6. La Carga de la Sangre
La palabra quedó suspendida en el aire polvoriento del ático, una promesa incumplida, un fantasma en la máquina de su memoria.
La tinta, algo desvaída por el tiempo, formaba el nombre con una caligrafía infantil que ahora le parecía una burla cruel.
Alejandro. Lo había conocido a los diez años.
La idea era absurda, imposible. Su mente se negaba a aceptarlo, luchando por construir una explicación racional, un refugio contra la verdad que amenazaba con derrumbar su mundo.
–No –susurró, cerrando el diario con fuerza, como si el simple acto de encerrar esas palabras pudiera borrarlas–. No es verdad. Es una coincidencia.
Se quedó de rodadas en el suelo del ático, rodeada de los restos de una vida que no reconocía como suya. La caja de madera con su nombre la miraba con acusación. ¿Quién era esa niña? ¿Quién era ella? El pánico, frío y afilado, comenzó a trepar por su espina dorsal, paralizándola.
Con un esfuerzo que le costó lágrimas, se obligó a seguir leyendo.
Las páginas siguientes eran un torbellino de emociones confusas.
La niña escribía sobre un "señor Alejandro" que visitaba a sus padres, un hombre elegante que le traía caramelos extranjeros y le contaba historias de lugares lejanos.
Un hombre que, según sus palabras, "le prometió que la cuidaría siempre".
Valentina sintió un nudo de náuseas en su estómago. Las palabras del diario se entrelazaban con las advertencias de Rafael, creando una tela de araña de la que no podía escapar. Alejandro no la había conocido por casualidad en una gala. No la había rescatado. La había... ¿qué? ¿Reclamado?
La última entrada del diario estaba fechada solo unos días antes de la fecha en que, según ella, sus padres murieron.
La caligrafía era más temblorosa, más apresurada.
"Papá y mamá discutieron con el señor Alejandro.
Estaban muy enojados. Dijeron que no podían hacer eso, que yo no era un objeto.
Él se fue muy enfadado. Me dijo que no me preocupara, que pronto estaríamos juntos para siempre. Tengo miedo."
El diario se le resbaló de las manos, cayendo al suelo con un golpe sordo. El silencio del ático se volvió ensordecedor, lleno de los ecos de una niña asustada. Una niña que era ella. Una niña a la que le habían prometido un paraíso que resultó ser una jaula dorada.
Se levantó, tambaleándose, y salió del ático como si huyera de sus propios fantasmas. Bajó las escaleras, tropezando en la oscuridad, sin atreverse a mirar atrás. Necesitaba salir de esa casa, necesitaba respirar aire fresco, necesitaba olvidar, aunque solo fuera por un momento.
El aire frío de la noche la golpeó en la cara cuando salió por la puerta principal, que había dejado entreabierta.
Se apoyó en el coche, intentando controlar la hiperventilación, el temblor incontrolable de su cuerpo.
La verdad ya no era una posibilidad, era un hecho brutal que la golpeaba una y otra vez.
Alejandro la había conocido desde niña. Alejandro había estado involucrado en la muerte de sus padres. Alejandro la había criado, moldeado, convertido en la mujer que era hoy. No era su amante. Era su creación.
Con esa revelación, algo dentro de ella se rompió. El miedo se transformó en una fría y determinada furia. Ya no era la víctima indefensa. Era una superviviente. Y tenía que decidir qué hacer con esa verdad.
Subió al coche, esta vez con una claridad que no había sentido en horas. El camino de vuelta a la mansión fue diferente. Ya no era una prisionera regresando a su celda. Era una espía infiltrada en territorio enemigo.
Cuando llegó, la casa estaba en silencio, como si supiera que algo había cambiado. Estacionó el coche y entró con sigilo, sus movimientos fluidos y silenciosos. Subió a su habitación, esperando encontrar a Alejandro durmiendo.
Pero él no estaba allí. La cama estaba vacía, las sábanas revueltas. Una ola de pánico la recorrió. ¿La había descubierto? ¿Estaba esperándola en alguna parte?
Bajó las escaleras, con el corazón latiendo con fuerza en su pecho. Lo encontró en su estudio, de pie frente a la ventana, con un vaso de whisky en la mano. No se giró cuando ella entró, como si supiera que estaba ahí.
–¿Dónde estabas? –preguntó, su voz calmada pero cargada de una tensión que podía cortar con un cuchillo.
Valentina se mantuvo firme, su mente corriendo a mil por hora. Necesitaba una mentira creíble, una historia que calmara sus sospechas. –No pude dormir. Salí a dar un paseo.
Él se giró lentamente, sus ojos oscuros fijos en los de ella. En la penumbra de la habitación, parecía más peligroso que nunca, un depredador al acecho. –Un paseo. A las tres de la mañana.
–Necesitaba aire –repitió, aunque sabía que sonaba débil.
Alejandro dio un sorbo de su whisky, sus ojos nunca abandonándola. –¿Y el coche? El convertible rojo. Ese no es el coche que usas para "dar un paseo".
Valentina sintió el sudor frío recorrerle la espalda. ¿Cómo sabía? ¿La había estado vigilando? –Quería conducir. Quería sentirme libre.
La palabra "libre" colgó en el aire entre ellos, una provocación, una confesión. Alejandro sonrió, una curva sutil que no alcanzaba sus ojos. –¿Libre? –dijo, acercándose lentamente–. ¿Te sientes prisionera aquí, Valentina?
Ella no respondió, no podía. Su garganta estaba cerrada por el pánico.
Él se detuvo frente a ella, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, oler el aroma a whisky y a poder. –Te he dado todo. Te he dado una vida que nunca podrías haber soñado. Te he vestido, te he alimentado, te he protegido. ¿Y esto es lo que me das? ¿Mentiras? ¿Desobediencia?
Levantó una mano y le rozó la mejilla con el dorso de los dedos. Valentina se estremeció, no por el contacto, sino por la furia contenida que sentía en él.
–Te amo, Valentina –murmuró, su voz suave, pero con un filo de acero–. Pero el amor tiene límites. Y tú los estás cruzando.
–No te estoy mintiendo –dijo, su voz temblando a pesar de su esfuerzo por controlarla–. Solo necesitaba tiempo para pensar.
–¿Pensar? –preguntó, su voz cargada de sarcasmo–. ¿O conspirar? ¿Qué te ha dicho ese hombre en la librería? ¿Qué mentiras ha sembrado en tu cabeza?
Valentina sintió que el mundo se detenía. ¿Cómo sabía? ¿Cómo demonios sabía de la librería, de Rafael?
–No... no sé de qué hablas –tartamudeó, su mente buscando desesperadamente una salida.
Alejandro rio, un sonido bajo y sin humor. –¿De verdad? ¿Vas a seguir mintiéndome? ¿Después de todo lo que hemos compartido?
Se acercó aún más, su rostro a centímetros del de ella. –Te conozco, Valentina. Te conozco mejor que nadie. Sé cuando mientes, sé cuando tienes miedo. Y sé cuando estás a punto de traicionarme.
La palabra "traición" resonó en la habitación, una acusación grave que la dejó sin aliento. ¿Qué haría si descubría toda la verdad? ¿Qué sería capaz de hacerle?
–Yo nunca te traicionaría –dijo, aunque sabía que era una mentira. Ya lo estaba traicionando, en su mente, en su corazón.
Alejandro la miró intensamente, como si estuviera evaluando su determinación. –Lo sé –dijo finalmente, su voz suavizándose–. Porque sabes lo que te espera si lo haces.
Se giró y caminó hacia el bar, sirviéndose otro whisky. –Mañana partiremos para Europa. El viaje se ha adelantado. No habrá más "paseos" nocturnos. ¿Entendido?
Valentina asintió, sintiéndose atrapada, sin escapatoria. Europa. Un continente entero como jaula.