LA JAULA DE CRISTAL 3. La Red de Mentiras
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3. La Red de Mentiras

El cuerpo de Valentina se tensó como un arco.

La pregunta de Alejandro, susurrada en la penumbra de la habitación, resonó con más fuerza que un grito.

Se mantuvo inmóvil, sintiendo el peso de su brazo sobre ella, un brazo que minutos antes le parecía un refugio y ahora se sentía como una barra de acero.

–Solo... necesitaba aire –respondió, cuidando que su voz no temblara–. Me sentí un poco ahogada aquí dentro.

Alejandro se incorporó un poco, apoyándose en un codo. La luz de la luna se filtraba por la ventana, iluminando su perfil y creando sombras que lo hacían parecer más severo. –¿Aire? ¿A las seis de la mañana?

Valentina sintió un sudor frío recorrerle la espalda. Necesitaba una mentira creíble, algo que calmara su sospecha. –No pude dormir. Pensé que un paseo me ayudaría. No quería despertarte.

Él la observó en silencio, su expresión imposible de descifrar en la oscuridad. Valentina contuvo la respiración, esperando que la aceptara, que volviera a acostarse y a olvidarlo. Pero Alejandro nunca era tan predecible.

–Te extrañé –dijo finalmente, su voz suave, pero con un filo de acero–. Me desperté y no estabas. No me gusta cuando desapareces sin decirme nada.

Se acercó y le besó la frente, un gesto tierno que contrastaba con la advertencia en sus palabras. Valentina cerró los ojos, sintiendo la mezcla familiar de alivio y opresión.

–Lo siento –murmuró–. No volverá a pasar.

–Sé que no –dijo Alejandro, volviendo a acostarse, pero manteniéndola cerca–. Porque a partir de hoy, no saldrás de esta casa sin mí.

Valentina sintió el pánico atraparla. ¿Qué significaba eso? ¿Sabía algo? ¿La estaba castigando o protegiendo? No se atrevió a preguntar. Simplemente asintió, sintiendo cómo sus planes de regresar a la librería se desmoronaban.

–Ahora duerme –ordenó Alejandro–. Tenemos un día largo por delante.

Valentina cerró los ojos, pero el sueño era imposible. Su mente daba vueltas, analizando cada palabra, cada gesto. ¿Cómo podía salir de la casa? ¿Cómo podría descubrir la verdad si ahora estaba bajo vigilancia constante?

Las horas pasaron lentamente. Alejandro se levantó y se duchó, saliendo del baño con una toalla envuelta alrededor de su cintura.

Valentina lo observó, admirando su físico a pesar de todo.

Su cuerpo era una obra de arte, poderoso y dominante, un recordatorio constante de por qué se sentía atraída a él a pesar de su miedo.

–¿Qué planes tienes para hoy? –preguntó, intentando sonar casual.

Alejandro se vistió con un traje impecable, sus movimientos fluidos y seguros. –Trabajo. Tengo una reunión importante. Pero esta noche... esta noche es nuestra.

Se acercó a la cama y le besó los labios, un beso profundo que le robó el aliento. Valentina respondió instintivamente, su cuerpo reaccionando a su toque como siempre lo hacía. Por un momento, olvidó sus preocupaciones, perdida en la sensación de estar en sus brazos.

Cuando se separó, Alejandro la sonrió. –Te espero en la cena. Vístete con algo bonito. Algo rojo.

Valentina asintió, sintiéndose como una marioneta cuyas hilos él controlaba. Lo vio salir, escuchando sus pasos alejándose por el pasillo. Solo entonces se permitió respirar profundamente.

Necesitaba un plan. Necesitaba salir de esa casa, aunque fuera por unas horas. La idea de desobedecerlo la aterrorizaba, pero la necesidad de saber la verdad era más fuerte.

Se levantó y se dirigió al armario, abriendo el cajón donde Alejandro guardaba sus llaves. Había varias, pero una en particular llamó su atención: las llaves de un coche antiguo que rara vez usaba, un convertible que estaba guardado en el garaje trasero.

Las tomó con manos temblorosas, sintiendo el peso frío del metal en su palma. Era un riesgo, pero no tenía otra opción. Si lograba salir antes de que el personal llegara, quizás podría regresar a la librería y hablar con el hombre misterioso.

Bajó al garaje, el silencio de la casa amplificando cada sonido. El convertible estaba allí, cubierto por una lona. Retiró la tela con cuidado, revelando un coche clásico en un color rojo intenso que parecía simbólico.

Las llaves encajaron perfectamente en la ignición. El motor arrancó con un rugido que le hizo saltar el corazón. Miró hacia la casa, esperando que alguien apareciera para detenerla. No hubo nadie.

Manejo hacia la librería con más prisa de la necesaria, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. Esta vez, no había duda en su mente. Necesitaba respuestas, y las conseguiría sin importar el costo.

Estacionó frente a "El Refugio de las Palabras" y entró sin dudarlo. La campana sobre la puerta anunció su llegada, pero esta vez la mujer mayor no estaba detrás del mostrador. En su lugar, estaba el hombre de la cicatriz.

–Volviste –dijo, sin sorpresa en su voz–. Te dije que volvieras mañana.

–No puedo esperar hasta mañana –respondió Valentina, su voz firme a pesar de su nerviosismo–. Necesito saber ahora.

El hombre la observó, su expresión cambiando lentamente a algo parecido a la admiración. –Tienes más coraje de lo que pensaba. O quizás solo eres más estúpida.

–No estoy aquí para que me insultes –dijo Valentina, acercándose al mostrador–. Estoy aquí por respuestas.

El hombre sonrió, una curva sutil que no alcanzaba sus ojos. –Las respuestas tienen un precio. ¿Estás dispuesta a pagarlo?

–¿Qué tipo de precio? –preguntó Valentina, sintiendo una advertencia en sus palabras.

–La verdad –dijo el hombre–. La verdad sobre Alejandro. La verdad sobre ti. ¿Estás preparada para escucharla?

Valentina dudó un momento. Parte de ella quería huir, volver a la seguridad de la mentira que vivía. Pero otra parte, la parte más fuerte, necesitaba saber.

–Sí –dijo con más determinación de la que se sentía–. Estoy preparada.

El hombre asintió, como si esperara esa respuesta. –Sígueme.

La llevó a través del laberinto de estanterías, hasta una puerta oculta en el fondo de la tienda. La abrió y la hizo pasar a una pequeña oficina llena de papeles y libros apilados.

–Siéntate –ordenó, señalando una silla frente a su escritorio.

Valentina se sentó, sintiendo el corazón latir con fuerza. El hombre se sentó frente a ella, sus ojos fijos en los de ella.

–¿Qué sabes sobre Alejandro? –preguntó.

Valentina vaciló. ¿Qué debía revelar? ¿Qué debía ocultar? –Es un hombre de negocios. Poderoso. Él... él me cuida.

El hombre rio, un sonido bajo y sin humor. –¿Te cuida? ¿Es eso cómo lo ves?

–¿Qué quieres decir? –preguntó Valentina, sintiendo una oleada de defensividad.

–Alejandro no cuida a nadie –dijo el hombre con voz severa–. Alejandro posee. Y tú... tú eres su posesión más preciada.

Valentina sintió un nudo en la garganta. Las palabras del hombre resonaban con sus propios miedos, con sus propias sospechas que nunca se atrevió a verbalizar.

–No entiendo –dijo, aunque temía que sí.

El hombre se inclinó hacia adelante, su intensidad casi abrumadora. –¿Conociste a Sofía?

Valentina sintió un escalofrío recorrer su espalda. Sofía. ¿Ese era el nombre de la mujer de la foto? ¿La mujer que se parecía a ella?

–No –respondió, aunque sabía que el hombre no le creería.

–Mientes –dijo el hombre–. Sé que viste la foto. Sé que tienes las mismas preguntas que ella tenía antes de desaparecer.

Valentina sintió el pánico invadirla. ¿Desaparecer? ¿Qué significaba eso? –¿Qué le pasó? ¿Dónde está?