Capítulo 62 #2
Mientras Aziz buscaba el tesoro en el lugar equivocado y Anselmo se desesperaba por la indisposición de Gregorio, el tiempo se eternizaba para Teo, Rosa y Catalina.
Tenían planeado cómo proceder para sacar el tesoro del lecho marino, pero solo podrían abandonar el hotel una vez cayera la noche.
Y ese día el sol parecía no querer esconderse por el horizonte. El momento llegó a las 19.45.
Dejaron que el cielo se oscureciera por completo y emprendieron el camino hacia Punta Falcón pasadas las ocho de la tarde. Catalina quiso unirse a la expedición para ayudarles en lo que pudiera y para comprobar en persona lo que le había confesado su abuela poco antes de morir.
Hicieron una parada en el faro para coger prestado el material que necesitaba Teo para sumergirse en las aguas del Mediterráneo, frías en esa época del año.
Con los nervios a flor de piel, continuaron su camino hasta llegar el extremo de la isla.
Esa noche el cielo lucía su manto de estrellas con más intensidad que de costumbre por la ausencia de la luna.
Los tres se embelesaron unos segundos con esas vistas antes de iniciar el plan.
Teo se vistió con el neopreno y Rosa se dispuso a escalar por el islote de la Naueta hasta alcanzar la cruz que lo coronaba.
—Lleva mucho cuidado, Rosa —le advirtió Teo—. Las rocas de ese peñasco están sueltas y puedes resbalar. Si es necesario, usa también las manos para ascender.
—No te preocupes.
—Catalina, si viene alguien, avisa a Rosa enseguida con el móvil para que apague el puntero láser.
—De acuerdo.
—En marcha. —Teo terminó de ajustarse el neopreno y se adentró en el mar a la espera de recibir la señal desde lo alto del islote.
Rosa subió por la escarpada e inestable pendiente.
Con cada paso se desprendían algunas piedras que caían al agua.
A mayor altura, mayor peligro. Los últimos metros los hizo a gatas, agarrándose con las manos a las rocas más grandes y empujando con los pies.
Con la respiración agitada, llegó frente a la cruz que tantas veces había observado a lo lejos y cuyo secreto por fin conocía.
Se asomó con cuidado para intentar ver a Teo en el agua.
Imposible. Con la luna ausente el mar era una masa negra que se extendía hasta el horizonte.
Sacó el puntero láser del bolsillo y lo colocó sobre el madero vertical.
Justo cuando iba a encenderlo, le vibró el móvil. Era Catalina.
—No hagas nada y espera a que te avise de nuevo —le susurró.
Rosa se asustó. Quiso preguntarle por qué, pero la llamada se cortó. Se imaginó lo peor: alguien les había descubierto. Había una persona acercándose al lugar donde se encontraba Catalina.
—Un poco tarde para estar aquí sola, ¿no cree, señora?
Anselmo se colocó a su lado mientras ella permanecía sentada en el suelo simulando ver las estrellas.
—Precisamente he venido a esta isla a ver el espectacular cielo que hay en Tabarca. Mire. —Señaló con la mirada hacia arriba—. Llevo mucho tiempo queriendo contemplar esta maravilla y por fin me he animado. Ha merecido la pena.
Catalina se sorprendió de lo convincente que había sonado la excusa que acababa de inventarse.
—La verdad es que es muy bonito —respondió Anselmo sin siquiera mirar el cielo.
Él estaba más pendiente de lo que escondían las aguas que lo rodeaban.
Había pasado todo el día esperando a que Gregorio se recuperara de su descomposición intestinal, pero no hubo manera de sacarle del aseo más de veinte minutos seguidos.
Así que tras muchas horas de incertidumbre e impotencia, Anselmo necesitaba tomar el aire.
No pudo evitar acercarse al lugar donde sabía que había un tesoro escondido.
También era consciente de que no era el único que iba tras él.
Había leído la noticia de la posidonia arrancada, tal y como ocurrió tantos años atrás.
Tras la marcha de los guardapescas, era el momento ideal para bucear en aguas prohibidas, pero otra persona también estaba al tanto de esa circunstancia y se le había adelantado.
—Tenga cuidado, señora —le advirtió Anselmo—. Esta zona es muy peligrosa. Podría caerse por la pendiente y nadie le escucharía pedir ayuda en este lugar tan alejado del pueblo…
Anselmo no sabía quién era esa mujer, pero quería evitar tener espectadores al día siguiente mientras buscaba el tesoro.
—Descuide. De esta roca no me muevo.
Catalina vio cómo se marchaba a paso lento mientras ella trataba de calmar sus pulsaciones. Sintió sus palabras como una amenaza. Esperó a que desapareciera de su campo de visión y llamó por teléfono.
—Ahora sí. Ya puedes encender el aparato.
Rosa se puso de pie y colocó el puntero láser en la parte superior del madero vertical de la cruz.
Un fino haz de luz verde dibujó un trazo recto que señaló un punto en el oscuro mar.
Movió un poco el láser hacia abajo hasta que la brillante línea rozó el extremo del travesaño, tal y como le había explicado Catalina.
Teo vio esa raya caer en picado desde lo alto del islote hasta una zona cercana a donde estaba él.
Nadó hacia allí. Se ajustó bien la boquilla de la botella de oxígeno, encendió la linterna y se sumergió.
Bajó unos metros hasta llegar al fondo marino cubierto de vegetación.
Miró hacia arriba y vio el punto verde que seguía iluminado en la superficie.
Se colocó justo debajo y palpó el lecho intentando esquivar la posidonia y buscando algo que no fuera arena.
Enseguida se dio cuenta de que no iba a ser tan sencillo como pensaba.
Primero porque el manto de plantas era muy tupido.
Y segundo porque no había tenido en cuenta una cosa: la refracción del agua.
Cuando la luz entra en contacto con el líquido elemento, cambia de dirección.
Así que era imposible conocer el lugar exacto de la ubicación del tesoro.
Ese punto verde que veía en superficie no estaba en el mismo sitio varios metros por debajo, ya que la refracción alteraba su trayectoria.
Volvió a mirar la posidonia. «No quería hacer esto, pero no me queda más remedio», pensó.
Con decisión comenzó a arrancar algunas plantas para dejar el fondo del mar al descubierto.
Una capa de arena se iluminó con la linterna.
Abanicó con la mano la tierra a pocos centímetros para despejarla y ver si ocultaba algo.
Nada. Quitó más posidonia y repitió la operación.
Cada planta que arrancaba le dolía como si fuera su propia piel.
Como biólogo, su misión era estudiar y proteger la naturaleza, no destruirla.
Aunque la superficie dañada era mínima, sentía que estaba traicionando sus principios.
De repente, la luz del láser se apagó. Teo pensó que algo no iba bien.
Tuvo la tentación de subir a la superficie para preguntar qué ocurría, pero decidió no hacerlo por si alguien le descubría.
Aceleró la búsqueda. Dejó a un lado su conciencia y se concentró en arrancar posidonia y apartar arena.
Entonces, al tratar de quitar otro manojo de plantas, se llevó tras de sí una roca.
Allí había algo. Era alargado y, en parte, estaba enterrado.
Intentó sacarlo con una mano, pero estaba encajado en el fondo.
Dejó la linterna en el lecho y retiró la arena que lo rodeaba para liberarlo.
Tras varios minutos lo consiguió. Sacó con cuidado una caja de metal corroída por algunas zonas debido a la acción del agua salada durante años.
Pesaba más de lo que se imaginaba. En uno de los laterales había un candado oxidado.
Agarró la caja con los brazos y subió lentamente a la superficie.
Asomó solo los ojos para comprobar si había alguien que no debiera estar allí.
Buscó la cruz del islote de la Naueta, pero no distinguió a Rosa.
En las rocas tampoco veía a Catalina. Avanzó hacia la orilla.
Al hacer pie, vio a Rosa y Catalina juntas mirándolo. No había nadie más.
—Se han acabado las pilas del láser. —Rosa señaló el puntero apagado en su mano.
—¿Has encontrado algo? —preguntó Catalina.
Teo respondió con una sonrisa. Siguió caminando hasta que el nivel del agua dejó al descubierto la caja de metal que traía en los brazos.
Ellas se acercaron para ayudarle. Teo se quitó el neopreno y dejó todo el equipo a un lado.
Los tres se quedaron observando aquel cofre oxidado que llevaba casi cien años enterrado bajo la posidonia.
Rosa pensó en su padre y en Dolores, en lo que sufrieron los dos por haber encontrado por casualidad aquel tesoro.
Catalina se acordó de su abuela. Después de tantos años, estaba dispuesta a cumplir con su deseo.
Teo tenía sentimientos encontrados. Gracias a ese tesoro, Anselmo le había mandado a la isla, y solo así su destino se había cruzado con el de Rosa.
Pero también había perdido a su hija. Los tres respiraron aliviados al saber que ese tesoro que tantos problemas había traído a sus respectivas familias iba a desaparecer de allí para siempre.
El biólogo tomó la iniciativa. Limpió con la mano la superficie del cofre. El paso del tiempo lo había oxidado, pero, aun así, todavía se mantenía íntegro. Cogió una piedra y se dispuso a golpear el candado. Catalina le agarró la mano y negó con la cabeza.
—No es necesario que hagas eso.
La mujer bajó la cremallera de su abrigo y se quitó del cuello una fina cadena de la que colgaba una moneda de oro y una pequeña llave de latón. La sacó y la metió en la cerradura del candado. Al ver que encajaba a la perfección, sonrió.