La isla de las flores amarillas Capítulo 61
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Capítulo 61

El plan de Teo fue eficaz. Anselmo y Gregorio tomaron tostadas con mantequilla y café.

Cuando volvieron a sus habitaciones después del desayuno, el buzo fue directo al baño.

Al rato bajaron los dos con la bolsa de deporte.

Salieron del hotel rumbo a Punta Falcón, pero no llegaron muy lejos.

Rosa vio a Gregorio subir corriendo por las escaleras.

Anselmo, resignado, entró a la recepción minutos después.

Se sentó en uno de los sillones hasta que se cansó y se fue a su habitación a esperar a que su compañero se recuperara de la inoportuna diarrea.

Teo respiró aliviado cuando Rosa le contó la escena. Su idea había funcionado.

—Al menos por ahora no pueden ir a por el tesoro, pero no sabemos cuánto va a durar la indisposición de Gregorio y tampoco donde está el mapa —dijo ella.

—En algún momento Anselmo saldrá de su habitación, no va a estar ahí encerrado todo el día. El mapa lo tiene él seguro.

La campanita de la puerta dio por concluida la conversación.

—Debe de ser la huésped que llegaba hoy.

Rosa salió de la cocina y fue al mostrador. Una mujer de pelo blanco esperaba a ser atendida. El escaso equipaje, una maleta de pequeño tamaño, evidenciaba una estancia corta.

—Bienvenida al hotel Isla Plana. Me llamo Rosa.

—Llamé ayer para realizar una reserva.

—Ah, sí. Usted debe de ser… —Rosa buscó en el ordenador la ficha que abrió con sus datos.

—Catalina Parodi —se adelantó ella—. Háblame de tú, Rosa.

—Gracias. Qué casualidad. Tienes un apellido muy común en Tabarca. Conozco a varios Parodi que viven en la isla.

—No es casualidad. Mi familia habitó el faro hace muchos años. Aunque para mí es la primera vez aquí.

Rosa se acordó de las palabras de Amparo cuando le contó la historia del chico del faro y su amiga.

—¿Eres parienta de Julia?

—Mi abuela. Pero ¿cómo sabes de ella? Tú eres muy joven para haberla conocido.

—Tu familia se fue del faro mucho antes de que yo naciera, pero mi abuela me contó su historia. Era muy amiga de Julia hasta que se marcharon todos y ya no supo más de ella. Me dijo algo de un chico que veía asomado en el balcón del faro al amanecer.

A Catalina se le dibujó una sonrisa de nostalgia. Había venido a la isla a encajar las piezas del puzle de su vida y parecía haber encontrado a la persona ideal para ayudarla.

—¿Te importa si dejo la maleta y hablamos tranquilamente? Necesito saber algo sobre mi familia.

—Claro, acomódate en la habitación, y cuando quieras, aquí estoy.

Rosa le dio a firmar los documentos del registro y le entregó las llaves.

—Muchas gracias. Vengo enseguida.

Catalina subió por las escaleras y dejó las cosas sobre la cama de su habitación. Bajó pocos minutos después.

—¡Qué rapidez! —Rosa se sorprendió al verla de nuevo—. Vente al salón, te invito a un café.

—Muchas gracias. —Catalina la siguió y se sentó a su lado.

Rosa le sirvió una taza de café y unas galletas.

—No sé si voy a poder ayudarte. De tu familia solo sé lo que me contó mi abuela. Le tenía mucho cariño a Julia, era su mejor amiga. Pero desde que se marchó de Tabarca ya nunca más supo de ella.

—Según me dijo, automatizaron el faro y mis bisabuelos decidieron marcharse, porque sabían que antes o después se quedarían sin trabajo. Buscaron algo más estable. Pero no sé mucho más. Su época en la isla es un tema tabú.

—Y ¿por qué has decidido venir ahora aquí?

—Mi madre murió hace una semana.

—Lo siento mucho.

—Gracias. Noventa y siete años ha vivido. Casi me entierra ella a mí —rio Catalina—. Antes me estabas contando algo del chico del faro. ¿Qué sabes de él?

—Poco te puedo decir. Mi abuela me contó que, con los primeros rayos de sol, solía ver la figura de un chico asomado al balcón del faro.

Cuando ya había amanecido desaparecía hasta el día siguiente.

Nunca supo cómo se llamaba… —Se quedó callada unos segundos—.

¡Pero yo sí! —Rosa se levantó eufórica de la silla—. Espérame un segundo, ahora vuelvo.

Fue al despacho de Luis. Para no olvidar el mensaje que descubrieron en el faro, Rosa lo había escrito en un papel. Tras vaciar varios cajones del escritorio, lo encontró junto con otros documentos. Regresó sonriente al salón.

—El chico se llamaba S. Ward.

Una lágrima recorrió la arrugada mejilla de Catalina.

—Disculpa, no quería…

—Estoy bien, no te preocupes.

—Encontramos este mensaje escrito en el faro.

Rosa le entregó el papel. Catalina lo leyó en voz baja. Las lágrimas se multiplicaron. Volvió a leerlo varias veces.

—Ojalá la abuela Julia hubiera visto este mensaje. —La mujer sacó un pañuelo para secarse la tristeza—. Entonces lo del tesoro también tiene que ser verdad.

Justo en ese momento oyeron un ruido en la planta superior. Anselmo había salido de su habitación y golpeado la puerta de Gregorio. «Sigo en el aseo». Esa fue su respuesta.

—Vamos fuera, aquí hay demasiados oídos… —Rosa se levantó y le tendió la mano a Catalina para que la siguiera.

Caminaron en silencio hasta la puerta de San Gabriel, el punto más al oeste de la isla.

—Veo que tú también sabes que hay un tesoro —dijo Catalina—. Ese es el motivo de mi visita a la isla.

Rosa dudó si contarle o no lo que sabía sobre ese asunto.

Habían conseguido apartar a Anselmo del tesoro por unas horas.

Aziz lo estaba buscando en un lugar en el que jamás iba a encontrarlo y, de repente, aparecía de la nada una mujer que también lo quería.

Aunque, por su edad, le resultaría imposible dar con él por sus propios medios y, además, había llegado sola a Tabarca.

Rosa concluyó que hablar con Catalina de ese tema podría ser de utilidad.

Quizá sabía la ubicación exacta o podrían aunar esfuerzos.

—Pues si has venido a por el tesoro siento comunicarte que no eres la única que lo quiere. Hay dos personas más detrás de él.

Catalina sonrió.

—Entonces ¿hay realmente un tesoro?

Esa pregunta descolocó a Rosa. No entendía por qué dudaba de su existencia si hacía unos segundos lo había dicho ella misma. Ante el silencio de Rosa, Catalina siguió hablando.

—Tengo casi ochenta años, a estas alturas de mi vida lo más preciado es el tiempo y la salud. No quiero ese tesoro, solo necesito saber que es real y cumplir con el deseo de mi abuela.

Rosa desconfió. No entendía que Catalina hubiera ido a Tabarca solo para cerciorarse de que había un tesoro.

—¿A qué has venido realmente a la isla?

—A completar las lagunas de la historia de mi familia. Vengo a cerrar una herida que lleva abierta desde que escuché por casualidad una conversación entre mis bisabuelos que no tendría que haber llegado a mis oídos.