Capítulo 6 Cicatrices y Secretos
El regreso a la mansión después de la gala estuvo envuelto en una calma tensa.
Sin embargo, el peligro de nuestro mundo nunca dormía.
Apenas habíamos cruzado el umbral cuando las alarmas del perímetro comenzaron a sonar y el eco de disparos lejanos fracturó la noche.
Nikolai reaccionó en un parpadeo: me empujó detrás de una columna del vestíbulo, sacó un arma pesada de su chaqueta y me ordenó que subiera a su despacho, el lugar más seguro de la casa.
Fueron veinte minutos de pura agonía, escuchando gritos en ruso y detonaciones que hacían eco en mi pecho.
Cuando el silencio regresó, la puerta del despacho se abrió.
Nikolai entró apoyándose en el marco, con la respiración entrecortada.
Tenía la camisa blanca rota y empapada de sangre a la altura del costado izquierdo.
—Nikolai... —ahogué un grito, corriendo hacia él.
—Estoy bien, moya devochka —gruñó, sentándose con pesadez en el sofá de cuero—. Solo un rasguño. El maldito de Dimitri intentó una última estupidez. Ya está solucionado.
No le hice caso. El miedo a perderlo me dio una fuerza que no sabía que tenía. Busqué el botiquín de primeros auxilios en su baño privado y regresé a su lado. Con manos temblorosas pero decididas, le quité los restos de la camisa.
Al quedar al descubierto, me quedé sin aliento. Su torso era un mapa de violencia: marcas de balas antiguas, quemaduras y líneas pálidas cruzaban su piel bronceada y musculosa. Pero la peor era la nueva: un corte largo y sangriento causado por el roce de una bala en sus costillas.
—Te va a doler —le advertí, empapando una gasa en alcohol.
—He sentido cosas peores —respondió él, mirándome fijamente mientras yo limpiaba la herida.
Ni siquiera parpadeó cuando el alcohol tocó la carne viva, pero sus músculos se tensaron como cuerdas de acero.
Mientras trabajaba en su piel, mi mirada se desvió inevitablemente hacia los intrincados tatuajes de su pecho.
Había estrellas de ocho puntas en sus hombros y una enorme catedral ortodoxa en su espalda.
—¿Qué significan? —pregunté en un susurro, queriendo romper el silencio y alejar el dolor.
Nikolai soltó una risa ronca, que terminó en un quejido sutil.
—Las estrellas significan que no me arrodillo ante nadie, Elena. Que soy un hombre libre en este infierno. Y la catedral... cada cúpula es una condena, un año que pasé en las prisiones de Siberia antes de convertirme en Pakhan.
Lo miré a los ojos y, por primera vez, no vi al monstruo implacable de la mafia, sino al superviviente.
Al hombre que había tenido que congelar su alma para no morir.
Una profunda oleada de ternura y compasión me embargó, mezclándose con el deseo oscuro que siempre me provocaba.
Terminé de vendarlo con cuidado, y cuando iba a apartarme, Nikolai me tomó de la muñeca.
—¿Me tienes miedo, Elena? —preguntó, con una vulnerabilidad en la voz que me desarmó por completo.
—Te tenía miedo —confesé, acariciando con suavidad la cicatriz de su ceja—. Ahora... solo tengo miedo de lo mucho que te necesito.
Los ojos de Nikolai se oscurecieron, pero esta vez no había furia, sino una devoción ardiente.
Me tomó por la cintura y me sentó de horcajadas sobre sus muslos, teniendo cuidado con su herida.
Mi vestido negro seguía rasgado del coche, facilitando que mi intimidad se presionara directamente contra su pantalón.
Esta vez, el encuentro no fue un torbellino salvaje de dominación. Nikolai me tomó el rostro con ambas manos y me besó con una lentitud tortuosa, profunda y extrañamente dulce. Su lengua delineó mis labios como si estuviera saboreando el elixir más preciado.
Con movimientos pausados, me ayudó a quitarme lo que quedaba del vestido. Nos quedamos piel contra piel a la luz de la chimenea del despacho. Nikolai bajó sus pantalones y, sujetándome por las caderas, me elevó sutilmente.
—Baja despacio, mi reina —susurró contra mi oído, su aliento caliente haciéndome temblar—. Muéstrame cómo me curas.
Me deslicé hacia abajo con lentitud, sintiendo cómo su tremenda longitud me abría y me llenaba centímetro a centímetro.
Ahogué un gemido largo y rasgado, apoyando mis manos en sus hombros sanos.
Estar arriba me daba el control del ritmo, pero la mirada de Nikolai, fija en la mía, me recordaba quién seguía gobernando mi cuerpo.
Comencé a moverme en un vaivén suave, un ritmo constante y profundo que hacía que nuestras pieles sudorosas se pegaran con un sonido húmedo.
Nikolai cerró los ojos, saboreando el calor de mi interior, mientras sus manos daban pequeños masajes en mis glúteos.
Era un sexo lento, íntimo, donde cada embestida se sentía como una confesión silenciosa de algo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
El clímax nos alcanzó casi al mismo tiempo, no como una explosión violenta, sino como una ola cálida que nos sumergió a ambos.
Gemí su nombre contra su cuello mientras sentía sus fuertes pulsaciones dentro de mí, y él me abrazó con fuerza, protegiéndome contra su pecho como si fuera lo único valioso que le quedaba en el mundo.
Nos quedamos así, unidos y jadeando en el sofá, sin saber que la tregua duraría muy poco.