11. El Latido del Engaño
Y entonces, sonó el teléfono. Era un número privado. Valentina sintió un vuelco en el estómago. Contestó, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho.
–¿Valentina? –dijo una voz al otro lado de la línea, una voz que no esperaba oír–. Soy Rafael.
Valentina sintió el pánico invadirla. ¿Cómo había conseguido su número? ¿Por qué estaba llamándola aquí, ahora?
–Rafael –dijo, su voz apenas un susurro–. ¿Qué... qué estás haciendo?
–Está bien –dijo él, su voz rápida y urgente–. Estoy a salvo. Pero no por mucho tiempo. Alejandro está buscando a todos sus contactos, cerrando todas las salidas. Necesito salir del país. Y necesito tu ayuda.
Valentina sintió el nudo en la garganta. ¿Ayudarlo? ¿Cómo? Estaba atrapada en la villa, vigilada día y noche.
–No puedo –dijo, su voz temblando–. No puedo escapar. Estoy atrapada aquí.
–No tienes que escapar –dijo Rafael, su voz firme–. Tienes que hacer algo mucho más importante. Tienes que destruirlo. Tienes que usar lo que encontraste.
Valentina sintió el aire abandonar sus pulmones. ¿Cómo sabía? ¿Cómo demonios sabía que había encontrado los documentos?
–No... no sé de qué hablas –mintió, su mente buscando desesperadamente una salida.
–No mientas –dijo Rafael, su voz dura–. Sé que estuviste en su estudio. Sé que abriste la caja fuerte. Sé que tienes la carpeta.
La voz de Rafael al otro lado de la línea fue una descarga eléctrica, un shock que la recorrió de arriba abajo. El pánico, frío y afilado, la paralizó. ¿Cómo sabía? ¿Cómo podía saberlo? ¿La había traicionado? ¿O era él quien la estaba manipulando de nuevo?
–No... no sé de qué hablas –repitió, su voz un hilo roto de miedo y negación–. No tengo nada.
–Mientes –dijo Rafael, su voz perdiendo la urgencia y ganando un filo de acero, un tono que no reconocía–. Y no tenemos tiempo para esto. Escúchame, Valentina. No soy yo quien está en peligro ahora. Eres tú.
La frase la golpeó como un puñetazo. ¿Ella? ¿Estaba en peligro? Alejandro pensaba que estaba bajo control, que la tenía recuperada. ¿Qué había cambiado?
–¿Qué quieres decir? –preguntó, su voz apenas un susurro, sus ojos fijos en la puerta, esperando ver a los guardias entrar en cualquier momento.
–Alejandro no es tonto –dijo Rafael, su voz ahora un susurro conspirador–. Sabe que algo no encaja. Te dejó sola en la villa, sí, pero no fue un descuido. Fue una prueba. Y la cámara oculta en el estudio de Alejandro... acaba de enviarle las fotos de ti abriendo la caja fuerte.
El mundo de Valentina se desmoronó. La cámara. No había pensado en una cámara. La estupidez, la arrogancia de creer que podía burlarlo, la consumió. No era una espía. Era una novata que había caminado directamente a una trampa.
–Tienes que irte –dijo Rafael, su voz cortando a través de su pánico–. Ahora. Sal de la villa. Ve al lugar que te dije. La cabaña. Te esperaré allí.
–No puedo –dijo Valentina, su mente corriendo a mil por hora, buscando una salida, una escapatoria–. Los guardias... las puertas... no puedo salir.
–Tienes que encontrar una manera –dijo Rafael, su voz dura, insistente–. Porque si no lo haces, él volverá. Y esta vez, no te perdonará. Esta vez, te matará.
La línea murió, dejándola en el silencio de la cocina, con el teléfono en la mano y el sabor del miedo en la boca. El tiempo se había agotado. El juego había terminado. Y ella había perdido.
Salió de la cocina, sus piernas temblando tanto que apenas podía sostenerla. Necesitaba una salida. Necesitaba escapar. Pero ¿cómo? La villa era una fortaleza, los guardias eran sus carceleros, y Alejandro, su verdugo.
Se dirigió hacia la puerta principal, una idea desesperada formándose en su mente. Podía intentar correr, intentar abrir la puerta antes de que los guardias la detuvieran. Era una posibilidad remota, un suicidio, pero era la única que tenía.
Pero cuando llegó a la entrada, la puerta ya estaba abierta. Y en el umbral, de pie con la luz del sol detrás de él como una aureola de poder, estaba Alejandro.
No estaba solo. Flanqueado por dos de sus guardias, parecía más alto, más peligroso que nunca. Su expresión era imposible de leer, una máscara de calma que era más aterradora que la furia abierta.
–Valentina –dijo, su voz suave, casi cariñosa, pero con un filo de hielo que la heló hasta los huesos–. ¿Adónde vas? ¿Tan pronto?
Valentina se quedó inmóvil, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho, el miedo paralizándola. No podía hablar, no podía moverse. Estaba atrapada.
–Te esperaba –dijo Alejandro, entrando en la villa y cerrando la puerta detrás de él con un golpe sordo que sonó como una sentencia de muerte–. Sabía que volverías a intentarlo. Sabía que no podrías resistirte.
Se acercó a ella lentamente, sus ojos fijos en los de ella, como si estuviera disfrutando de su pánico, saboreando su derrota. –¿Crees que soy un idiota, Valentina? ¿Crees que no sabría que estabas en mi estudio? ¿Crees que no tendría una cámara vigilando mi santuario?
Valentina sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas, lágrimas de miedo, de arrepentimiento, de rabia. Había sido tan estúpida. Tan ingenua.
–¿Por qué? –preguntó, su voz apenas un susurro–. ¿Por qué lo hiciste?
–Porque quería ver hasta dónde llegabas –dijo Alejandro, su voz ahora fría, desprovista de cualquier emoción–. Quería ver si eras lo suficientemente leal como para ser salvada. O si eras solo otra traidora, como Sofía, como tu padre.
La mención de su padre fue como un puñetazo en el estómago. No, no era una coincidencia. Todo estaba conectado, todo era parte de su juego retorcido.
–Te di una oportunidad, Valentina –dijo Alejandro, acercándose aún más, su cuerpo casi tocando el de ella–. Te di una oportunidad de probar tu lealtad. Y la has desperdiciado.
Levantó una mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos, un gesto que antes la reconfortaba y ahora la sentía como el toque de un sepulturero. –Pero no te preocupes. No voy a matarte. La muerte es demasiado rápida, demasiado fácil. Tengo algo mucho mejor planeado para ti.
Hizo un gesto a uno de sus guardias, que se acercó y le entregó una jeringuilla. Valentina sintió el pánico invadirla, una sensación de estar completamente a su merced.
–¿Qué es eso? –preguntó, su voz temblando, retrocediendo un paso.
–Algo para ayudarte a relajarte –dijo Alejandro, su voz suave, pero con un filo de acero–. Algo para ayudarte a olvidar. Olvidar a Rafael, olvidar tus padres, olvidar tu traición. Olvidar todo.
Valentina sintió el nudo en la garganta, las lágrimas corriendo por sus mejillas. No la mataría. La borraría. La convertiría en una cáscara vacía, una muñeca rota que solo vivía para él.
–No –dijo, negando con la cabeza, retrocediendo hasta que su espalda golpeó la pared–. No me lo harás.
El guardia la agarró por los brazos, su fuerza abrumadora. Alejandro se acercó, con la jeringuilla en la mano, su expresión calmada, casi aburrida.
–Oh, pero sí lo haré –dijo, su voz un susurro peligroso en su oído–. Porque eres mía, Valentina. Siempre lo has sido. Y siempre lo serás.
La aguja se acercó a su brazo, un punto brillante de metal que prometía un futuro de oscuridad y olvido. Valentina cerró los ojos, esperando lo peor, preparándose para el final de su identidad, para la muerte de su alma.
Y entonces, el sonido de cristales rompiéndose.
Los ojos de Valentina se abrieron de par en par. El guardia la soltó, sorprendido por la interrupción. Alejandro se giró, su expresión de calma rota por una confusión momentánea.
Rafael estaba de pie en medio de los restos de la puerta de cristal del salón, con una pistola en la mano, su expresión feroz, determinada. No estaba solo. Detrás de él, dos hombres con aspecto de mercenarios lo cubrían, sus armas apuntando a los guardias de Alejandro.
–Suéltala, Alejandro –dijo Rafael, su voz firme, sin temblar–. Ahora.
Alejandro sonrió, una curva sutil que no alcanzaba sus ojos. –Rafael. Siempre el héroe. Siempre llegando tarde para salvar a la doncella.
–No estoy tarde –dijo Rafael, avanzando lentamente, su pistola firmemente apuntada a Alejandro–. Estoy justo a tiempo.
Se produjo un enfrentamiento tenso, un ballet de violencia silenciosa. Los guardias de Alejandro y los hombres de Rafael se midieron, sus armas listas, sus dedos en los gatillos. Valentina se quedó inmóvil, atrapada en el medio, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho.