La isla de las flores amarillas Capítulo 59
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Capítulo 59

Rosa tomó nota de los datos de la nueva huésped que acababa de reservar por teléfono una habitación para el día siguiente.

—¿Qué piensas hacer? —preguntó Teo cuando ella colgó.

—¿Con el tesoro?

Él asintió.

—No lo sé, pero desde luego que, si está aquí Aziz, me da miedo acercarme por Punta Falcón. Es capaz de todo con tal de conseguirlo.

—Si sigue buscando en la zona protegida de la reserva marina, entonces el tesoro está a salvo.

Además, tal y como está el mar ahora mismo no va a poder bucear, demasiado revuelto.

Meterse al agua en estas condiciones es muy peligroso.

Eso nos da una tregua para pensar cómo actuar. Y tenemos el mapa, eso nos da ventaja.

—El problema sigue siendo Aziz. No podemos coincidir con él allí. Si nos ve bucear por la zona…

—Pues habrá que intentar que no nos vea. Todavía no sé cómo, pero algo se me ocurrirá.

—No hagas nada que te ponga en peligro, por favor. Ya he perdido a demasiada gente querida en mi vida como para que te pase algo a ti también.

Teo la besó.

—Por eso no te preocupes. Me ha costado muchos años volver a estar aquí contigo y no voy a hacer ninguna tontería. Bueno, voy al ultramarinos, que al final no he hecho la compra.

Salió del hotel y fue a la plaza. Mientras colocaba los productos en la cesta no paraba de darle vueltas a lo que le había ocurrido con Aziz treinta años atrás.

Se acordó del trabajo que hizo en el fondo marino y entonces confirmó sus sospechas.

El estado de la posidonia fue solamente una excusa.

Lo que querían era que intentara averiguar dónde estaba el tesoro.

Apretó los puños para canalizar su rabia.

Se sintió utilizado y se prometió a sí mismo que iba a encontrar lo que fuera que escondían aquellas aguas.

Siguió tachando de la lista lo que cogía de las estanterías.

Solo le faltaban unas latas de ventresca.

Se quedó mirando la caja y sonrió. Se le acababa de ocurrir una idea para evitar coincidir con Aziz en Punta Falcón.

De vuelta en el hotel, dejó las bolsas en la cocina y colocó las cosas en la despensa.

—Ya sé cómo lo vamos a hacer. —Teo le dio a Rosa la lata de ventresca y señaló la marca de la conservera.

Ella se quedó mirando el dibujo de un marinero en la popa de un barco con una caña de pescar.

—Me lo vas a tener que explicar —se rindió.

—Aziz llega a Punta Falcón andando y allí ya se sumerge en el agua. Pero nosotros vamos a ir en barco. Simularemos que estamos pescando y desde allí bucearé para coger el tesoro. Colocaremos el pesquero de tal forma que no me vea entrar al agua.

Rosa se quedó pensativa.

—Podría funcionar —concluyó.

—Solo nos hace falta alguien que tenga un barco y se preste a hacer el numerito. Debe ser alguien de tu plena confianza.

—Tengo a la persona ideal: Felipe. Está ya jubilado, pero todavía conserva su barco. Seguro que nos ayuda.

—Genial. Esta tarde podríamos ir a hablar con él.

—Vale, voy a terminar de guisar el pescado.

Rosa cocinaba todos los días para ella y para los turistas que reservaban con pensión completa. Comieron en el salón. Ella y Teo, en una mesa, y los dos huéspedes, en otra. Al acabar felicitaron a Rosa por el rape a la marinera. Tomaron el café y los clientes se marcharon.

—Se me hace raro verte aquí —dijo Rosa—. He soñado con este momento muchas veces y ahora que estás conmigo me cuesta creer que sea verdad.

—Ojalá no te hubiera hecho esperar tanto.

Tendría que haberle hecho caso a mi instinto, que me decía que viniera a verte.

Cada vez que recibía la caja de dulces de tu vecina sentía el impulso de plantarme en Tabarca y hablar contigo.

Pero el temor al rechazo me tiraba para atrás.

Sentía que no tenía derecho a aparecer así de repente en tu vida y más después de recibir la carta. Esa maldita carta.

—Bueno, ya estamos juntos. Eso es lo importante. No malgastemos el tiempo en lamentos que no llevan a ningún lado.

—Tienes razón. Además, tenemos un tesoro que encontrar.

—Vamos a casa de Felipe y le contamos tu idea.

—Deberíamos llevar el mapa para que él vea dónde está el punto exacto y que sepa cómo llegar hasta allí sin pasar por la reserva marina. No quiero que por nuestra culpa se meta en líos.

—Es verdad, buena idea. Voy a cogerlo.

Rosa fue al despacho y abrió el primer cajón del escritorio. El mapa había desaparecido.