La jaula del mafioso
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El aire del Krasny, el club privado de Nikolai Volkov, olía a tabaco caro, vodka de importación y peligro latente.
Contuve el aliento mientras cruzaba el suelo de mármol negro, obligándome a ignorar las miradas depredadoras de los hombres vestidos con trajes a medida y de los guardaespaldas con sutiles bultos bajo las chaquetas.
Yo no pertenecía a ese mundo. Sin embargo, mi hermano menor había cometido el error de su vida al perder un cargamento que no era suyo. La deuda de sangre recaía ahora sobre nuestra familia, y yo era la única dispuesta a dar la cara.
Dos hombres de facciones duras me abrieron las puertas dobles de roble del despacho principal. El silencio allí dentro era sepulcral, roto únicamente por el chisporroteo de los hielos en un vaso de cristal.
Detrás del imponente escritorio de caoba se encontraba él.
Nikolai Volkov. El Pakhan de la Bratva.
Era más joven de lo que había imaginado, quizás a finales de sus treinta, pero sus ojos tenían la frialdad de un invierno siberiano.
Tenía el cabello oscuro cortado con precisión militar, una mandíbula afilada y una sombra de barba que acentuaba su masculinidad brutal.
Una cicatriz fina le cruzaba la ceja izquierda, el único mapa visible de su violencia.
—Elena —su voz era un barítono profundo, un ronroneo con un marcado acento ruso que me erizó los vellos de la nuca—. Te estaba esperando. Aunque admito que esperaba a tu hermano. Los cobardes suelen enviar a mujeres a hacer su trabajo.
Tragué saliva, obligándome a mantener la barbilla en alto. No iba a mostrarle mi debilidad.
—Mi hermano no tiene el dinero, Volkov. Estoy aquí para negociar un plazo. Trabajaré, pagaré cada centavo...
Nikolai soltó una risa seca, desprovista de cualquier diversión, y se levantó lentamente.
Era un hombre alto, de hombros tan anchos que llenaban el espacio con una presencia física abrumadora.
Se quitó la chaqueta del traje, revelando una camisa blanca impecable que se tensaba contra sus músculos, y caminó hacia mí con la parsimonia de un lobo que acorrala a su presa.
—¿Negociar? —se detuvo a apenas unos centímetros de mi rostro. Pude oler su perfume: sándalo, cuero y el aroma metálico del poder—. Tu hermano me debe medio millón de dólares, moya krasavitza (mi belleza). ¿Qué tipo de trabajo crees que podrías hacer para cubrir esa cifra?
Me negué a dar un paso atrás, aunque mi corazón golpeaba con fuerza desbocada contra mis costillas. El calor que emanaba de su cuerpo me resultó embriagador.
—Haré lo que sea necesario.
Nikolai bajó la mirada, recorriendo mi cuerpo con una lentitud deliberada que me hizo arder la piel. Se detuvo en mis labios, luego en la curva de mi cuello y, finalmente, en el sutil temblor de mis manos. Una chispa de oscuro interés se encendió en sus ojos grises.
Extendió una mano grande, adornada con un anillo con el sello de su clan.
Con un solo dedo, rozó la línea de mi mandíbula, ascendiendo hasta presionar suavemente mi labio inferior.
Su piel era áspera, pero su toque fue extrañamente preciso.
Ahogué un gemido; la descarga eléctrica de ese simple contacto directo a mi intimidad me tomó por sorpresa, enviando un escalofrío directo a mi pelvis.
—¿Lo que sea? —susurró, dándole la vuelta al juego. Su pulgar delineó mi boca, obligándome a abrirla sutilmente—. Un Volkov no acepta plazos. Pero acepto... propiedades.
—No somos dueños de nada —alcancé a decir, con la voz un hilo más aguda debido a la cercanía física y al repentino calor que comenzaba a encenderse entre mis piernas.
—Te equivocas —Nikolai se inclinó, rozando con sus labios mi oreja, haciéndome temblar—. Te quedas conmigo. Serás mía hasta que yo decida que la deuda está saldada. Cada noche. Cada vez que lo desee. Si aceptas, tu hermano vive. Si cruzas esa puerta... firmarás su sentencia.
Miré esos ojos grises, implacables pero cargados de una promesa de fuego que me aterraba tanto como me excitaba. El peligro era real, pero la atracción era una fuerza de gravedad de la que ya no podía escapar.
—Acepto —susurré.
Nikolai sonrió, una mueca peligrosa y posesiva.
—Buena chica. Tu jaula te espera.