Capítulo 63
Nada más ver a Felipe y Rosa con un objeto envuelto en una toalla Rosendo supo que era el tesoro que llevaba años buscando Aziz.
Los tres se quedaron mudos. Rosa maldijo su mala suerte.
Aquel encuentro con el cura echaba por tierra su plan.
Le entraron ganas de llorar de la impotencia.
Rosendo vio su mirada de desesperación. El sacerdote sonrió y recorrió con lentitud los escasos metros que los separaban.
Le pidió que se agachara y le susurró al oído.
—Por fin sale de la isla. —El cura le dio un par de golpecitos al bulto—. Seguro que le encuentras el mejor destino bien lejos de Tabarca. Puedes estar tranquila. Yo no te he visto esta noche.
Rosa observó a Rosendo. Necesitaba saber que lo que le decía era verdad.
Una lágrima en la mejilla del anciano confirmó que estaba siendo sincero.
El cura le hizo la señal de la cruz en la frente y se apartó para dejarla marchar con el tesoro.
Era la mejor forma que encontró para disculparse por todo el daño ocasionado.
Antes de irse, Rosa sacó un clínex y se lo dio.
Ese pañuelo blanco simbolizó la paz entre ellos. Deudas saldadas.
El pescador y Rosa continuaron su camino hacia el puerto. Subieron al barco y pusieron rumbo a Santa Pola. Llegaron veinte minutos después. Un amigo de Felipe los esperaba junto a la lonja y les dejó las llaves de su coche.
Apenas había tráfico a esas horas de la madrugada.
El GPS los guio hasta la puerta del Museo Arqueológico de Alicante, el MARQ.
Rosa se puso la sudadera negra que le había dejado Felipe y se ajustó bien la capucha para ocultar lo más que pudo su cara.
Antes de ir a la puerta, buscó en la distancia las cámaras de seguridad para evitar que se le reconociera.
Localizó una que enfocaba a la entrada del recinto.
Se acercó pegada a la fachada. La valla no era muy alta, así que sujetó bien el cofre y la saltó sin dificultad.
Caminó a paso ligero por la pequeña explanada frente al edificio principal y fue a la puerta de acceso.
Dejó con cuidado el cofre con una nota y volvió a salir por el mismo sitio.
Se quitó la sudadera y se sentó en un banco frente al museo.
Quería asegurarse de que el tesoro llegaba a la persona indicada.
Poco antes de las siete de la mañana, llegó una chica joven.
Se asomó a través de la valla y vio algo junto a la entrada.
Hizo una foto con su móvil y se quedó por las inmediaciones.
Rosa intuyó que era Carolina, la redactora del periódico con la que había hablado por teléfono.
Se parapetó tras un libro para que la periodista no le viera la cara.
Media hora más tarde llegó un vigilante de seguridad.
Entró a la garita y salió poco después a hacer la ronda por el perímetro del museo.
Al descubrir el bulto en la puerta, se acercó con cautela.
Cogió la nota y la leyó. Menos de diez minutos después apareció la policía para custodiar el cofre.
Rosa suspiró aliviada y se marchó con Felipe.
A las nueve de la mañana ya estaba de vuelta en el hotel, justo a tiempo para servir el desayuno a Anselmo y Gregorio, que bajaron de sus habitaciones minutos después de que llegara ella.
Tomaron tostadas y café, sin laxante, y se marcharon de allí con la bolsa negra. Teo los vio salir.
—Qué decepción se van a llevar estos dos… —El biólogo la besó—. ¿Ha salido todo bien?
—La policía ya tiene el cofre, así que está en buenas manos. Ahora solo podemos esperar.
—Tendremos que celebrarlo, ¿no?
—Hasta mañana, no. Me da miedo la reacción de Anselmo cuando vea que el tesoro ya no está allí. Y también cuando se entere Aziz.
—Me parece bien. El caldero tendrá que esperar un poco.
A pesar de que el tesoro estaba a salvo lejos de la isla, Rosa no conseguía calmar sus nervios.
Necesitaba que el tiempo pasara más rápido, que amaneciera un nuevo día y que todos supieran lo que había pasado con el cofre.
Pero antes de eso tendría que lidiar con la reacción de Anselmo tras una jornada de infructuosa búsqueda.
Ese momento llegó más pronto de lo esperado.
El sol todavía no se había puesto cuando aparecieron los dos en el hotel.
Sus caras fueron elocuentes. Reflejaban rabia y decepción.
No le dirigieron la palabra a Rosa al entrar a la recepción.
Ni siquiera bajaron a cenar. Para Rosa fue una primera victoria, el preludio de lo que ocurriría solo unas horas más tarde.
El día comenzó para Rosa más temprano que de costumbre.
A pesar del cansancio, se desveló a las seis de la mañana, y ya no hubo forma de conciliar el sueño de nuevo.
Adelantó todo el trabajo que pudo hasta que el reloj marcó las ocho y media.
No esperó a que el repartidor llegara hasta el hotel, fue a recibirle al puerto.
—Hoy te lo recojo aquí mismo —le dijo Rosa—. Así te ahorras una parada en tu ruta.
—Aquí lo tienes. —Le entregó el periódico—. Buen día.
A Rosa le temblaban las manos. No tuvo que buscar la noticia en páginas interiores.
Nada más desdoblar el periódico, vio la información en portada a cinco columnas con una foto del cofre abierto, la imagen que ella había enviado a la redactora.
No siguió leyendo, quería compartir ese momento con Teo.
Volvió corriendo al hotel. El biólogo la estaba esperando con dos cafés en el comedor.
Rosa dejó el periódico sobre la mesa con una sonrisa triunfal.
Teo lo cogió y juntos leyeron la noticia.
Encuentran la tiara de Santa Bárbara
tras más de cien años de su robo
El misterio de la desaparición de esta joya ha llegado a su fin. Durante décadas se especuló con el paradero de la tiara después de que la investigación sobre el robo se saldara sin obtener ninguna pista. Ahora ya sabemos, al menos, dónde ha permanecido en los últimos años.
Las alarmas saltaron a primera hora de la mañana de ayer.
Un paquete sospechoso apareció en la puerta del Museo Arqueológico de Alicante, el MARQ.
El vigilante de seguridad se acercó con precaución por si se trataba de un artefacto explosivo.
Sus temores se esfumaron en cuanto leyó la nota manuscrita que acompañaba al paquete.
«El contenido del cofre pertenece al pueblo de Alicante y este museo es el mejor lugar para reencontrarse con sus vecinos».
La sorpresa fue mayúscula cuando la policía, acompañada por la directora del museo, lo abrió.
Nada más ver lo que había en el interior, supieron que se trataba de la joya robada a mediados del siglo XIX .
Dentro del cofre no solo estaba la tiara de Santa Bárbara, sino que también había otras joyas y numerosas monedas de oro de la época de Isabel II.
Precisamente ella, la reina, era la destinataria de la tiara que nunca llegó a lucir.
A principios de 1848, se anunció que la reina Isabel II visitaría Alicante.
Era la primera vez que la monarca estaría en la ciudad, y desde el ayuntamiento prepararon un recibimiento acorde con tal acontecimiento.
Para agasajar a su majestad pensaron en hacerle un regalo.
Fue entonces cuando surgió la idea de darle una joya que pudiera lucir en alguno de sus actos.
Un conocido orfebre se ofreció a crear una tiara.
Para financiarla hicieron un llamamiento a los empresarios de la ciudad.
Los alicantinos también colaboraron con donativos.
El orfebre diseñó una preciosa joya de esmeraldas y zafiros a la que llamaron la tiara de Santa Bárbara porque justo ese año se conmemoraba el seiscientos aniversario de la toma del castillo a los árabes por el que luego sería el rey Alfonso X el Sabio.
Ese día, el 4 de diciembre de 1248, era Santa Bárbara, de ahí el nombre de la fortaleza que encumbra el monte Benacantil.
Pero la visita de la reina se aplazó y la tiara se guardó en la caja de seguridad de un banco.
Y ahí se le perdió la pista. Diez años más tarde de la fecha acordada, en 1858, la reina visitó finamente la ciudad para inaugurar la línea de ferrocarril que unía Alicante con Madrid.
Cuando fueron a recuperar la tiara del banco, ya no estaba.
Hubo una investigación policial para esclarecer los hechos, pero no llegaron a saber lo que había ocurrido.
Más de ciento sesenta años después, una casualidad ha puesto fin al misterio.
Esa tiara ha permanecido oculta en el fondo marino de Tabarca dentro de un cofre hasta que un pescador enganchó sus redes con él.
Al sumergirse para tratar de recuperar los aparejos, descubrió el tesoro.
Lo que no sabía el pescador era que en esas aguas no se podía faenar por estar protegidas.
Para evitar la multa de la Guardia Civil, se ofreció a entregar el cofre al museo.
De este modo, él pudo salvarse de una cuantiosa sanción y los alicantinos han podido recuperar una pieza de altísimo valor económico y cultural.
Desde la dirección del MARQ aseguran que ya están trabajando en una exposición para exhibir el que ya se conoce como «tesoro de Tabarca».
Justo cuanto terminó de leerla escucharon unos pasos en la escalera. Eran Anselmo y Gregorio, que bajaban a desayunar. Rosa cogió el periódico, lo dejó encima de la mesa y se metió en la cocina con Teo.
—¡Joder!
El grito y el puñetazo sobre la mesa sonaron en toda la recepción. Rosa contuvo la risa y salió al comedor.
—¿Ocurre algo? ¿Se encuentra bien?
—Disculpe, no es nada.
—¿Le pongo lo de siempre?
Anselmo asintió. Rosa entró de nuevo a la cocina y sonrió.
—Ahora sí, ya podemos celebrarlo —le susurró a Teo en el oído—. Pero tengo una idea mejor que el caldero…
Esperaron a que los huéspedes terminaran de desayunar. Subieron a sus respectivas habitaciones y, minutos después, bajaron con las maletas.
—¿Ya se marchan? —preguntó Rosa disimulando su alegría.
—Sí, nos ha surgido un asunto de última hora en el trabajo —mintió Anselmo.
—Vaya, qué mala pata. Espero que hayan disfrutado de su estancia.
Los dos salieron del hotel. Rosa y Teo se besaron.
—Hay una cosa que no entiendo —dijo el biólogo—. ¿Qué es eso del pescador que encontró el tesoro?
—Le pedí a la periodista que no revelara quién había encontrado realmente el cofre. Así que pensé en la historia del pescador, que en parte es cierta, porque mi padre fue el que lo descubrió de esa manera. Y parece que ha surtido efecto. Anselmo y su amigo ya se han marchado de la isla.
—Qué lista eres. —Teo le chocó la mano—. Bueno, cuéntame qué se te ha ocurrido para celebrar que esta gente ya nos deja en paz.
Rosa sacó del bolsillo del pantalón un billete de Australia. Nada más verlo, Teo sonrió.
—Tenemos una promesa por cumplir. No he conseguido romperlo, así que no hace falta que me pagues tú las vacaciones. Pero, si te parece bien, podemos irnos unos días al otro lado del mundo.
El biólogo se emocionó al ver que todavía conservaba aquel billete que le había regalado tantos años atrás.
—Me encanta la idea.
—Pues la voy a mejorar —aseguró Rosa.
Entró al despacho y salió con un sobre lleno de billetes de diferentes países.
—Creo que es hora de cumplir con el deseo de mi padre.
La noticia del tesoro se propagó con rapidez por toda la isla.
Los vecinos comentaban en la calle con curiosidad el hallazgo.
Pero había una persona que todavía no se había enterado.
Rosendo encendió la luz de la sacristía, que iluminó con timidez el camastro situado en un rincón.
Aziz dormía. El cura hizo un ruido con el bastón para despertarle.
El tunecino abrió con dificultad los ojos.
Rosendo le señaló la portada de un ejemplar del periódico.
—Lo siento, Aziz, pero se nos han adelantado… —le dijo el cura fingiendo estar compungido.
El tunecino cogió el periódico con desprecio.
—¡Mierda!
Su enfado inicial se disipó en parte al leer el último párrafo de la noticia.