Capítulo 3 El Primer Roce
Pasé la noche dando vueltas en la inmensa cama de seda, con la piel encendida y una frustración que se me había instalado directamente entre las piernas.
El recuerdo de los dedos de Nikolai rozando mi intimidad en el comedor me persiguió hasta el amanecer.
Me odiaba a mí misma por desearlo, pero mi cuerpo parecía tener su propio código de supervivencia, y ese código respondía a él.
A media mañana, la puerta de mi habitación se abrió sin previo aviso.
Una mujer de mediana edad, de rostro serio y vestida de negro, entró arrastrando un perchero repleto de trajes, vestidos de noche y telas lujosas.
Detrás de ella, apareció un hombre delgado con una cinta métrica colgada al cuello.
—El señor Volkov exige que renueve su guardarropa —dijo la mujer con un marcado acento ruso—. Quítese la bata, por favor.
Me quedé de pie en el centro de la habitación, vestida únicamente con una fina bata de seda blanca.
Con manos temblorosas, desanudé el cordón y dejé que la tela resbalara por mis hombros, quedando completamente desnuda ante ellos.
Era una humillación sutil, otra forma de recordarme que ya no era dueña de mí misma.
El sastre comenzó a rodearme, murmurando en su idioma mientras tomaba las medidas de mis hombros y mi cintura. Justo cuando iba a medir la circunferencia de mis caderas, unos pasos pesados y firmes resonaron en el pasillo.
La puerta se abrió por completo y Nikolai entró.
Vestía un pantalón de traje oscuro y una camisa blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos, revelando los intrincados tatuajes de la mafia que cubrían su piel.
Su presencia congeló el aire de la habitación.
Sus ojos grises se clavaron en mi cuerpo desnudo con una intensidad tan feroz que sentí como si me estuviera quemando viva.
—Fuera —ordenó Nikolai. No alzó la voz, pero el sastre y la mujer recogieron sus cosas a una velocidad pasmosa y salieron, cerrando la puerta tras de ellos.
Me quedé sola con él. El impulso de cubrirme con las manos me golpeó, pero me obligué a mantener los brazos a los lados. Si iba a mirarme, sostendría su mirada.
—Eres hermosa, Elena —dijo con voz ronca, caminando lentamente hacia mí—. Una obra de arte que ahora me pertenece.
Tomó la cinta métrica que el sastre había dejado olvidada sobre la mesa de noche.
Se detuvo a unos centímetros de mí; su calor corporal y su aroma a tabaco y madera me envolvieron al instante.
Nikolai pasó la cinta alrededor de mi busto.
Al hacerlo, sus nudillos rozaron la punta de mis pechos, que se endurecieron de inmediato ante el contacto. Ahogué un suspiro.
—Veamos si tu cuerpo sigue siendo tan traicionero como ayer —susurró cerca de mi oído, mientras deslizaba la cinta métrica hacia abajo, por mi abdomen, obligándome a contener el aliento.
Dejó caer la cinta al suelo. Sus manos grandes y ásperas, marcadas por los nudillos curtidos en peleas, se posaron directamente sobre mis caderas.
La frialdad de sus dedos contra mi piel ardiente me hizo temblar.
Con una presión firme, me pegó a su cuerpo.
Sentí la dureza de su erección contra mi vientre a través de la tela de su pantalón. Dios, era enorme.
—Nikolai... —gemí, y fue la primera vez que pronuncié su nombre. Sonó como un ruego.
—Dilo otra vez —ordenó, tomándome del cabello con delicadeza pero con la fuerza suficiente para obligarme a inclinar la cabeza hacia atrás—. Me gusta cómo suena mi nombre en tu boca de pecadora.
No respondí con palabras. El deseo acumulado estalló cuando Nikolai acortó la distancia y me besó.
Fue un beso brutal, posesivo, cargado de un dominio absoluto.
Su lengua invadió mi boca con ferocidad, reclamando cada rincón como si estuviera reclamando su territorio.
Yo no me quedé atrás; me colgué de su cuello, hundiendo mis dedos en su cabello oscuro, respondiendo a su ritmo salvaje con una desesperación que me asustó.
Nikolai gruñó contra mis labios, encantado con mi sumisión y mi entrega.
Una de sus manos bajó por mi espalda baja, apretando mis glúteos con fuerza, elevándome un poco para encajar su dureza perfectamente en mi centro.
Sentí la humedad brotar de mí, empapando su pantalón.
Su otra mano subió hacia mi cuello, apretándolo sutilmente, lo justo para privarme un poco del aire y elevar la adrenalina al máximo.
—Vas a volverme loco, moya devochka (mi niña) —jadeó contra mi cuello, dejando un rastro de besos húmedos y mordiscos suaves que me hicieron arquear el cuerpo—.
Pero hoy no. El fin de semana es la gala de la Bratva.
Quiero que todos los jefes mueran de envidia al verte, y quiero que tú estés tan necesitada de mí que no puedas pensar en nadie más.
Se separó abruptamente, dejándome jadeando, con los labios hinchados y el cuerpo vibrando de necesidad en medio de la habitación. Nikolai me dedicó una última mirada cargada de promesa y lujuria pura antes de darse la vuelta.
—Ponte algo hermoso, Elena. Te quiero lista para la noche —dijo, y salió, dejándome completamente consumida por el fuego que él mismo había encendido.