La isla de las flores amarillas Capítulo 65
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Capítulo 65

A medida que se acercaba a la isla, el corazón de Martina latía cada vez más rápido.

Sabía que no era una casualidad. La imagen que había visto en la tele dos días antes coincidía al cien por cien con el ancla que la naturaleza le había pintado en el tobillo al nacer.

Para asegurarse, imprimió la foto del móvil y comparó las dos.

Se cercioró de que estaba en lo cierto. Y la única explicación que se le ocurrió fue que era adoptada.

Lo sospechaba desde los quince años, cuando comenzó a ver cosas que no le cuadraban.

Como que en su DNI pusiera que había nacido en Alicante cuando ella nunca había vivido allí.

La excusa de sus padres fue que se mudaron al poco de nacer ella.

Le pareció extraño que no conservaran ninguna foto de su época en la costa mediterránea.

Ahora que estaba a punto de saber la verdad, ya era demasiado tarde para preguntarles.

Su madre había muerto hacía unos años y su padre tenía alzhéimer y vivía en una residencia.

El barco atracó en el muelle. Martina dejó que bajaran todos los pasajeros. Entonces se acercó a la pasarela de la proa. Se agarró con fuerza a la barandilla y comenzó a cruzarla. Detuvo su camino tan solo dos pasos después. Le entraron las dudas.

«¿Estoy haciendo lo correcto?».

«Quizá no sea tan buena idea indagar en el pasado…».

«Si se confirman mis sospechas, mis padres biológicos me dieron en adopción. Así que a lo mejor no me querían».

«No seas tan dramática. Quizá simplemente no tenían recursos para cuidarte y pensaron que lo mejor era que otra familia lo hiciera».

—No me voy a quedar con la duda.

Recorrió el tramo que le quedaba de pasarela y bajó del barco.

Siguió al resto de los turistas. La mayoría iban directos a la playa.

Martina continuó hacia el pueblo. Analizó la foto en el móvil en busca de alguna pista para localizar la fachada.

Solo se veía a la mujer y la pared blanca con el logo del ancla.

Pensó en preguntar a algún vecino, pero, finalmente, optó por dejarse llevar y encontrarla por sí misma.

Deambuló al azar hasta la plaza. Ni rastro del ancla.

Siguió hasta la puerta de San Gabriel, el extremo oeste de la isla.

Nada. Regresó por otra calle esquivando turistas…

Y entonces la vio. Se paró en seco y sonrió.

La había encontrado. Se acercó a paso lento contemplando esa figura que le era tan familiar.

Tanto que la veía a diario dibujada en el tobillo.

Cuando la tuvo justo enfrente, reafirmó lo que ya supo en cuanto apareció en televisión: era igual a su mancha de nacimiento.

Las respuestas estaban en el interior de ese hotel.

Respiró profundamente y entró. Una campanita anunció su llegada.

No había nadie en la recepción. Segundos después salió tras el mostrador la misma mujer que había visto en las noticias. Martina se aproximó a ella.

—Bienvenida al hotel Isla…

Rosa no terminó la frase. Martina se dio cuenta de que la mujer estaba intentando reconocerla.

Se mantuvo en silencio. Ese duelo de miradas buscaba respuestas en ambos sentidos.

Ninguna de las dos se atrevía a hablar. Estaban concentradas la una en la otra.

A Rosa le resultaba muy familiar esa cara.

Martina tuvo una extraña sensación. Era como si también la conociera de algo.

Entonces los ojos de una de las dos se empaparon de esperanza.

«Tiene que ser ella», se repetía una y otra vez Rosa para sus adentros. Cada segundo que pasaba contemplando a aquella chica lo tenía más claro.

—Martina —se atrevió a decir finalmente.

Ella asintió. Rosa salió tras el mostrador y corrió a abrazar a su hija treinta y cuatro años después.

A Martina no le hizo falta que le dijera nada, entendió al instante que estaba frente a su madre.

Durante los siguientes minutos no pudieron separarse la una de la otra.

Las lágrimas se entremezclaban con sollozos, con gritos, con risas nerviosas, con llantos descontrolados, con miradas incrédulas, con nostalgia, con tristeza por el tiempo perdido, con alegría por haberse encontrado.

La vida les había dado una segunda oportunidad a ambas y ninguna de las dos acababa de creérselo.

—Hija mía… —balbuceó Rosa mientras le acariciaba la cara con extrema ternura, como si todavía fuera el bebé que le arrebataron—. ¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado?

Martina se levantó un poco la pernera del pantalón para mostrarle la mancha.

—Te vi en las noticias. A ti y el ancla pintada en la fachada.

Entonces Rosa se derrumbó de nuevo. Las lágrimas volvieron a inundar su rostro. Tuvo que sentarse para tratar de asimilar lo que acababa de pasar.

—¿Te encuentras bien? —Martina se arrodilló a su lado.

Rosa levantó la cara empapada de alegría.

—Estoy mejor que nunca.

La abrazó otra vez. Le costaba despegarse de Martina después de tantos años deseando reencontrase con ella. Se separó durante unos segundos para cerciorarse de que aquello era real.

—Eres la viva imagen de tu bisabuela. Por eso cuando te he visto he sabido que eras tú. Todavía no puedo creerme que estés aquí conmigo. Y todo gracias a ella.

—¿Cómo?

—La abuela Amparo fue la que mandó pintar el ancla de tu tobillo en la fachada del hotel.

Todavía recuerdo sus palabras. «Algún día Martina volverá.

No sé cómo ni cuándo, pero estoy convencida de que nuestra pequeña verá ese dibujo, se mirará el tobillo y sabrá que ella pertenece a este lugar».

Me hizo prometerle que no me iba a rendir.

La esperanza de encontrarte me ha mantenido con vida todo este tiempo.

Volvieron a abrazarse. Y a llorar. Y a reír. En bucle. Hasta que, de repente, Rosa interrumpió esa improvisada coreografía de afectos.

—Vente. —Cogió de la mano a Martina y se aproximó a la puerta del hotel—. Tenemos que ir a un sitio.

—¿Dónde me llevas?

Rosa se detuvo y la miró fijamente a los ojos.

—Vas a conocer a tu padre.

Martina sonrió. Dejaron atrás el pueblo y caminaron hacia el este de la isla.

Pasaron por delante de la torre de San José, del faro y del cementerio de camino a Punta Falcón.

Era el lugar favorito de Teo. Allí se pasaba horas leyendo durante el día o contemplando las estrellas por la noche.

Un ruido a su espalda le sacó de la lectura.

Vio a Rosa en compañía de una desconocida.

Cerró la novela y se puso de pie para recibirlas.

Al acercarse, se fijó en la chica. Su cara le era familiar.

Buscó en su memoria para intentar recordar de qué le sonaba.

Entonces reparó en la emoción de Rosa. Volvió a mirar a la chica.

Y de nuevo a Rosa, que seguía con las mejillas húmedas.

—No puede ser… —A Teo se le cayó el libro al suelo.

Rosa leyó sus labios en la distancia y asintió.

—¿Es ella? —preguntó el biólogo.

—Tu hija Martina —afirmó Rosa.

Quiso correr hacia ella, pero las piernas le fallaron.

Cayó de rodillas al suelo. Solo podía llorar.

Entonces Martina se acercó a él y se unió a su emoción.

Ninguno de los dos conseguía hablar. Se abrazaban, se miraban y volvían a unir sus cuerpos.

Rosa les dejó que se recrearan en ese primer encuentro.

Le vino a la mente la última imagen que tenía de su hija, cuando la policía se la llevó.

También recordó las noches sin dormir pensando en ella.

«¿Dónde estás? ¿Cómo son tus padres adoptivos?

¿Te dan cariño? ¿Eres feliz?». Por fin ya había acabado la tortura de no saber nada de ella.

Verla abrazada a su padre era la recompensa a tantos años sin perder la esperanza por encontrarla.

Y todo por la idea de Amparo de pintar la mancha de nacimiento de Martina en la fachada del hotel.

Giró la mirada hacia el cementerio y sonrió.

«Gracias, abu». Se agachó junto a Teo y Martina y se juró que nada ni nadie volvería a separarlos jamás.