Capítulo 2 La Jaula de Oro
El trayecto hasta la mansión de Nikolai fue un borrón de luces borrosas y silencio sepulcral.
Viajé en la parte trasera de un sedán negro blindado, escoltada por dos de sus hombres que no pronunciaron una sola palabra.
Cuando el coche cruzó las inmensas puertas de hierro forjado y se detuvo ante una propiedad imponente a las afueras de la ciudad, supe que mi antigua vida había terminado.
La casa era una mezcla de opulencia y fortaleza.
Me escoltaron hasta una habitación en el segundo piso que era más grande que todo mi apartamento.
Había una cama de postes altos con sábanas de seda oscura, un baño de mármol y un ventanal que daba a los fríos jardines.
Sobre la cama, me esperaba un vestido de seda color esmeralda.
No había ninguna nota, pero el mensaje era claro: cámbiate.
A las ocho en punto, la puerta se abrió y uno de los guardias me indicó que era hora de cenar.
Mis piernas temblaban ligeramente mientras bajaba las escaleras de caracol.
El comedor principal estaba iluminado a media luz, con velas que proyectaban sombras alargadas sobre las paredes.
En la cabecera de una mesa ridículamente larga, Nikolai ya me esperaba.
Había cambiado su ropa formal por una camisa negra con los primeros botones desabrochados, revelando el inicio de un tatuaje que ascendía por su pecho hacia el cuello.
—Siéntate, Elena —ordenó, señalando la silla a su derecha. Su voz, profunda y rasposa, pareció vibrar directamente en mi vientre.
Caminé hacia el asiento, consciente de que el vestido de seda se ceñía a mis curvas con cada paso y que, deliberadamente, no me había puesto ropa interior; la seda fría rozando mi intimidad me mantenía en un estado de alerta constante.
Me senté, intentando mantener una postura rígida, pero Nikolai no apartó sus ojos grises de mí ni un segundo.
El servicio sirvió la cena en un silencio tenso. Yo apenas podía pasar la comida por la garganta, pero Nikolai comía con la calma de un rey. Su mirada me desnudaba, meticulosa, analizando cada uno de mis movimientos.
—No has tocado tu copa —comentó, rompiendo el silencio. Su tono era una orden disfrazada de sugerencia.
—No tengo mucha hambre —respondí, mirándolo fijamente a los ojos, negándome a bajar la cabeza.
Nikolai dejó sus cubiertos de plata con un tintineo sutil que me hizo dar un respingo. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Su aroma a tabaco y colonia costosa inundó mis sentidos, nublando mi capacidad de pensar con claridad.
—En mi casa, Elena, haces lo que yo te pido. Si te digo que bebas, bebes. Si te digo que te alimentes, lo haces. Tu cuerpo ahora me pertenece, y me gusta cuidar de mis posesiones.
El descaro de sus palabras me encendió la sangre. Una mezcla de rabia y un deseo oscuro, casi vergonzoso, se apoderó de mí.
—No soy un objeto, Volkov —repliqué, con la voz temblorosa pero firme.
Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios. Nikolai estiró su mano grande y atrapó mi barbilla entre sus dedos, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Su pulgar presionó mi labio inferior, recordándome el contacto del club.
—Aún tienes fuego en los ojos. Eso me gusta —susurró, bajando la mirada hacia el escote de mi vestido, donde mi respiración agitada hacía subir y bajar mis pechos—. Pero aprenderás a obedecer. Toda fiera aprende a respetar a su dueño.
Con una lentitud tortuosa, Nikolai deslizó su otra mano por debajo de la mesa.
Mi respiración se detuvo por completo cuando sentí sus dedos grandes y ásperos posarse sobre mi rodilla desnuda.
La calidez de su palma contrastó con la frialdad de la seda.
Empezó a subir por mi muslo, centímetro a centímetro, haciendo que mi piel se erizara a su paso.
Traté de cerrar las piernas, pero él presionó con firmeza, impidiéndomelo.
Sus dedos continuaron ascendiendo por la parte interna de mi muslo hasta que llegó al borde de mi intimidad.
Al notar la ausencia de tela, Nikolai contuvo el aliento, y sus ojos grises se oscurecieron por completo, transformándose en dos pozos de pura lujuria.
—Vaya... —rompió a decir con un hilo de voz ronca, rozando con la punta de sus dedos mi centro ya humedecido por la anticipación—. Parece que tu cuerpo es mucho más obediente que tu boca, moya krasavitza. Estás empapada para mí.
Ahogué un gemido, apretando las manos contra el borde de la silla.
La tensión erótica en la habitación era tan espesa que casi se podía cortar.
Nikolai frotó suavemente su pulgar contra mí, arrancándome un suspiro tembloroso que no pude contener.
Sabía que me estaba dominando, que estaba jugando conmigo, pero la vibración que recorría mi cuerpo me estaba volviendo loca.
Justo cuando pensé que me tomaría allí mismo, sobre la mesa, Nikolai retiró la mano abruptamente y se puso de pie, dejándome jadeando y frustrada en el asiento.
—Sube a tu habitación —ordenó, con la voz cargada de una fría autoridad que contrastaba con el fuego de sus ojos—. Mañana empieza tu verdadero entrenamiento. No me hagas esperar.
Se dio la vuelta y salió del comedor sin mirar atrás, dejándome temblando, insatisfecha y completamente atrapada en su red.