12. El Precipicio de la Verdad
El aire en el salón era eléctrico, cargado con la tensión de doce armas apuntando, de doce hombres conteniendo la respiración.
El sol del mediodía se filtraba por el hueco donde antes había una puerta de cristal, iluminando el polvo en suspensión y los rostros endurecidos por la violencia.
Valentina, atrapada entre los dos frentes, sentía que el pulso de la situación era el único latido que existía en el mundo.
–Esto no tiene que terminar así –dijo Alejandro, su voz una seda enrollada alrededor de una hoja de afeite. Levantó las manos lentamente, un gesto de calma que no lograba ocultar el cálculo frío en sus ojos–. Somos hombres de negocios, Rafael. No salvajes. Podemos llegar a un acuerdo.
Rafael dio un paso adelante, su pistola nunca vacilando, su mira anclada en el centro de la frente de Alejandro. –El único acuerdo que voy a hacer es contigo en el suelo, esposado. El tiempo de los negocios ha terminado. Ahora es hora de justicia.
–¿Justicia? –rio Alejandro, un sonido bajo y sin humor que resonó en el silencio tenso–. ¿Tú hablas de justicia? El hombre que ha estado usando a la hermana de su difunta amante como un peón en su juego de venganza personal. No eres un héroe, Rafael. Eres un parásito.
La palabra golpeó a Valentina con más fuerza que cualquier puñetazo. Se giró hacia Rafael, sus ojos buscando una negación, una explicación. Pero la mirada de Rafael, aunque todavía fija en Alejandro, parpadeó. Una micro expresión de culpa que lo delató.
–No... no es verdad –dijo Valentina, su voz un hilo roto, negándose a creerlo–. Me dijiste que lo hacías por ella. Por Sofía.
–Y así es –dijo Rafael, sin apartar la mirada de Alejandro–. Pero también lo hago por mí. Por la familia que él me quitó. Por la vida que me robó. ¿Acaso eso invalida mi búsqueda de verdad? ¿Acaso el hecho de que también tenga un motivo personal hace que sus crímenes sean menores?
–No –susurró Valentina, sintiéndose traicionada por el hombre que debía ser su salvador–. Pero mentirme de esa manera no te hace diferente de él.
La frase pareció afectar a Rafael más que cualquier amenaza. Su mandíbula se tensó, y por un segundo, la máscara de justiciero se resquebrajó para revelar el doloroso rostro de un hombre que había perdido demasiado.
–Eso es suficiente –dijo Alejandro, aprovechando la brecha, la duda sembrada en el corazón de Valentina–. Mira a tu alrededor, Rafael. Estás en mi territorio. Estás Superado. No vas a salir de aquí con vida. Y mucho menos con ella.
Hizo un gesto sutil, casi imperceptible. Uno de sus guardias se movió, un cambio de peso que lo único que hizo fue apretar el gatillo.
El sonido fue ensordecedor en el espacio cerrado. Un grito de dolor. El guardia de Alejandro cayó de rodillas, agarrándose el muslo, la sangre manando entre sus dedos.
–El siguiente disparo va en tu pecho –dijo Rafael, su voz ahora gélida, desprovista de cualquier emoción–. Suéltala. Ahora.
La situación había escalado más allá de la negociación. Era una guerra de voluntades, un juego de pollo donde el primer parpadeo significaba la muerte.
Alejandro sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Siempre fuiste un mal perdedor, Rafael. Demasiado apasionado. Demasiado... predecible.
Y entonces, hizo lo que Valentina menos esperaba.
Se giró hacia ella, con una velocidad que la dejó sin aliento, y la agarró por el brazo, tirando de ella hacia sí, usando su cuerpo como un escudo humano.
La jeringuilla, que había caído al suelo durante el caos, estaba de nuevo en su mano, fría y mortal contra su cuello.
–¡No! –gritó Rafael, dando un paso adelante, su pistola ahora apuntando con menos certeza, el miedo por la vida de Valentina nublando su juicio.
–Ahora las reglas han cambiado –dijo Alejandro, su voz un susurro siniestro en el oído de Valentina, el olor de su colonia mezclado con el aroma a polvo y miedo–. Si disparas, ella muere. Si intentas algo, ella muere. Si no te vas de mi casa en los próximos diez segundos, ella muere.
Valentina sintió el frío metal de la aguja en su piel, el pánico invadiéndola, una sensación de estar completamente a su merced. Podía sentir el corazón de Alejandro latiendo contra su espalda, un tambor de guerra siniestro.
–Déjala ir, Alejandro –dijo Rafael, su voz tensa, contenida–. Lucha conmigo. Es a mí a quien quieres. No a ella.
–¿A ti? –rio Alejandro, un sonido lleno de desprecio–. Tú ya no eres nada, Rafael. Eres un recuerdo, un fantasma del pasado. Ella... ella es mi futuro. Mi creación. Y no voy a dejar que un fantasma se la lleve.
La presión de la aguja aumentó, un recordatorio constante de la delgada línea entre la vida y la muerte en la que se encontraba. Valentina sintió las lágrimas corriendo por sus mejillas, pero esta vez no eran lágrimas de miedo. Eran lágrimas de rabia. De furia pura y concentrada.
No iba a morir así. No iba a convertirse en la víctima final de su juego retorcido. No iba a dejar que él ganara.
Con un movimiento que fue puro instinto, pura desesperación, Valentina se giró, usando su propio cuerpo como palanca, y clavó el codo en el estómago de Alejandro con toda la fuerza que pudo.
El hombre soltó un gruñido de sorpresa y dolor, su agarre en ella aflojándose por un instante. Un instante fue todo lo que Valentina necesitó.
Se apartó de él, corriendo hacia Rafael, que ya estaba en movimiento, avanzando, su pistola firmemente apuntada a Alejandro, que se recuperaba del golpe, su rostro una máscara de furia incontrolada.
–¡Mátenlos! –gritó Alejandro, su voz llena de una rabia que parecía a punto de estallar–. ¡Mátenlos a todos!
El salón se convirtió en un infierno. El sonido de los disparos resonó en sus oídos, un estruendo ensordecedor que la hizo gritar. Valentina se tiró al suelo, cubriéndose la cabeza, mientras los hombres de Rafael y los guardias de Alejandro se enfrentaban en una danza mortal de balas y sangre.
Vio a uno de los hombres de Rafael caer, con un agujero rojo en el pecho. Vio a otro guardia de Alejandro gritar de dolor, agarrándose el brazo. Era una carnicería, una violencia sin sentido que la dejó sin aliento.
Y entonces, todo se detuvo.
Tan rápido como había comenzado, terminó. El último guardia de Alejandro cayó al suelo, muerto. Los hombres de Rafael, aunque heridos, estaban de pie, victoriosos.
Rafael se acercó a Alejandro, que estaba de pie en medio del caos, solo, derrotado. Su traje inmaculado estaba manchado de polvo y sangre, su cabello desordenado, pero su orgullo no estaba roto.
–Se acabó, Alejandro –dijo Rafael, su voz fría, final–. Se acabó.
–Nunca se acaba –dijo Alejandro, con una sonrisa sutil, una última muestra de desafío–. Mientras viva, siempre habrá una pieza en el tablero. Siempre habrá un movimiento que hacer.
Rafael no le respondió. Simplemente levantó la pistola y le disparó.
El sonido fue seco, final. Alejandro cayó de rodillas, con una expresión de sorpresa en el rostro, y luego se desplomó hacia adelante, sin vida. El monstruo estaba muerto.