LA JAULA DE CRISTAL 4. Los Ecos del Pasado
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4. Los Ecos del Pasado

El hombre se recostó en su silla, sus ojos nunca abandonando los de Valentina. El aire denso de la oficina parecía vibrar con secretos a punto de revelarse.

–Sofía era mi hermana –dijo finalmente, su voz rota por una emoción que intentaba ocultar–. Y tú, Valentina, te pareces a ella de una manera que aterra.

Valentina sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Hermana. La palabra resonó en su cabeza, explicando la similitud que la había perturbado desde que vio esa fotografía. No era una coincidencia, no era una simple parecido. Era algo mucho más profundo, mucho más complicado.

–No... no puedo ser –tartamudeó, negando con la cabeza como si pudiera borrar las palabras con el movimiento–. Yo no tengo hermanos. Mis padres murieron hace años.

El hombre, Rafael, como ahora sabía que se llamaba, esbozó una sonrisa triste. –¿Qué es lo que realmente sabes de tus padres? ¿De tu pasado? ¿O solo conoces la versión que Alejandro te ha permitido conocer?

La pregunta golpeó a Valentina como un puñetazo. Su pasado. Siempre había sido algo nebuloso, una colección de recuerdos fragmentados que nunca del todo encajaban. Siempre lo había atribuido al trauma de perder a sus padres, a la forma en que su mente protegía esos recuerdos dolorosos.

–Mis padres... murieron en un accidente –dijo, aunque sus palabras sonaron vacías incluso para ella.

Rafael se levantó y caminó hacia una vieja caja de madera en una esquina de la oficina. La abrió con cuidado y sacó un álbum de fotos, gastado por el tiempo y el uso. Lo colocó sobre el escritorio frente a Valentina.

–Mira –ordenó, su voz suave pero firme.

Valentina abrió el álbum con manos temblorosas. Las primeras páginas estaban llenas de fotos de una niña pequeña, una niña con el mismo color de cabello que ella, los mismos ojos oscuros. Una niña que sonreía a la cámara, ignorante del destino que le esperaba.

–Esa es Sofía –dijo Rafael, señalando a la niña–. Mi hermana menor. Nuestra familia la adoraba.

Valentina pasó las páginas, viendo a la niña crecer en las fotos. Primero en su primer día de escuela, luego en sus cumpleaños, en vacaciones familiares. Era como mirar una versión alternativa de su propia infancia, una que nunca tuvo.

–¿Por qué me muestras esto? –preguntó, aunque temía la respuesta.

Rafael se sentó de nuevo frente a ella. –Porque necesitas entender. Sofía conoció a Alejandro hace cinco años. En esa misma gala de caridad donde él te conoció a ti.

Valentina sintió un escalofrío recorrer su espalda. La coincidencia era demasiado perfecta, demasiado espeluznante. –No... eso no es posible.

–¿No lo es? –preguntó Rafael, su voz cargada de sarcasmo–. ¿O es que Alejandro tiene un tipo? ¿O quizás... tiene un plan?

Valentina cerró el álbum, incapaz de seguir mirando esas fotos. –¿Qué le pasó? ¿Dónde está Sofía?

Rafael la miró intensamente, sus ojos llenos de un dolor que ella podía sentir físicamente. –Desapareció. Hace tres años. Un día, simplemente... no volvió a casa. La policía buscó, yo busqué... pero no había rastro de ella. Era como si la tierra se la hubiera tragado.

–¿Y Alejandro? –preguntó Valentina, con el corazón en la garganta–. ¿Qué hizo él?

Rafael se rio, un sonido amargo y desprovisto de alegría. –Hizo lo que siempre hace. Negó todo. Dijo que habían terminado, que ella se había ido voluntariamente. Usó su poder, su dinero, para cerrar cualquier investigación. Para hacerla olvidar.

Valentina sintió una oleada de náuseas. La imagen de Alejandro, el hombre que la cuidaba, el hombre con el que compartía su cama, se estaba rompiendo en pedazos. ¿Podría ser capaz de algo así?

–No –dijo, negando con la cabeza–. Él no podría...

–¿No podría qué? –interrumpió Rafael–. ¿No podría enamorar a una mujer, controlarla, y luego deshacerse de ella cuando ya no le sirve? ¿No podría buscar a un doble perfecto, a alguien que la reemplace? ¿No podría manipular tus recuerdos, tu pasado, para que encajes en su narrativa?

Valentina se levantó bruscamente, la silla cayendo atrás con un estruendo. –¡Mientes! Solo quieres confundirme, quieres que lo odie.

Rafael se levantó lentamente, su expresión calmada. –No necesito que lo odies. Ya lo hago yo por ambos. Solo quiero la verdad. Quiero saber qué le hizo a mi hermana. Y tú... tú eres la única pieza que me queda en este rompecabezas.

Se acercó a ella, pero esta vez Valentina no retrocedió. Se mantuvo firme, mirándolo a los ojos, buscando alguna señal de engaño, alguna grieta en su historia. No encontró ninguna. Solo dolor y una determinación feroz.

–¿Qué quieres de mí? –preguntó, su voz apenas un susurro.

–Quiero que me ayudes –dijo Rafael–. Quiero que entres en su mundo, que observes, que escuches. Quiero que encuentres algo, cualquier cosa, que me diga dónde está Sofía. O qué le pasó.

Valentina sintió el peso de sus palabras sobre ella. Traicionar a Alejandro. El hombre que la había sacado de la miseria, que le había dado una vida que nunca había imaginado. El hombre que, a pesar de todo, amaba con una parte de sí misma que intentaba ignorar.

–No puedo –dijo, negando con la cabeza–. No puedo hacerle eso.

Rafael suspiró, como si esperara esa respuesta. –Entonces vete. Vuelve a tu jaula dorada y finge que no sabes nada. Pero recuerda esto: cada noche que duermas en su cama, cada vez que te diga que te quiere, estarás acostándose con el posible asesino de mi hermana. Y quizás... de la tuya.

Las últimas palabras la golpearon con la fuerza de una tormenta. ¿De la tuya? ¿Qué significaba eso?

–¿Qué quieres decir con eso? –preguntó, su voz temblando.

Rafael se acercó a una vieja máquina de escribir en una esquina de la oficina. Sacó una hoja de papel y la colocó en el rodillo. Escribió algo rápidamente, luego la arrancó y se la entregó a Valentina.

–Es una dirección –dijo–. La dirección de nuestros padres. Murieron hace años, pero la casa todavía está ahí, vacía. Ve allí. Busca en el ático. Encontrarás una caja con tu nombre. Quizás eso te dé las respuestas que necesitas.

Valentina tomó el papel con manos temblorosas. La dirección estaba escrita con la misma caligrafía que la nota en el sobre de Alejandro. ¿Era una coincidencia? ¿O estaba todo conectado de alguna manera que aún no comprendía?

–¿Por qué me ayudas? –preguntó, mirándolo a los ojos–. ¿Qué ganas con esto?

Rafael la miró con tristeza. –Quiero justicia para mi hermana. Y si tú eres quien creo que eres... también quiero justicia para ti.

Valentina guardó el papel en el bolsillo, su mente dándole vueltas. Necesitaba tiempo para procesar todo esto, para entender qué era real y qué era mentira.

–Tengo que irme –dijo, dirigiéndose hacia la puerta.

–Valentina –la llamó Rafael antes de que llegara a la salida–. Ten cuidado. Alejandro no es tonto. Si sospecha que algo ha cambiado...

–Lo sé –dijo Valentina, sin volverse–. Sé lo que es capaz.

Salió de la librería, la luz del sol cegándola por un momento. El mundo exterior parecía normal, la gente pasaba con sus vidas, ajena al torbellino de emociones dentro de ella. Pero para Valentina, todo había cambiado de nuevo.

El camino de vuelta a la mansión fue un torbellino de pensamientos. ¿Debía creerle a Rafael? ¿O era él quien mentía, manipulándola por sus propios motivos? ¿Y si todo era cierto? ¿Qué significaba eso para ella, para su relación con Alejandro?