La isla de las flores amarillas Capítulo 60
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Capítulo 60

Rosa salió del despacho y fue corriendo a la cocina.

—¡Han robado el mapa!

—¿Qué?

—No está en el cajón del despacho donde lo dejé esta mañana.

—¡No puede ser…! —se lamentó Teo—. ¿Aziz?

—Imposible. Aquí no ha entrado nadie, al menos que yo sepa. Y menos él. Habría sabido quién era en cuanto le hubiera visto.

—Pues entonces es alguien que ya estaba dentro del hotel —concluyó Teo.

—Pero si solo estamos tú y… ¡los dos huéspedes!

—Tienen que haber sido ellos. Aquí no hay más gente. Pero ¿por qué justo ahora que Aziz también está en la isla…?

—Sssh —Rosa le susurró que se callara.

En ese momento los dos bajaban por las escaleras. Uno de ellos, el más joven, tenía una mochila de deporte en la mano.

—Buenas tardes —saludó Rosa.

—Hola —respondió el de la mochila mientras levantaba la mano.

El otro se dirigió a ella.

—Disculpa, falta una toalla en el baño para las manos. ¿Podrías poner una?

—Claro, perdone, Anselmo. Se la dejo en la puerta para cuando vuelva.

—Gracias. —Tosió con fuerza.

Los dos siguieron caminando hacia la salida. Teo clavó la mirada en el mayor de los dos. Cuando cerraron la puerta fue hacia Rosa.

—¡No me lo puedo creer! —exclamó el biólogo convencido.

—¿Qué pasa?

—¡Es el que me encargó el trabajo de la posidonia!

—¿Estás seguro? No le llegaste a ver en persona, ¿no?

—Físicamente no sé cómo es, pero tiene que ser él. Recuerdo su voz grave, como de ultratumba. Cada vez que hablaba con él por teléfono, me sorprendía su tono de voz, es muy característico. De todos modos, mira en el registro su apellido y salimos de dudas.

Rosa se acercó al mostrador y consultó en el ordenador el documento que habían firmado los dos huéspedes esa mañana.

—Anselmo Expósito —leyó.

—¡Es él!

—Y ¿qué hace aquí?

—Pues es evidente, quiere el tesoro y ha robado el mapa para conseguirlo.

—¡Joder! ¿Qué hacemos? ¡Van para allá ahora! —dijo Rosa alterada.

—Eso no me preocupa. Con este mar es imposible bucear. El problema es mañana, que, según la previsión del tiempo, ya no habrá este oleaje. Hoy no van a poder hacer nada. Así que tenemos unas horas para idear un plan.

Los dos guardaron silencio unos eternos minutos intentando encontrar una solución a la desesperada.

—Llevo dándole vueltas a una cosa desde que fui a comprar y me encontré con Aziz. Rosendo tiene que saber algo.

—¿Por qué lo dices?

—El tunecino salía de la iglesia cuando le he visto. Y no tiene mucha pinta de haber entrado a rezar. El cura debe de darle cobijo allí. Y me juego el cuello a que también le acogió la otra vez que estuvo en Tabarca.

—¿Qué gana Rosendo con eso?

—Solo hay una forma de saberlo. ¿Me acompañas? —Teo le tendió la mano—. Contigo será más fácil sacarle información.

Rosa aceptó el ofrecimiento. Dos minutos después estaban frente al templo.

La puerta principal permanecía cerrada. Se dirigieron a la lateral.

Al empujarla, el chirrido de las bisagras se propagó por toda la estancia.

Rosa llamó al cura en varias ocasiones. Sabía que estaba dentro.

Rosendo tardó en salir de la sacristía por el altar mayor.

A Teo le chocó verle tan mayor. Andaba con dificultad, encorvado y ayudado de un bastón.

Nada que ver con el recuerdo que tenía de él.

—Perdón por la demora, llevo todo el día con el estómago descompuesto. Qué sorpresa verte por aquí, Rosa. —Rosendo reparó en la presencia de Teo—. Y vienes acompañada.

—Ya le conoce, aunque no creo que le recuerde.

—La última vez que me vio yo estaba medio moribundo en un helicóptero tras recibir un disparo de Aziz.

La cara de Rosendo cambió de repente.

—¿Ya sabe quién soy? —insistió Teo.

El sacerdote le miró a los ojos. Por su expresión, no hizo falta que respondiera a la pregunta.

—Imagino que también le suena el nombre de Aziz, ¿verdad? —continuó el biólogo.

El silencio fue elocuente. Rosa decidió intervenir.

—No se lo pediría si no fuera importante. Sabemos que conoce al tunecino. Le hemos visto salir de la iglesia e intuyo que se queda aquí a dormir. ¿Me equivoco?

Rosendo hizo un leve gesto de negación con la cabeza.

—Venga conmigo. —Rosa se puso a su lado y le ofreció el brazo para que se apoyara—. Póngase aquí en un banco, estará más cómodo.

El cura suspiró cansado al tomar asiento.

—Estamos preocupados —continuó Rosa—. Hemos visto que Aziz ha vuelto a la isla después de muchos años y nos da miedo que quiera hacernos daño como ya ocurrió con Teo. Sabemos que usted le conoce y…

—No ha venido a por vosotros, podéis estar tranquilos —le interrumpió.

Los dos se quedaron mirándole. En ese momento Rosendo supo que no se iban a conformar con esa escueta explicación.

—Si sabe que he hablado con vosotros, entonces mi vida sí que correrá peligro. —Hizo una breve pausa.

—No diremos nada, tiene nuestra palabra —aseguró Rosa.

—Siento mucho lo que te ocurrió, Teo. Nunca tendría que haber pasado. Recé por ti para que sanaran tus heridas. Doy gracias a Dios porque escuchó mis oraciones. De haber sabido las consecuencias que iban a tener mis actos, no habría ayudado a ese hombre.

—¿Qué le pidió Aziz? —preguntó Rosa.

—Antes del incidente con Teo, el tunecino ya había estado en Tabarca. Vino a buscar un tesoro que hay bajo las aguas de nuestra isla. Según me contó, perteneció a su familia y quería recuperarlo.

—Y ¿qué tiene que ver usted con eso? —se extrañó Rosa.

—Me pidió ayuda cuando declararon la reserva natural.

Los controles no le permitían seguir buscando lo que fuera que quería encontrar.

Hicimos un trato. Él necesitaba un contacto en el ministerio para que le autorizaran a bucear en la zona protegida y yo quería restaurar esta iglesia que estaba muy deteriorada por el paso del tiempo y la dejadez de las autoridades.

Me dijo que cuando encontrara el tesoro me daría el dinero que necesitaba para que este templo luciera como antaño.

Sabe Dios que lo hice por conservar la iglesia.

A través del Obispado, conseguí dar con un hombre del ministerio.

Le conté todo y… nunca más supe de él. Me dijo que iba a gestionar un permiso especial, pero nada.

—Un momento —intervino Teo—. ¿Sabe cómo se llamaba ese hombre?

—Ha pasado mucho tiempo… —Rosendo intentó acordarse.

—¿Anselmo quizá?

—¡Eso! Anselmo. ¿Cómo sabes quién es?

—Porque ese cabrón me llamó a mí para hacerle el trabajo sucio. ¡Ahora lo entiendo todo! —Teo cerró los ojos y visualizó a Aziz con el arma apuntándole a la cabeza.

—¿Qué pasa, Teo? —se preocupó Rosa.

—Me preguntó por Anselmo. —El biólogo abrió los ojos—. Cuando me iba a disparar, me preguntó si me había mandado él. Imagino que sospechó que le había engañado y me había enviado a mí a encontrar el tesoro. Por eso me robó los cuadernos con mis anotaciones y los carretes de fotos.

—Y ¿por qué Aziz habrá vuelto justo ahora igual que Anselmo? —se preguntó en alto Rosa.

Rosendo agachó la cabeza y negó con resignación.

—Porque le avisé yo. Igual que cuando celebramos la misa en recuerdo de tu padre al año de su fallecimiento —reconoció Rosendo, avergonzado.

—¡¿Qué?! —Rosa respiró para calmarse.

—Aziz sabía que tu padre estuvo detrás de la declaración de la reserva marina, no me preguntéis por qué. Estaba convencido de que Luis sabía dónde estaba el tesoro y que tenía un mapa. Quería encontrarlo y yo le sugerí que durante la misa del aniversario de su muerte sería el momento oportuno.

—¡¿Cómo pudiste hacer algo así?! —le recriminó Rosa.

—Ya sabes de lo que es capaz Aziz. Elegí ese día porque sabía que estaríais todos en la iglesia y en el hotel no habría nadie. Fue la mejor forma que encontré para protegeros de él.

Rosa se contuvo y se tragó las palabras que iba a decirle al cura. Todavía tenía dudas que resolver.

—¿Qué hace Aziz de nuevo en Tabarca? ¿Por qué le has avisado esta vez? —preguntó todo lo calmada que pudo.

—Entra un momento en la sacristía y coge el periódico que hay sobre la mesa, por favor.

Al minuto salió con él en la mano y se lo entregó. El anciano fue pasando páginas con manos temblorosas hasta que encontró el artículo. Le dio el periódico a Rosa para que lo leyera.

Despedidos los tres guardapescas de la reserva marina de Tabarca

La riqueza subacuática de la isla está en peligro.

El Gobierno ha decidido cambiar el modelo de vigilancia que se estaba llevando a cabo en la reserva y ha prescindido de los tres guardapescas que prestaban servicio en la isla.

Esta medida incrementa el riesgo de furtivismo en las aguas que rodean Tabarca, aunque desde el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación aseguran que habrá un control «más preciso, transparente y rentable, reduciendo costes sin mermar la protección de los ecosistemas».

El servicio de vigilancia lo van a realizar a partir de ahora dos patrones y dos marineros.

El problema es que no van a poder levantar actas de sanción.

En la práctica supone que, si alguna persona realiza alguna actividad no permitida dentro de la reserva natural, solo podrán informarles de que están incurriendo en una infracción, pero no les sancionarán.

Además, la vigilancia no va a ser diaria, como venía siendo hasta ahora.

En el mes pasado se desplazaron a la isla menos de cinco veces.

Rosa cerró el periódico y se lo devolvió a Rosendo.

—Por eso están aquí Aziz y Anselmo. Ahora que la reserva marina está más desprotegida van a aprovechar para buscar el tesoro —concluyó Teo.

—¿Anselmo también está en la isla? —preguntó sorprendido Rosendo.

Teo asintió.

—Más vale que Aziz no le vea, sino… Lleva toda la vida detrás de ese tesoro y no va a permitir que nadie se lo quite.

«Quizá sea la mejor solución», pensó Rosa.

Teo caminó por delante del altar. La iglesia estaba muy cambiada desde el funeral de Luis.

—Lo que no entiendo es por qué le sigue ayudando —dijo el biólogo mientras contemplaba el impoluto blanco que cubría las paredes—. Este templo ya está restaurado y eso era lo que quería hacer usted con el dinero que le iba a dar Aziz.

—Han pasado tantos años que al final le ha dado tiempo a la administración a actuar y rehabilitar el templo.

Pero eso a Aziz le da igual. No es una persona a la que se le pueda decir que no tan fácilmente.

Según él, teníamos un trato, y me llamaba periódicamente para que le informara de novedades en torno a la reserva, si veía movimientos extraños por la zona, etc.

Así que no tuve más remedio que contarle que habían despedido a los guardapescas.

Si se hubiera enterado por otra persona, me habría metido en un problema.

Si finalmente encuentra su ansiado tesoro, usaré el dinero para restaurar la casa del cura, el edificio contiguo a la iglesia que en su día se usó como escuela y que está en ruinas.

Dios sabe que no quiero nada para mí. Lo único que pretendo es salvaguardar el escaso patrimonio religioso que aún queda en Tabarca.

Rosendo miró a Teo.

—Siento el daño que te he causado. No era mi intención perjudicar a nadie y menos poner en peligro tu vida.

—Por suerte me recuperé y lo que perdí por aquel incidente ya lo he recuperado. —Teo sonrió a Rosa.

—Gracias por su sinceridad. —Rosa se levantó del banco y cogió de la mano a Teo.

—Por favor, no le digáis nada a Aziz —les pidió Rosendo.

—No se preocupe por eso.

Salieron de la iglesia y fueron al hotel.

—Tengo una idea para ganar tiempo —dijo Teo.

—¿Tiempo para qué?

—Pues para recuperar el mapa o para que se nos ocurra cómo dar con el tesoro sin tener las coordenadas exactas.

—Calla, mira, por ahí vienen… —Hizo un leve gesto con la cabeza.

Anselmo y Gregorio avanzaban a paso lento con la mochila a cuestas. Teo y Rosa entraron al hotel. Minutos después llegaron ellos. Un saludo de cortesía fue todo lo que se dijeron. Subieron por las escaleras y cada uno se metió en su habitación.

—Lo que no acabo de entender es por qué Anselmo viene acompañado de otra persona —reflexionó Rosa.

—Muy sencillo, porque Anselmo no bucea. Por eso me contrató a mí para el trabajo de la posidonia, si no habría venido él mismo a buscar el tesoro.

—Vale, ya sabemos entonces que el que bucea es Gregorio. ¿Qué hacemos?

—Imagino que mañana desayunarán en el hotel, ¿no?

Rosa asintió.

—Genial. Pues vamos a echarle laxante en el café. Así no podrá bucear mañana y se pasará el día en el aseo.

—Pero ¿cómo vamos a hacer eso? Van a sospechar que hemos sido nosotros —le rebatió Rosa.

—Se lo pondremos en el café de Gregorio, que es el que nos interesa que esté indispuesto. Como van a desayunar los dos lo mismo, de eso ya te encargarás tú, y Anselmo se encontrará bien, pues pensarán que le habrá sentado algo mal a Gregorio…

—Vale, supongamos que hacemos eso. Luego ¿qué?

—O recuperamos el mapa o… —Teo pensó en alguna otra idea para dar con el tesoro, pero no se le ocurrió ninguna—. Tenemos que hacernos con ese mapa.

—¿Y si no lo conseguimos?

—Buscaremos un plan B, pero al menos con eso conseguimos tiempo. Un día entero para pensar cómo podemos hacerlo.

Los dos se miraron fijamente a los ojos. Él intentando convencerla de que accediera a su propuesta. Ella tratando de buscar una alternativa que no encontró.

En ese momento había cuatro personas en la isla interesadas en el tesoro: Aziz, Anselmo, Teo y Rosa. La quinta llegaría al día siguiente.