LA JAULA DE CRISTAL 5. El Velo de la Ilusión
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5. El Velo de la Ilusión

El vestido rojo se adhería a su cuerpo como una segunda piel, una preda elegida por él, un símbolo de la pasión y el peligro que la envolvía.

Valentina se observaba en el espejo, pero la mujer que le devolvía la mirada era una extraña.

Sus ojos oscuros, antes llenos de una inocencia que ahora le parecía una farsa, reflejaban un torbellino de dudas y secretos.

El papel con la dirección de la casa de sus supuestos padres ardía en su bolso, un recordatorio constante de la encrucijada en la que se encontraba.

Bajó la escalera con la cabeza erguida, cada paso medido, cada respiración controlada.

Alejandro la esperaba en el vestíbulo, imponente en un traje oscuro que contrastaba con el vibrante color de su vestido.

Sus ojos la recorrieron de arriba abajo, una mirada de posesión que antes le producía un escalofrío de placer y ahora le erizaba la piel con advertencia.

–Perfecta –murmuró, acercándose para tomarle la mano–. Siempre perfecta.

Levantó su mano y le besó los nudillos, un gesto de caballerosidad que no lograba ocultar la intensidad de su mirada. Valentina sonrió, una curva forzada que esperaba que pareciera genuina.

–Solo por ti –respondió, las palabras saliendo amargas de su garganta.

Él la guio hacia el coche, una mano en la parte baja de su espalda, un contacto que antes la reconfortaba y ahora la sentía como una marca de propiedad.

El viaje hacia el restaurante fue silencioso, pero no una cómoda quietud, sino un silencio cargado de tensiones no dichas, de preguntas que flotaban en el aire como espectros.

El restaurante era exclusivo, íntimo, con mesas separadas por cortinas de terciopelo que creaban pequeños mundos privados. Alejandro siempre había preferido estos lugares, donde podía controlarlo todo, donde los ojos indiscretos no podían alcanzarlos.

–He estado pensando –dijo Alejandro una vez que el camarero les sirvió vino–. Necesito que viajes conmigo la próxima semana. A Europa.

Valentina sintió un nudo en la garganta. ¿Viajar? ¿Ahora? ¿Era su manera de aislarla aún más, de alejarla de cualquier posibilidad de descubrir la verdad?

–¿Europa? –preguntó, intentando sonar entusiasta–. Suena... emocionante.

–Será un viaje de negocios –dijo Alejandro, tomando su mano por encima de la mesa–. Pero también será para nosotros. Tiempo para nosotros, sin interrupciones.

Sus dedos se entrelazaron con los de ella, un gesto de intimidad que ahora se sentía como una trampa. Valentina apretó su mano, respondiendo a su presión, sintiéndose una traidora.

–Me encantaría –mintió, el sabor de la mentira amargo en su boca.

Él sonrió, satisfecho. –Sabía que dirías eso. Eres mía, después de todo. Siempre lo has sido.

La frase, que antes la llenaba de un sentido de pertenencia, ahora la ahogaba. ¿Era suya? ¿O era un reemplazo? ¿Un eco de una mujer que él había destruido?

La cena transcurrió entre conversaciones superficiales y sonrisas forzadas.

Valentina actuó como la amante perfecta, riendo en los momentos adecuados, mirándolo con adoración fingida.

Pero por dentro, su mente estaba a kilómetros de allí, en la librería polvorienta, en la ática de una casa que no recordaba, en los ojos de un hombre que le ofrecía una verdad aterradora.

Cuando regresaron a la mansión, Alejandro la llevó directamente al dormitorio. La cerró con llave, un gesto sutil pero que no pasó desapercibido para Valentina.

–He estado pensando en ti todo el día –murmuró en su oído, deslizando la cremallera de su vestido–. En lo mucho que te deseo.

La tela se deslizó por su cuerpo, cayendo a sus pies. Valentina se quedó en su lencería, sintiendo sus ojos sobre ella, una mirada que antes la hacía sentir poderosa y ahora la exponía, vulnerable.

–Alejandro –dijo, su voz temblando–. Necesito...

Él la interrumpió con un beso, un beso profundo y posesivo que le robó el aliento. Su cuerpo respondió instintivamente, replegándose contra él, una traición a su mente que le gritaba que se detuviera.

–Shhh –murmuró contra sus labios–. No hables. Solo siente.

La llevó hacia la cama, sus manos explorando su cuerpo con una familiaridad que a la vez la reconfortaba y la aterrorizaba. Valentina se perdió en la sensación, en el placer abrumador que solo él podía darle, una mezcla de amor y odio que la consumía.

Más tarde, cuando él dormía a su lado, Valentina se quedó despierta, mirando el techo, las lágrimas silenciosas corriendo por sus mejillas. Necesitaba escapar, necesitaba ir a esa dirección, necesitaba saber la verdad.

Se levantó con cuidado, sin hacer ruido. Se vistió con la misma ropa que había usado esa mañana, las prendas simples que contrastaban con la lujosa lencería tirada en el suelo. Tomó su bolso y las llaves del convertible, su corazón latiendo con fuerza en su pecho.

Bajó las escaleras de puntillas, el silencio de la mansión amplificando cada sonido. Llegó al garaje sin ser vista, sus manos temblorosas mientras abría la puerta del coche.

El motor rugió cuando lo encendió, un sonido poderoso que parecía desafiar el silencio de la noche. Maniobró por el camino de entrada, las luces del coche cortando la oscuridad.

La dirección la llevó a un suburbio tranquilo, con casas modestas y jardines cuidados. La casa que buscaba estaba al final de la calle, una estructura de dos pisos con las luces apagadas, como si esperara pacientemente su llegada.

Estacionó frente a la casa y se quedó allí, mirándola. ¿Qué encontraría dentro? ¿Respuestas o más preguntas? ¿Una verdad que liberaría o una que la destruiría?

Con un suspiro, salió del coche y se acercó a la puerta principal. Estaba cerrada con llave, pero recordó las palabras de Rafael. "Busca en el ático".

Caminó alrededor de la casa, buscando una manera de entrar. Encontró una ventana abierta en la cocina, lo suficientemente alta como para necesitar un empujón, pero accesible. Con un esfuerzo que no sabía que poseía, logró trepar y entrar por la ventana, cayendo en el fregadero con un golpe sordo.

La casa olía a polvo y a abandono, a recuerdos dormidos. Se movió por la oscuridad, sus pies rozando el suelo cubierto por una fina capa de suciedad. Subió las escaleras, cada paso resonando en el silencio.

El ático estaba en el piso de arriba, accesible a través de una escalera retráctil. La bajó con cuidado, sintiendo el polvo caer sobre ella como una nieve fantasmal.

El espacio del ático estaba lleno de cajas y muebles cubiertos por sábanas. Valentina se movió entre ellos, buscando algo, cualquier cosa, que le diera una pista.

Y entonces la vio. En una esquina, una pequeña caja de madera con su nombre escrito en la tapa: "Valentina".

Sus manos temblaron mientras la abría. Dentro, encontraba álbumes de fotos, juguetes infantiles, ropa pequeña... y un diario con una cerradura oxidada.

Tomó el diario con manos temblorosas. La cerradura cedió fácilmente, como si esperara ser abierta. Abrió la primera página, reconociendo la caligrafía infantil, una caligrafía que era extrañamente familiar.

"Querido diario," leía la primera página, "hoy cumplí seis años. Papá y mamá me regalaron una muñeca. La llamé Sofía. Es mi mejor amiga. Siempre lo será."

Valentina sintió el aire abandonar sus pulmones. Sofía. No era el nombre de la hermana de Rafael. Era el nombre de su muñeca. O... ¿quizás no?

Pasó las páginas, leyendo sobre la vida de una niña que parecía extrañamente familiar, una niña que vivía en una casa que no recordaba, con padres que no reconocía.

Hasta que llegó a una entrada fechada hace diez años. "Hoy conocí a Alejandro…"