Capítulo 66
Dos meses después
El último huésped abandonó el hotel pasadas las doce y media de la mañana. Nada más salir por la puerta, Rosa entró en la habitación, sacó las sábanas, limpió la estancia y la dejó preparada para los siguientes clientes, que llegarían en una semana.
Aunque todavía tenía muchas horas por delante para terminar de ultimar los preparativos del viaje, siempre se ponía nerviosa antes de salir, y más en aquella ocasión porque iba a ser, sin duda, su escapada más especial.
Estaba tan concentrada en no olvidarse nada que ni siquiera se acordó de coger el periódico que el repartidor dejaba en la puerta del hotel cada día.
Lo vio cuando fue a comprar al ultramarinos.
Se lo echó a la bolsa y se marchó a por un par de ingredientes que le faltaban para la comida.
Cuando regresó dejó todo en la encimera de la cocina.
Entonces se percató de la noticia que venía en portada.
Detenido un tunecino por tratar de robar la tiara de Santa Bárbara
Bajo el titular, a cinco columnas, una foto del expositor del museo con el cristal rajado y el tesoro en su interior. Rosa abrió el periódico, buscó el reportaje y lo leyó con atención.
La policía ha detenido a un hombre tras golpear con una maza el expositor que alberga la tiara de Santa Bárbara.
Este intento de robo ha ocurrido tan solo dos meses después de la inauguración de la exposición «Tabarca, un tesoro bajo el mar» en el Museo Arqueológico de Alicante.
Las cámaras de seguridad revelan que este individuo, de origen tunecino, se escondió en los baños del MARQ minutos antes del cierre de las instalaciones.
Cuando los guardias abandonaron el recinto, salió del aseo y fue directo a la última sala, donde se encuentra el tesoro recuperado del fondo marino.
Nada más acceder, sonaron las alarmas. La policía llegó tan solo cuatro minutos después.
En ese tiempo, el hombre, Aziz W., golpeó en reiteradas ocasiones el expositor.
El cristal blindado aguantó los embistes de la maza.
La policía le descubrió in fraganti . El hombre se resistió y agredió a varios agentes, que tuvieron que ser trasladados al hospital con traumatismos.
Finalmente fue detenido cuando intentaba huir.
Desde la dirección del museo aseguran que antes de cerrar las puertas se hace una ronda por todas las estancias, incluido los aseos, para comprobar que no queda nadie dentro.
Se investiga por qué no localizaron a este individuo allí.
Además, anuncian que van a incrementarse las medidas de seguridad tanto en la sala del tesoro como en el recinto del museo para evitar que vuelva a repetirse un incidente así.
Por el momento, la exposición permanecerá cerrada hasta que instalen un nuevo cristal con el doble de grosor que el actual.
Hasta entonces, las piezas del tesoro han sido trasladadas a la caja de seguridad de un banco.
Rosa le enseñó el periódico a Teo.
—Qué terco es este hombre. A ver si con la visita a la cárcel se le quitan ya las ganas de volver a intentar apropiarse de la tiara.
—¿Crees que irá a prisión? —se extrañó Rosa—. No ha conseguido robar nada, al parecer, ¿no?
—Ya, pero sí que ha agredido a dos agentes. Además, tiene antecedentes, así que una estancia en la celda no se la quita nadie.
—Con que no vuelva por aquí me quedo tranquila.
—Por eso no te preocupes, en esta isla ya no hay nada que le interese. Bueno, vamos a lo importante. ¿Lo tienes ya todo preparado?
—Creo que sí. Haré un último repaso por si se me ha olvidado algo. Hay que coger los pasaportes.
—Ya los tengo en mi mochila.
—Perfecto.
Rosa consultó la hora en su reloj.
—Se está retrasando. En teoría llegaba a las doce, ¿no?
—Eso me dijo, sí. Quizá el barco ha salido más tarde de lo habitual. Ya sabes que a veces esperan un poco para intentar llenarlo.
En ese momento se abrió la puerta de la entrada.
—Ya estoy aquí, familia.
Martina apareció con dos maletas de grandes dimensiones.
—¡Qué ganas tenía de verte! —Rosa fue corriendo hacia ella y la abrazó.
—Pero si me fui hace solo tres días.
—Demasiado tiempo, hija.
—Espera, que te ayudo. —Teo le cogió una maleta—. ¿No llevas demasiado equipaje para ir cinco días a Nueva York? Tendremos que añadir otro bulto más en la facturación, solo te puse uno.
—No va a hacer falta. —Martina sonrió y dejó la pesada maleta junto al mostrador—. He estado pensando lo que me dijiste, mamá. Y… no se me ocurre nada mejor que venirme a Tabarca a regentar un hotel.
—¿Lo dices en serio?
—He dejado mi trabajo en el banco. Ya estaba harta de denegar hipotecas y tener que alcanzar objetivos imposibles.
—Me acabas de hacer la mujer más feliz del mundo.
Rosa le besó en la frente.
—¿Estás segura de que quieres dejar de dirigir el negocio, mamá?
—Llevo desde los diecinueve años al frente del Isla Plana.
Necesito dar un paso atrás y nadie mejor que tú para llevar las riendas del hotel.
Además, yo seguiré aquí a tu lado, ayudándote en todo lo que sea necesario.
Seguro que tienes nuevas ideas para modernizar este lugar y atraer a más gente.
En realidad —le susurró— ofrecerte la dirección del hotel es la excusa perfecta para tenerte a mi lado a diario… —confesó guiñándole un ojo.
—Pues no hacía falta nada de eso. He tardado treinta y cuatro años en encontraros. Vivir en esta isla con vosotros, comenzar de cero esta nueva vida, me parece el mejor plan.
Los tres se abrazaron.
—Bueno, no nos pongamos muy sensiblones que tenemos un viaje que terminar de preparar. —Martina se secó las lágrimas.
—Ya tengo el itinerario. —Teo le dio un folio lleno de anotaciones.
—Veo que lo tienes todo preparado. Y a mí todavía me falta hacer la maleta. De toda esta ropa que me he traído de mi piso de alquiler tengo que seleccionar lo que me voy a llevar a la ciudad que nunca duerme.
—Tienes tiempo de sobra hasta esta noche. Mañana cogeremos el primer barco a Santa Pola y de ahí al aeropuerto —dijo Rosa.
—Pero, antes de irnos, queremos enseñarte nuestro sitio preferido de la isla.
—¿Dónde? Quiero verlo.
—Tendrás que esperar a que se haga de noche.
El resto del día lo pasaron organizando los últimos detalles del viaje. Rosa también empezó a explicarle a su hija el funcionamiento del hotel. Al atardecer, los tres dejaron atrás el pueblo y caminaron campo a través hasta llegar a la valla que perimetraba el faro. Teo trepó la verja.
—¿Se puede saber qué haces?
El biólogo saltó al otro lado. Rosa le siguió.
—Venga, que es fácil subir —la animó su madre.
Martina los miró incrédula. Se encaramó a la verja y pasó por encima. Teo la cogió de la cintura para ayudarla a bajar.
—¿Dónde me lleváis?
—A disfrutar de las mejores vistas de Tabarca.
Caminaron entre matorrales hasta llegar a la puerta del faro.
Rosa fue a buscar la llave. Volvió con ella en la mano como si fuera un trofeo.
La metió en la cerradura y entraron. Martina se dejó llevar.
Subieron por las escaleras de caracol y se encaramaron al pequeño balcón.
Les recibió una brisa con sabor a mar. Martina se quedó embelesada observando las vistas del pueblo a un lado, las estrellas arriba y el inmenso mar infinito.
Teo y Rosa recordaron sus noches de pasión allí.
Para ellos las mejores vistas las tenían de frente.
Martina se giró y vio a sus padres cogidos de la mano.
Sus miradas aunaban amor, melancolía y felicidad.
Se sintió afortunada de haberlos encontrado, aunque se hubiera perdido tantos años a su lado.
Volvió a mirar al horizonte y se fijó en la cruz de madera del islote de la Naueta.
—¿Por qué está eso ahí?
Teo y Rosa sonrieron.
—Te vamos a contar una historia que te va a gustar. Y, de paso, te enseñaremos nuestro segundo lugar favorito de la isla.
Bajaron del faro y se dirigieron a Punta Falcón.
Pasaron por delante del cementerio y llegaron al extremo este de la isla.
Se sentaron frente al islote y le hablaron a Martina del tesoro que había oculto en el fondo marino, de Aziz, del museo y de su abuelo.
Ella escuchaba con atención aquella historia que parecía sacada de una película.
Después los tres contemplaron el cielo. Rosa buscó las dos estrellas más brillantes y sonrió.
Miró a su derecha y experimentó una felicidad que nunca antes había sentido al ver a su hija y a Teo con ella.
Después de muchos años, Tabarca volvía a ser un paraíso.
En ese momento, una ráfaga de viento depositó a su lado una flor amarilla, como la que llevaba prendida en el pelo.
Localizó de nuevo en el firmamento la estrella de Luis.
«Gracias, papá». Cogió la flor y se la colocó a su hija en la oreja.