Capítulo 62 #3
—Mi abuela me la entregó minutos antes de morir.
Durante todo este tiempo me ha acompañado colgada del cuello, junto con esta moneda que le regaló Samy a Julia al marcharse de la isla.
Cuando le conté a mi madre la conversación con la yaya, me sugirió que era mejor no revolver el pasado.
Quizá temía encontrar respuestas poco benévolas con su progenitora.
Creció con la cantinela de sus abuelos de que su madre había deshonrado a la familia al tener un hijo con un pirata que, para más inri, la había abandonado.
Por respeto a mi madre no quise hacer nada con el tesoro.
Cada vez que intentaba sacarle el tema del abuelo, se alteraba, y opté por dejarlo estar para no incomodarla ni mermar su salud.
Pero ahora que ella ya no está era el momento de honrar la memoria de mis abuelos.
Yo sabía que la yaya Julia me había dicho la verdad y que Samy era un buen hombre.
Y la prueba está dentro de este cofre. También el motivo por el que mi madre se llamara Bárbara.
Giró la llave hacia uno y otro lado hasta que el arco de latón se soltó del cuerpo del candado. Alzó la cabeza y pidió permiso con la mirada a Rosa y Teo para abrir el cofre. Ellos asintieron. Con delicadeza sacó el candado de la aldaba. Cerró los ojos y suspiró.
—Va por ti, yaya.
Levantó la tapa y dejó al descubierto el contenido.
Sin tocar nada observaron las numerosas monedas de oro que colmaban el interior de aquella cápsula del tiempo, así como algunas joyas.
Pero, sobre todo, se fijaron en la tiara que había en medio, flanqueada por cientos de doblones reales ennegrecidos por el contacto con el agua salada.
Aquella pieza acaparó las miradas de los tres.
Les hipnotizó el intenso azul de los zafiros y el verde de las esmeraldas.
Los sollozos de Catalina rompieron el silencio.
—¿Te encuentras bien? —Rosa le puso la mano en el hombro.
—Mejor que nunca —sonrió.
—Es espectacular. —Teo seguía contemplando la joya.
—La tiara de Santa Bárbara —dijo la mujer mientras las lágrimas llegaban a su amplia sonrisa.
—¿Cómo? —se extrañó Rosa.
—Era el regalo que Alicante iba a hacerle a la reina Isabel II cuando visitó la ciudad. Pero, cuando fueron a dársela, había desaparecido.
—Imagino que la familia de tu abuelo tuvo algo que ver —dedujo Teo.
—Eso es. La robaron y ocultaron durante muchos años hasta que Samy decidió cambiar de vida y devolver parte del botín que todavía conservaban.
—Catalina se secó las lágrimas—. Y por eso es tan importante para mí haberla encontrado, porque esta tiara demuestra que la historia que me contó mi yaya era cierta.
—Y ¿qué hacemos ahora con este cofre? —preguntó Teo con preocupación en la voz.
—Hay que devolverlo todo —sentenció Catalina.
—Eso está claro —continuó el biólogo—. Pero tenemos que pensar bien cómo hacerlo. Si Aziz o Anselmo descubren que lo hemos encontrado nosotros… —tragó saliva—. Son capaces de cualquier cosa.
—¡Tengo una idea! —dijo eufórica Rosa—. Sé la forma de deshacernos de este cofre sin que nadie sepa que lo hemos sacado del agua nosotros.
Teo y Catalina la miraron fijamente.
—¿Confiáis en mí?
Ambos asintieron.
—Voy a hacer una llamada.
—¿A quién? —preguntó Teo.
—A un periodista.
—¿A estas horas? —replicó el biólogo.
Rosa miró el reloj. Las diez.
—Para un periodista no es tan tarde. Suelen aguantar hasta última hora para enviar las páginas a la rotativa y así actualizar al máximo las noticias.
Los dos la miraron atónitos.
—Tengo un amigo del gremio.
Rosa buscó en internet con su móvil la noticia que le había enseñado Teo esa mañana sobre la posidonia arrancada. Miró quién la había redactado y llamó al periódico Información . Al tercer tono, descolgaron.
—Buenas noches. Me gustaría hablar con el periodista C. Pascual.
—La periodista. Le paso con Carolina. Un momento, por favor.
Una música amenizó la espera.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarte?
—Voy a contarte una exclusiva que resuelve un misterio que lleva enterrado casi cien años en la isla de Tabarca.
Rosa le explicó todo lo que había ocurrido con el tesoro.
La incredulidad de la periodista se disipó en cuanto recibió una foto del cofre recién descubierto en su móvil.
Rosa solo le puso una condición para revelarle toda esa información que, sin duda, era una de las noticias más relevantes del año.
Carolina aceptó como deferencia a su fuente, pero antes de publicarlo tenía que comprobar que lo que le había contado era cierto y solo había una manera de saberlo. Tendría que madrugar al día siguiente.
Teo y Catalina regresaron al hotel. Rosa fue directa a casa de Felipe. Le abrió la puerta en pijama. Ella destapó una de las esquinas del bulto que llevaba envuelto en una toalla.
—¡Lo has encontrado! —gritó asombrado el pescador.
—Sssh —Rosa le pidió entrar en casa—. Estaba justo en el lugar donde lo localizó papá.
—Y ¿qué quieres hacer con ese cofre?
—Alejarlo de la isla. Quiero sacarlo de aquí hoy mismo. Necesito tu ayuda.
—Hace una noche perfecta para dar un paseo en barco. —Felipe le guiñó un ojo.
Con sigilo cerraron la puerta de la casa y fueron al puerto.
Rosa había ideado el plan perfecto para que nadie supiera quién había descubierto el tesoro.
En solo unas horas ese cofre estaría en un lugar seguro y ella de vuelta en la isla para dejarse ver y evitar sospechas.
Con lo que no contaba Rosa era con encontrarse a Rosendo en la puerta de la iglesia.