Capítulo 64
Rosa y Teo fueron los primeros en bajar del barco.
Su vuelo se había retrasado y llegaron a la isla un día más tarde de lo previsto.
Tenían que ir corriendo al Isla Plana, dejar las maletas de su viaje a París, ducha rápida, cambiarse de ropa y de nuevo al muelle para volver a Alicante.
Iban con el tiempo justo. A contrarreloj se arreglaron para la ocasión y salieron del hotel.
Consiguieron coger el mismo barco que les había dejado hacía apenas unos minutos.
Chocaron las manos victoriosos y suspiraron aliviados.
Una hora más tarde estaban en la puerta del Museo Arqueológico.
En la valla había una gran pancarta que anunciaba la exposición que se inauguraba. T ABARCA , UN TESORO BAJO EL MAR . Sonrieron y entraron. Dentro ya había un grupo de personas esperando a comenzar la visita guiada. La comisaria de la exposición llegó poco después.
—Bienvenidos al MARQ. Como sabéis, este año se cumplen cuarenta años desde que se creó la reserva marina de Tabarca, la primera de España.
En esta exposición vais a ver la riqueza que hay bajo las aguas de nuestra querida isla.
Gracias a la creación de la reserva, el ecosistema ha multiplicado su flora y su fauna.
Ahora se pueden ver más especies que nunca y la posidonia goza de buena salud.
Y sí, también vais a ver la tiara, que sé que habéis venido a eso.
—La comisaria se rio—. Está justo al final del recorrido.
Pero antes vais a poder disfrutar de una visión única de todo el patrimonio natural que hay en las aguas que rodean la isla.
Además, la tiara no ha sido el único tesoro que se ha recuperado del fondo del mar. ¿Me acompañáis?
La comisaria les invitó a pasar. La primera sala era inmersiva.
En las paredes y el techo había una proyección de vídeo del fondo marino que hacía sentir a los visitantes como si estuvieran dentro de la propia reserva.
En las siguientes estancias había trozos de ánforas recuperadas de naufragios, anclas, restos de barcos hundidos…
Hasta que llegaron a la última sala, la más importante de la exposición.
Estaba pintada de negro para que solo destacara el tesoro.
En el centro, un pedestal sobre el que descansaban las joyas del cofre tras un cristal blindado.
Un manto de monedas de oro cubría la base del expositor.
Varios centímetros por encima, sostenida por una pieza de metacrilato, la tiara de Santa Bárbara.
El intenso verde de las esmeraldas y el azul de los zafiros emitían haces de luz en todas las direcciones.
—Para conocer la historia de cómo esta tiara ha llegado hasta aquí, primero os tengo que presentar a la familia Parodi.
En una de las paredes había una fotografía en blanco y negro con tres personas delante de un faro. La comisaria se colocó al lado.
—Ellos son Vicente, Esperanza y Julia. El farero de Tabarca, su mujer y su única hija.
Esta instantánea se hizo en el año 1927.
Es la única foto que se conserva de ellos.
Pocos meses después se fueron de la isla y nunca más se supo de ellos hasta ahora.
Se marcharon de un día para otro, casi sin despedirse.
¿El motivo de su furtiva huida? Justo ese año automatizaron el faro.
La presencia diaria del farero ya no era necesaria.
Así que Vicente decidió alejarse de un futuro incierto en la isla.
Eso fue lo que dijeron, aunque en realidad hubo otro motivo que fue decisivo en su marcha: Samy Ward.
La sala estaba en completo silencio mientras la comisaria explicaba la historia de la familia Parodi.
—Samy era un pirata. Descendiente de una de las familias de corsarios que saqueaban los barcos que se encontraban en el Mediterráneo. Si os digo el nombre de Jack Ward, ¿os suena?
Un rotundo «No…» sonó al unísono.
—Pero seguro que conocéis a Jack Sparrow…
Todos dijeron que sí entre risas.
—Pues dicen que el personaje de las películas está inspirado en Jack Ward, el pirata del siglo XVII .
Aunque este no era tan carismático como el de Disney.
De hecho, sembró el pánico allá donde iba.
Y uno de los lugares donde estuvo uno de sus descendientes fue Tabarca.
Nuestra idílica isla fue en el siglo XVIII un refugio para los piratas berberiscos hasta que Carlos III los expulsó y la pobló con pescadores italianos que fueron rescatados de la esclavitud de otra isla de Túnez: Tabarka, pero con «k» de kilo.
De ahí que la de Alicante se llame Nueva Tabarca, ese es su nombre oficial.
»Volviendo a Samy Ward. Algunos miembros de su familia continuaron con la “tradición” de asaltar barcos o robar lo que fuera que tuviera valor. Y esta fue una de las piezas que sustrajeron. —La comisaria señaló la tiara—. Un regalo para la reina Isabel II que nunca llegó a poder lucir.
Continuó contando cómo fue la vida de Samy y Julia en la isla, el conflicto con su padre y la huida de Tabarca.
—Pues gracias a esta niña que veis en la foto y al corazón noble de Samy, hoy todos podemos disfrutar de esta joya única y de valor incalculable.
La explicación de la comisaria acabó con el sonoro aplauso de los turistas que asistían a esa visita guiada.
Entre ellos, Teo y Rosa. Unos metros más atrás, una mujer se secaba las lágrimas.
Estaba feliz porque había cumplido con el deseo de su yaya: honrar la memoria de su abuelo.
La comisaria la vio en la distancia. Ambas se guiñaron un ojo.
La hija de Bárbara salió sonriente del museo.
Poco a poco todos fueron pasando por delante del expositor para observar y fotografiar el tesoro de Tabarca.
Uno de los últimos en hacerlo apenas se paró frente a la tiara.
La miró solo unos segundos. Apretó las manos con fuerza para contener su rabia mientras observaba esa joya que en su día había pertenecido a su familia.
Aziz retrocedió unos pasos hasta situarse en una de las esquinas de la sala.
Miró hacia el techo y localizó las cámaras.
Memorizó su situación. De camino a la calle se fijó en los guardias de seguridad del museo y comenzó a idear un plan para recuperar lo que consideraba que era suyo.
Teo y Rosa regresaron a Tabarca después de dar un paseo por Alicante. Nada más llegar entraron al despacho para hacer el ritual tras cada viaje. El biólogo cogió una chincheta y la colocó en el mapa que tenían colgado de la pared.
—París ya está visto. ¿Próximo destino? —preguntó Teo.
Rosa abrió el primer cajón del escritorio y sacó el sobre con los billetes que le había dejado su padre de la máquina registradora de viajes. Sacó uno al azar y se lo enseñó.
—¡Dólares americanos! ¡Qué bien, con las ganas que tengo de ir a Nueva York y disfrutar de las vistas sentado en un banco en Central Park! —aplaudió Teo.
—Pues allá que nos vamos. Esta noche empezamos a organizarlo. Pero antes voy a ir al ultramarinos a comprar algo, que la nevera está vacía.
Para su sorpresa, a las puertas del hotel se encontró con un equipo de televisión. El periodista, micrófono en mano, se dirigió a ella.
—Hola, disculpe que le moleste. Soy Joaquín y él es Juanma, el cámara. Somos de Antena 3. ¿Le puedo hacer unas preguntillas?
—¿Sobre qué?
—Justo este mes se cumplen seis años del final del confinamiento y estamos haciendo un reportaje sobre cómo Tabarca logró mantener a su población sin contagios de COVID.
—Fueron meses muy duros para todos. A nivel económico, un desastre. Pero, por suerte, conseguimos plantarle cara al virus. Pregúntame lo que quieras.
—Genial, muchas gracias.
El periodista le formuló un par de preguntas. Rosa le explicó cómo vivieron los vecinos de Tabarca el estar aislados durante tanto tiempo.
—Ya lo tenemos, muchas gracias —dijo Joaquín.
—Un placer. Por cierto, ¿esto cuánto sale?
—Hoy en el informativo de las tres de la tarde.
El equipo de la tele grabó a más vecinos para terminar el reportaje.
Rosa continuó su camino hacia el ultramarinos.
Cuando regresó le contó a Teo su inesperado encuentro con la prensa.
Prepararon la comida entre los dos y encendieron la televisión para ver las noticias.
Justo cuando estaba a punto de acabar el informativo, la presentadora comenzó a hablar del aniversario del fin del confinamiento.
—¡Ahora vas a salir tú! —anunció Teo emocionado.
Subió el volumen del televisor. Tras unos segundos en los que salieron varias imágenes de Tabarca, apareció Rosa en pantalla.
—¡Ahí estás! —gritó eufórico Teo.
—¡Qué vergüenza! —se tapó la cara.
Teo cogió el móvil y fotografió la tele mientras Rosa salía en pantalla.
A ochocientos kilómetros de allí, en Gijón, una chica de treinta y cuatro años hizo lo mismo.
Con la mano temblorosa amplió la imagen en su teléfono.
No había duda. Esa ancla pintada en la fachada tras la mujer entrevistada era exactamente igual a la mancha de nacimiento que tenía ella en el tobillo.