LA JAULA DE CRISTAL 10. El Juego de las Sombras #2
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10. El Juego de las Sombras #2

Las horas pasaron lentamente, cada minuto una eternidad. Valentina se quedó en la cabaña, como le había ordenado, su mente dándole vueltas, su cuerpo tenso en espera. El sol comenzó a salir, iluminando el bosque con una luz suave y dorada que parecía burlarse de la oscuridad de su misión.

Y entonces los escuchó. El sonido de varios coches acercándose, el ruido de las ramas rotas, las voces masculinas ordenando. Estaban aquí.

La puerta de la cabaña se abrió de golpe, revelando a Alejandro, flanqueado por dos hombres enormes que parecían más guardaespaldas que humanos. Su expresión era imposible de leer, una máscara de calma que ocultaba la tormenta debajo.

Se acercó a ella lentamente, sus ojos fijos en los de ella, como si estuviera buscando cualquier signo de engaño. Valentina se levantó, temblando, y corrió hacia sus brazos, una actuación perfecta de la víctima salvada.

–Alejandro –sollozó, enterrando su rostro en su pecho–. Estaba tan aterrorizada.

Él la abrazó, sus brazos rodeándola con una fuerza que casi la ahoga. No era un abrazo de consuelo. Era un abrazo de posesión, un recordatorio de que le pertenecía.

–Ya estás a salvo –dijo, su voz suave, pero con un filo de acero–. Ya estás conmigo.

La apartó, sus ojos examinándola de arriba abajo, como si buscara marcas, heridas, cualquier prueba de la historia que le había contado. –¿Te hizo daño?

Valentina negó con la cabeza, bajando la mirada, avergonzada. –No... no físicamente. Pero las cosas que dijo... las cosas que me hizo creer...

–No te preocupes por eso –dijo Alejandro, su voz volviendo a su tono controlador–. Rafael ya no será un problema. Te lo prometo.

Se giró hacia uno de sus hombres, dando una orden con un simple gesto de la cabeza. El hombre asintió y salió de la cabaña, con una misión que Valentina podía imaginar, pero no se atrevía a verbalizar.

–Vámonos –dijo Alejandro, tomando su mano–. Vamos a casa.

La guio hacia uno de los coches, un SUV negro y sin distintivos. La ayudó a subir, como si fuera frágil, rota. Pero Valentina sabía que no la veía como una víctima. La veía como una posesión que había sido dañada, que necesitaba ser reparada, controlada.

El viaje de vuelta fue silencioso, pero esta vez, el silencio no era de hostilidad, sino de evaluación.

Alejandro la observaba, sus ojos analizando cada movimiento, cada expresión.

Valentina sabía que estaba siendo probada, que cada palabra, cada gesto sería escudriñado en busca de una grieta, una señal de traición.

Cuando llegaron a la villa, el mayordomo los esperaba en la puerta, con una expresión neutra que no delataba nada. Alejandro la guio directamente hacia el dormitorio principal, como si quisiera reclamarla, marcar su territorio de nuevo.

–Necesitas descansar –dijo, su voz suave, pero con un filo de acero–. Has pasado por mucho.

–¿Y Rafael? –preguntó Valentina, su voz temblando–. ¿Qué pasará con él?

Alejandro se acercó a ella, su expresión cambiando a algo más suave, más manipulador. –No te preocupes por eso. Ya está siendo atendido. No volverá a molestarte nunca más.

La amenaza estaba implícita, una promesa de violencia que la hizo estremecer. Sabía que Rafael estaba en peligro, que su vida corría riesgo por ayudarla. Pero no podía mostrarlo. Tenía que seguir siendo la víctima, la muñeca rota.

–Te quiero –dijo, acercándose a ella, sus manos reposando en sus hombros–. Te perdono por lo que hiciste. Sé que no fue tu culpa. Él te manipuló, te usó. Pero ahora estás a salvo. Estás conmigo.

Valentina sintió el nudo en la garganta, la necesidad de gritar, de decirle la verdad. Pero se contuvo. Sonrió, una curva triste que parecía genuina. –También te quiero, Alejandro. Siempre te querré.

Él sonrió, satisfecho, y la besó, un beso profundo y posesivo que le robó el aliento. Valentina respondió, su cuerpo reaccionando instintivamente, una traición a su mente que le gritaba que se detuviera.

–Ahora descansa –dijo Alejandro, rompiendo el beso–. Mañana empezaremos de nuevo. Como si nada hubiera pasado.

Se fue, dejándola sola en el dormitorio, con el peso de su actuación sobre sus hombros. Valentina se quedó inmóvil, mirando la puerta cerrar, sintiéndose más atrapada que nunca.

Había vuelto a la jaula. Pero esta vez, no era una prisionera. Era una espía. Y tenía una misión que cumplir.

Se acercó al armario, abriendo el cajón donde Alejandro guardaba sus llaves. Necesitaba encontrar la manera de abrir la caja fuerte. Necesitaba encontrar los documentos antes de que fuera demasiado tarde.

Miró a su alrededor, su mente corriendo a mil por hora. Necesitaba una pista, algo que él considerara tan importante que lo usaría como clave. Sus ojos se posaron en una foto sobre el escritorio. Una foto de ella, tomada en la gala donde se conocieron. La fecha estaba escrita en el marco: 14-06.

Con manos temblorosas, introdujo los números. Nada. Intentó de nuevo, invirtiendo el orden. Nada. El pánico comenzó a invadirla. Se estaba quedando sin tiempo.

Cerró los ojos, intentando pensar como él. ¿Qué era lo más importante para Alejandro? No ella. No su dinero. Su poder. Y el símbolo de su poder era el nombre de su primera empresa, la que lo había hecho todo. "Inversiones Alfa". Alfa. La primera letra del alfabeto griego. El número 1.

Introdujo una secuencia que era una suposición desesperada: 1-1-1-1. Un clic. La puerta de la caja fuerte se abrió.

El alivio la golpeó con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la pared. Dentro, había una carpeta de cuero negro, con el nombre "Operación Híades" escrito en dorado. La tomó con manos temblorosas, sabiendo que en su interior tenía la llave de la destrucción de Alejandro.

La abrió. Los documentos eran devastadores.

Pruebas de blanqueo de capitales, de extorsión, de sobornos a funcionarios de alto nivel.

Nombres, fechas, transacciones bancarias.

Era el mapa de su imperio corrupto, la prueba de todos sus crímenes.

Y en medio de todo eso, un nombre que la hizo helar: el nombre de su padre.

Vinculado a una deuda impagable, a una amenaza que lo había llevado a su tumba.

Con el corazón en la garganta, tomó su teléfono móvil, el que Alejandro le había dado, y tomó fotos de cada página, una por una, asegurándose de que cada número, cada nombre, fuera legible.

Cuando terminó, guardó la carpeta exactamente como la había encontrado, cerró la caja fuerte y salió del estudio, cerrando la puerta cuidadosamente detrás de ella. Volvió a su habitación, con el peso de la traición y la promesa de la venganza en su corazón.

Esa noche, no pudo dormir. Se quedó despierta, mirando el techo, las imágenes de los documentos dando vueltas en su cabeza. Tenía las pruebas. Tenía el arma. Ahora solo tenía que usarla.

A la mañana siguiente, desayunó con los guardias, actuando como si nada hubiera pasado. Sonrió, conversó, se comportó como la amante perfecta que esperaban que fuera. Pero por dentro, estaba contando las horas, esperando el momento adecuado para hacer su movimiento.