La jaula del mafioso Capítulo 5 Fuego en el Asiento Trasero
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Capítulo 5 Fuego en el Asiento Trasero

Las puertas del sedán blindado se cerraron con un golpe seco, aislando el habitáculo del ruido exterior.

El conductor subió el panel de vidrio negro que dividía la cabina, dándonos una privacidad absoluta.

Dentro, la atmósfera estaba cargada de una electricidad peligrosa; el olor a cuero del coche se mezclaba con la adrenalina pura de la violencia que acabábamos de dejar atrás.

Nikolai ni siquiera esperó a que el coche arrancara.

Se abalanzó sobre mí con la urgencia de un hombre que ha estado al límite.

Me empujó contra el asiento de cuero negro, atrapando mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola de sus manos inmensas.

Su peso me aplastó de una forma que, en lugar de asustarme, encendió un interruptor de sumisión y deseo salvaje en mi pelvis.

—Me provocas, Elena —jadeó contra mis labios, antes de morder mi labio inferior con la fuerza justa para hacerme gemir—. Ver que ese bastardo te ponía las manos encima... casi lo mato allí mismo. Eres mía. ¿Te queda claro?

—Soy tuya —confesé, incapaz de mentirle a mi propio cuerpo. La sumisión me brotó de la garganta como un suspiro hambriento. Verlo defender su territorio de esa forma tan brutal me había destruido cualquier atisbo de cordura.

Nikolai gruñó, complacido por mi respuesta.

Soltó mis muñecas, pero solo para romper la compostura de mi vestido.

Su mano grande bajó por mi pierna desnuda, aprovechando la profunda abertura de la seda negra.

Subió con brusquedad, apartando la tela hasta mi cintura.

Al comprobar, una vez más, que no llevaba ropa interior por sus propias órdenes, sus ojos grises brillaron con una lascivia salvaje.

—Estás goteando por mí —comentó con voz ronca, hundiendo dos de sus dedos en mi centro empapado.

Ahogué un grito contra su cuello, arqueando la espalda.

Nikolai empezó a mover sus dedos dentro de mí con un ritmo implacable, buscando mi punto más sensible con una precisión tortuosa, mientras su pulgar presionaba mi clítoris.

El contraste de sus dedos duros y expertos contra mi carne suave me hizo perder la cabeza.

Empecé a mover las caderas, buscando más de su tacto, desesperada por liberar la presión que amenazaba con hacerme estallar.

—Mírame —ordenó Nikolai, sacando los dedos de golpe, dejándome jadeando y vacía.

Abrí los ojos, con la vista nublada por las lágrimas del placer contenido.

Nikolai se desabrochó el cinturón y bajó la cremallera de su pantalón con movimientos rápidos y eficientes.

Su hombría se liberó, enorme, erecta y palpitante, con una gota de anticipación brillando en la punta.

La visión de su anatomía me hizo tragar saliva; era imponente, marcada por venas gruesas que denotaban su poder.

Se acomodó entre mis piernas abiertas, sujetando mis muslos con fuerza y elevando mis caderas para tener el ángulo perfecto.

—No voy a ser suave, Elena —advirtió, con la mandíbula tan tensa que parecía de piedra—. No esta noche.

—No seas suave —le rogué, clavando mis uñas en sus hombros tatuados.

Nikolai se hundió en mí de un solo golpe firme y profundo.

El impacto me arrancó un grito que quedó ahogado cuando su boca selló la mía.

Me llenó por completo, estirando mis paredes de una manera que me hizo rozar el dolor, pero que inmediatamente se transformó en la oleada de placer más intensa que había sentido en mi vida.

Nikolai comenzó a embestirme con una fuerza bruta, rítmica y posesiva.

Cada estocada hacía que los amortiguadores del coche crujieran y que mi cuerpo se deslizara contra el cuero del asiento.

El espacio era estrecho, lo que aumentaba la fricción y el calor.

Sus manos me sujetaban por la cintura, guiando mis movimientos, marcándome la piel con la presión de sus dedos.

Yo me aferraba a su espalda, sintiendo los músculos de sus hombros trabajar con cada movimiento salvaje.

El acento ruso de sus susurros obscenos al oído —llamándome su perra, su mujer, su pequeña propiedad— me empujaba cada vez más cerca del abismo.

—Da, tak, moya devochka (Sí, así, mi niña)... —gruñó Nikolai, acelerando el ritmo. Sus embestidas se volvieron frenéticas, profundas, implacables.

Sentí la tensión acumularse en mi vientre como una cuerda a punto de romperse. El calor entre mis piernas se volvió insoportable, una vibración sorda que se expandió por todo mi cuerpo. Nikolai lo notó; apretó sus labios contra mi cuello, mordiendo la piel sensible justo cuando mi espasmo comenzó.

Me corrí con fuerza, las paredes de mi intimidad exprimiendo su miembro en contracciones violentas que me hicieron llorar de puro éxtasis.

Nikolai soltó un rugido animal al sentir mi clímax.

Dio tres estocadas brutales, llegando al fondo de mi cuello uterino, y se vino dentro de mí.

Sentí el chorro de su semen caliente inundándome, una posesión biológica y absoluta que selló nuestro pacto silencioso.

Nikolai se dejó caer sobre mí, jadeando pesadamente, con el rostro hundido en mi cabello mojado de sudor. El coche seguía avanzando en la noche, pero dentro de ese asiento trasero, el mundo entero había quedado reducido a nosotros dos.