.
Insistió en doblar la seguridad a mi alrededor, pero el enemigo no atacó con armas; usó la astucia.
A media tarde, recibí una llamada en el teléfono de la casa. Al contestar, una voz distorsionada por un modulador hizo que la sangre se me congelara en las venas.
—Si quieres volver a ver a tu hermano vivo, sal de la propiedad ahora mismo. Hay un coche gris esperándote al final del sendero de servicio. Si le avisas a los guardias de Volkov, le cortaremos el cuello. Tienes cinco minutos.
El pánico me nubló el juicio. Sé que debí confiar en Nikolai, pero el miedo a que mi hermano muriera por mi culpa me empujó a actuar de forma desesperada.
Aprovechando el cambio de turno de los guardias en el jardín trasero, me deslicé por la puerta de la cocina y corrí hacia el límite de la propiedad, donde la maleza ocultaba la valla.
Efectivamente, un sedán gris con las ventanas tintadas me esperaba con el motor en marcha.
En cuanto me acerqué, la puerta trasera se abrió y un hombre encapuchado me arrastró al interior antes de que pudiera emitir un grito.
Un pañuelo impregnado con un olor químico dulzón se presionó contra mi nariz y mi boca.
Luché, arañé y pateé, pero el mundo se volvió negro rápidamente.
Desperté con un dolor de cabeza ensordecedor y el sabor amargo de la droga en la boca. Estaba atada a una silla de madera en medio de un almacén abandonado que olía a humedad y óxido. La única iluminación provenía de una bombilla desnuda que parpadeaba sobre mi cabeza.
—Vaya, la Bella Durmiente ha despertado —una voz burlona resonó desde las sombras.
De la oscuridad emergió un hombre joven, de aspecto demacrado y ojos febriles. Reconocí sus rasgos de inmediato por las fotos que Nikolai me había mostrado: era Ivan, el hermano menor de Dimitri, el mafioso al que Nikolai casi mata en la gala.
—Tu novio siberiano mató a mi hermano ayer por la mañana —dijo Ivan, sacando una navaja de su bolsillo y haciendo jugar la hoja brillante cerca de mi rostro—. Destruyó a mi familia. Así que yo voy a destruir lo único que a él parece importarle. Tú.
A pesar del terror que me oprimía el pecho, recordé las palabras de Nikolai: «Los hombres como ellos solo huelen el miedo». Me obligué a sostenerle la mirada, tragándome el temblor de mi voz.
—Si me tocas, Nikolai no solo te matará a ti —respondí, con una frialdad que no sabía que poseía—. Borrará tu apellido de la tierra. No quedará nadie para recordarte.
Ivan soltó una carcajada nerviosa, pero vi el destello de duda en sus ojos. Se acercó y pasó la hoja fría de la navaja por la línea de mi cuello, justo donde Nikolai solía besarme. El contraste del metal helado me hizo estremecer, pero no aparté la vista.
—Él ya viene en camino —siseó Ivan, mostrando un teléfono móvil en su mano—. Le envié un video tuyo amarrada. Va a entrar directo a nuestra emboscada. Tu precioso Pakhan va a morir hoy por tu culpa.
La idea de Nikolai cayendo en una trampa por salvarme me dolió más que cualquier herida física.
El deseo de protegerlo, de luchar por el hombre que me había reclamado como suya, encendió una chispa de furia en mi interior.
Escondiendo mis manos detrás de la silla, empecé a frotar desesperadamente las cuerdas contra un clavo oxidado que sobresalía de la madera del respaldo.
La piel de mis muñecas empezó a romperse, la sangre caliente lubricó la soga, pero no me detuve. Tenía que liberarme. Tenía que estar lista. Porque sabía, con una certeza absoluta, que Nikolai Volkov no iba a dejarme sola en el infierno.