La jaula del mafioso Capítulo 4 La Gala de la Bratva
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Capítulo 4 La Gala de la Bratva

El vestido que Nikolai eligió para mí era una armadura de alta costura: un diseño de seda negra, ceñido al cuerpo como una segunda piel, con una abertura de vértigo en la pierna izquierda y la espalda completamente descubierta.

No llevaba joyas, excepto un gargantilla de diamantes negros que él mismo me abrochó al cuello antes de salir, apretándola lo justo para recordarme a quién le pertenecía.

—No te separes de mi lado, Elena —me advirtió en el auto, con la mandíbula rígida—. Los hombres que verás esta noche no conocen el respeto. Solo entienden la fuerza.

Cuando entramos al salón del hotel de lujo reservado para la Bratva, el peso de su mundo me golpeó de frente.

Había música clásica sonando de fondo, lámparas de cristal y fragancias caras mezcladas con el olor a testosterona y humo de puros.

En cuanto Nikolai entró conmigo del brazo, el murmullo de la sala disminuyó.

Las miradas de decenas de mafiosos se posaron sobre nosotros.

Sentí el impulso de encogerme, pero la mano de Nikolai en mi espalda baja, firme y caliente, me empujó a mantener la cabeza en alto.

Durante la primera hora, me mantuve a su lado como la perfecta mujer trofeo.

Nikolai hablaba en ruso con hombres mayores cubiertos de tatuajes en las manos, pero su palma nunca dejó mi piel desnuda en la espalda.

Sus dedos daban pequeños círculos perezosos, manteniéndome en un estado de sutil excitación que me costaba disimular.

—Voy a reunirme con el consejo en el privado —me susurró Nikolai al oído, su aliento rozando mi lóbulo—. Quédate en la barra. Mis hombres te vigilan. No hables con nadie.

Asentí, agradeciendo un respiro. Me acerqué a la barra de mármol y pedí una copa de champán.

El alivio duró poco. A los pocos minutos, un hombre alto, corpulento y con una sonrisa desagradable se paró demasiado cerca de mí.

Tenía los ojos inyectados en sangre y el olor a alcohol que desprendía era insoportable.

Era Dimitri, uno de los jefes rivales de la zona norte.

—Así que esta es la perra que Volkov esconde en su cama —dijo en un inglés masticado, recorriendo mi escote con descaro—. Un desperdicio para ese siberiano frío. Él no sabe qué hacer con una mujer de verdad.

—Por favor, déjeme sola —dije, intentando dar un paso atrás, pero él me bloqueó el camino con su cuerpo pesado.

—¿Por qué tan tímida, muñeca? —Dimitri estiró una mano gorda y áspera, atrapando mi muñeca con fuerza. Su agarre me lastimó—. Ven conmigo. Te mostraré cómo trata un verdadero hombre a sus juguetes.

Intenté zafarme, pero su agarre era como una mordaza de hierro. El pánico empezó a mezclarse con la rabia.

—Suéltala. Ahora.

La voz no fue un grito, sino un latigazo siseante que heló la sangre de todos los presentes en la barra. Nikolai estaba de pie a unos metros. Sus ojos grises ya no eran fríos; eran dos ascuas de pura violencia.

Dimitri cometió el error de sonreír con suficiencia.

—Vamos, Volkov, solo estaba admirando la mercancía...

Antes de que Dimitri pudiera terminar la frase, Nikolai dio un paso al frente con una velocidad aterradora.

Su mano derecha se estrelló contra el rostro de Dimitri, estampando su cabeza contra la barra de mármol con un crujido seco.

El champán y los vasos volaron. Dimitri cayó al suelo, gimiendo y sangrando por la nariz, mientras los guardaespaldas de ambos bandos llevaban las manos a sus armas en un segundo.

Nikolai ni siquiera parpadeó. Se plantó sobre el hombre caído, ajustándose los puños de la camisa con una calma escalofriante.

—Vuelve a tocar lo que es mío, Dimitri, y alimentarás a los perros en mi dacha —sentenció Nikolai en ruso, con una voz que hizo temblar el suelo. Miró a los hombres de Dimitri—. Llévenselo antes de que pierda la paciencia.

Nadie se atrevió a contradecirlo. Nikolai se giró hacia mí. Su respiración era acelerada y sus ojos devoraban mi rostro, buscando cualquier rastro de daño. Me tomó de la mano, con un agarre que no admitía réplicas, y me arrastró fuera del salón hacia los ascensores privados.

La adrenalina de la violencia y el peligro flotaba entre nosotros como pólvora a punto de estallar.

Mi corazón latía desbocado, no por miedo a Nikolai, sino por la salvaje posesividad que acababa de demostrar.

En cuanto las puertas del ascensor se cerraron, aislándonos del resto del mundo, Nikolai me acorraló contra el espejo del fondo.

—¿Te tocó? —rugió, su rostro a milímetros del mío—. ¿Te puso las manos encima?

—No... tú llegaste antes —logré articular, jadeando.

Nikolai apoyó ambas manos a los lados de mi cabeza, respirando con dificultad. El monstruo de la mafia estaba completamente desatado, pero cuando miró mis labios, la furia se transformó instantáneamente en una lujuria devoradora.

—Eres mía, Elena. Nadie te mira, nadie te toca —declaró, posesivo, salvaje.

Hundió su mano en mi cabello, tirando de él para obligarme a mirarlo, y me besó con una ferocidad que me hizo gemir directamente en su boca.

Las puertas del ascensor se abrieron en el estacionamiento subterráneo, pero a él no le importó.

Me arrastró hacia el asiento trasero de su coche blindado, y supe que la tormenta que se había desatado no se detendría hasta quemarnos a ambos.