Capítulo 62
Catalina visualizó el día en que su vida cambió. Aquella niña de apenas once años estaba en el lugar más inoportuno y en el momento más inapropiado para ser testigo de una discusión entre sus bisabuelos y su abuela que la atormentaría desde entonces.
—Recuerdo escuchar los llantos de Julia después de que su padre le echara en cara haber tenido una hija, mi madre, con un despreciable pirata .
—Catalina enfatizó esas dos palabras—. Me he criado sin padre, murió al poco de nacer yo, y tampoco tuve abuelo.
No quisieron decirme por qué. No se hablaba nunca de este tema y las veces que pregunté tampoco obtuve respuesta.
Así que crecí con la idea de que mi abuelo era un despreciable pirata.
Y también con la pena de ver a mi abuela sola y aguantando los desplantes de mis bisabuelos.
Y por eso me ha hecho muy feliz ver lo que pone en esa nota.
—Catalina señaló el papel con el mensaje del faro—.
Me alegra que Samy regresara a la isla a buscar a mi abuela.
Pero a la vez me entristece que ella no estuviera aquí para reencontrarse con él.
—Sabes cómo se llamaba… —se sorprendió Rosa.
—Me lo dijo mi abuela en su lecho de muerte.
Fue el único momento en el que yo me atreví a preguntarle directamente y ella me contó todo lo que había callado durante años.
Entonces supe que mi abuelo se llamaba Samy Ward.
En su día estuve investigando y descubrí que era descendiente de un pirata berberisco muy conocido del siglo XVII llamado Jack Ward.
Se dedicaba a saquear los barcos que encontraba por el Mediterráneo.
—Pero eso fue hace mucho tiempo.
—El linaje de los Ward siguió durante varios siglos, aunque fue perdiendo presencia y poder con el paso de los años. La familia de Samy fue la última que se dedicó al pillaje en el Mediterráneo.
—Entonces Samy también era… —Rosa no quería incomodar a Catalina.
—Un pirata, sí. Pero no como el resto. Él renegó de lo que hacía su familia y se marchó solo, dándoles la espalda. Y aquí es donde entra en escena el tesoro. Él fue el que lo escondió para mantenerlo a salvo.
—¿De quién?
—De sus hermanos. Samy huyó y cogió parte del botín de su familia.
Se avergonzaba de ellos y de lo que hacían.
Él también había participado de esos saqueos, pero estaba arrepentido, quería cambiar de vida y devolver a sus dueños parte de lo que había robado.
Mi abuela me pidió una cosa minutos antes de morir: que honrara la memoria del abuelo.
Quería que se supiera lo que había hecho, que tenía buen corazón y que trató de reparar el daño de su familia durante años.
Y por eso estoy aquí, para cumplir la voluntad de Julia.
—Pues siento decirte que hay dos personas más tratando de conseguir ese tesoro. Y uno de ellos tiene que ser pariente de Samy.
—¿Cómo?
—Aziz Ward. Lleva años intentando dar con el tesoro. Ahora está en la isla. Es un tipo peligroso.
—Samy tenía dos hermanos. Pero ha pasado mucho tiempo. Imagino que será nieto de alguno de ellos.
—Hasta hace unas horas yo tenía un mapa con las coordenadas de la ubicación exacta del tesoro, pero ahora está en poder de otro individuo que también lo quiere. Hemos conseguido una tregua, pero mañana, si no hacemos nada, conseguirán llegar hasta él.
—No hace falta un mapa para encontrar el tesoro. Yo sé cómo localizarlo.
A Rosa se le iluminó la mirada. A Catalina le entraron las dudas.
—¿Qué quieres hacer tú con él? —preguntó la mujer.
Se quedó en silencio pensando. Desde que supo de la existencia del tesoro, no se lo había planteado.
Tras una breve reflexión concluyó que su motivación no era material.
Su padre había dado con su ubicación por casualidad y quiso que fuera ella la que lo descubriera, que viviera una aventura.
No quería el tesoro en sí, sino llegar a él, sacarlo de donde estaba.
Y después de conocer la historia de Catalina, tenía más sentido.
—Ese tesoro ha traído demasiadas desgracias a mucha gente. Lo mejor es que vuelva a sus dueños. Si me dices dónde está, te ayudaré a que se cumpla lo que te pidió tu abuela.
Catalina la creyó, su mirada no mentía. Además, tampoco se le ocurría otra alternativa.
—El lugar exacto del tesoro está indicado con una cruz de madera.
—No puede ser… ¡La cruz del islote de la Naueta! ¡La leyenda era cierta!
—Esa cruz la pusieron allí Samy y mi abuela, entre los dos. Me lo contó ella. Y hacen falta dos personas para saber el lugar donde escondieron el tesoro.
—¿Cómo que dos personas?
—Fue la forma que encontraron de protegerlo aún más. Uno solo jamás podría localizarlo, a menos que busque en cada centímetro del lecho marino, y eso es prácticamente imposible.
—Entonces ¿sí que está en el mar?
—Sí.
—Pero la cruz está clavada en el islote. Si indica dónde se encuentra el tesoro, debería estar enterrado ahí, ¿no?
—Eso es lo que querían que pensara la gente. Pero en realidad la cruz puede indicar varios sitios diferentes. Solo hay que saber descifrar las señales ocultas, aunque estén a simple vista.
Rosa visualizó la cruz de la Naueta. Cerró los ojos para concentrarse en esa imagen que tenía grabada en su retina.
—No lo entiendo —volvió a abrir los ojos.
—Una persona tiene que subir a lo alto del islote.
Debe hacer coincidir la visual de la parte superior del madero vertical con el extremo izquierdo del travesaño.
Esos dos puntos de referencia crean una línea recta que va directa al tesoro.
Por eso hace falta una segunda persona que esté en el mar para que el de arriba le indique el punto exacto que solo el que está junto a la cruz puede ver.
Rosa sonrió y aplaudió.
—Brillante.
—Pero hay un problema. Yo no puedo subir hasta lo alto del islote y menos sumergirme en el agua para encontrar el tesoro.
—Por eso no te preocupes, tengo a la persona ideal que nos puede ayudar. De hecho, es buceador.
—¿Es de tu absoluta confianza?
—Totalmente.
—Adelante pues.
—Tendremos que hacerlo esta misma noche. Mañana quizá ya sea tarde. Voy a hablar con Teo para contarle.
—De acuerdo. Luego me dices. A mí me gustaría dar un paseo mientras por la isla. Quiero ver el faro y la cruz de la Naueta.
—¿Quieres que te acompañe? —se ofreció Rosa.
—Gracias, no hace falta. Así tienes tiempo de organizar lo de esta noche con tu amigo.
—Si necesitas algo, no dudes en llamarme.
Catalina se fue hacia la zona este de la isla. Rosa regresó al hotel. Allí le estaba esperando Teo con el periódico en la mano.
—Mira. —El biólogo le señaló una noticia.
Rosa leyó en voz alta.
Aparecen restos de posidonia arrancada del fondo marino en la isla de Tabarca
Los vecinos de la isla habitada más pequeña del Mediterráneo han dado la voz de alarma.
Las playas han amanecido llenas de posidonia y todo apunta a que se trata de un acto deliberado.
En época de temporales es habitual encontrar algunos restos de estas plantas en la costa, pero en las últimas semanas no ha habido ninguno tan intenso como para provocar el arrastre de la posidonia.
Este extraño suceso ocurre poco después del anuncio del Gobierno de despedir a los tres guardapescas de la reserva marina.
La protección del patrimonio subacuático de la isla ha sido siempre una prioridad para los tabarquinos, que ven así como su rico patrimonio se destruye una vez más.
Y es que este incidente ya ocurrió en febrero de 1985 en Tabarca durante varios días.
La Guardia Civil consiguió detener entonces al responsable del ataque a la posidonia de la isla.
Los motivos por los que arrancaba las plantas nunca llegaron a conocerse.
Se le impuso una multa de 50.000 pesetas que nunca llegó a pagar.
Teo y Rosa se quedaron mirándose.
—Aziz —dijeron al unísono.
—¿Han bajado Anselmo y su amigo de la habitación? —preguntó Rosa.
—No. Gregorio sigue en el aseo.
—Tenemos que ir a por el tesoro esta noche sin falta.
Rosa le contó su encuentro con Catalina y el modo de dar con la ubicación exacta sin necesidad del mapa.
—Hay un problema con eso —lamentó el biólogo—. Hace poco tuvimos luna nueva, va a estar muy oscuro y será muy difícil que te vea para que me indiques dónde tengo que buscar. Y tú tampoco me verás a mí.
—Pues hacerlo de día es muy arriesgado. Quizá podríamos aprovechar los últimos rayos de sol… —propuso Rosa.
—Es demasiado peligroso. Estos dos siguen ahí arriba, al menos de momento. Pero seguro que Aziz estará buceando por la zona. Y aguantará hasta que haya luz. No podemos arriesgarnos a coincidir con él. Hay que hacerlo de noche.
—Tiene que haber una solución… —Rosa pensó durante unos segundos—. ¡Ya lo tengo!
—Sssh, no grites —susurró Teo, señalando con la mirada la planta superior.
—Una linterna —dijo en voz baja—. Así podré indicarte el lugar donde indica la cruz.
—No creo que la luz llegue tan lejos desde arriba del islote…
Rosa sacó una linterna que tenía tras el mostrador. La encendió y se iluminó tímidamente una bombilla que les sacó a los dos una carcajada.
—Descartado —se resignó Rosa—. ¡Un momento!
Entró al despacho de su padre y rebuscó en la caja de objetos perdidos. Salió con una sonrisa victoriosa.
—Esto sí que nos va a servir. —Le mostró un puntero láser—. La gente se deja en las habitaciones muchas cosas y yo las guardo por si algún día las reclaman.
—Pues el niño que perdió esto nos acaba de dar la llave para desenterrar el tesoro. —Teo le chocó la mano a Rosa—. Todavía necesitamos algo más —dijo el biólogo—. Me hará falta un neopreno y una linterna de buceo.
—Tendremos que hacer una visita al faro, entonces.