Capítulo 58
Aziz llevaba una bolsa de deporte. Se marchó con calma sin reparar en la presencia de Teo. Este visualizó su abrupto encuentro con él en Punta Falcón. Todavía se acordaba de lo que le dijo y de la amenaza con el arma. Después, dolor, gritos y sangre.
Cuando Aziz desapareció de su campo de visión, Teo se sentó en la acera y se concentró en su respiración. El corazón le iba muy rápido. Tardó varios minutos en recuperarse. Después regresó al hotel.
El sonido de la campana de la puerta alertó a Rosa, que salió de la cocina.
—Buenos días. —Dos hombres entraron con sendas maletas.
—Hola, bienvenidos al hotel Isla Plana.
—Acabamos de hablar por teléfono. Tenemos una reserva.
—Sí, enseguida les tomo los datos. Sus habitaciones están ya preparadas. Permítanme el DNI, por favor.
Rosa los fotocopió y les entregó un documento para que lo firmaran.
—Gregorio, su habitación es la 12, en la primera planta. Y la suya, Anselmo, la 13, justo al lado. Cualquier cosa que necesiten, aquí me tienen. Disfruten de la estancia.
Les dio llaves y subieron por las escaleras. Teo llegó en ese momento.
—¿Se te ha olvidado algo? Has vuelto muy pronto. —Silencio—. ¿Y la compra?
Al verle la cara supo que algo no iba bien. Teo se dejó caer en uno de los sillones.
—Acabo de ver a Aziz saliendo de la iglesia.
—¿Cómo?
—El tunecino.
—Espera, espera. ¿Estás seguro de que era él? Han pasado ya demasiados años y…
—Claro que estoy seguro. Me amenazó con una pistola. Su cara se me quedó grabada. Lo tuve a un metro de mí durante unos interminables minutos.
—¿Recuerdas lo que te dijo?
—Que dejara de buscar el tesoro y me fuera de allí, si no me iba a matar.
Yo le expliqué que estaba haciendo un estudio del fondo marino, que no tenía ni idea de qué me hablaba.
Pero no me creyó. Fue él quien me robó los carretes de fotos y los apuntes.
No sé por qué, pero tuve la sensación de que sabía algo más, como si estuviera al tanto de mi trabajo.
Le insistí en que a mí solo me interesaba el estado de la posidonia.
Pero él siguió en sus trece. Entonces llegó Felipe.
Rosa se echó las manos a la cabeza.
—¿Qué te pasa?
—Ven. —Le tendió la mano para que se levantara del sillón—. Quiero enseñarte algo.
Lo llevó al despacho de Luis. Rosa cerró la puerta. Sacó el primer cajón del escritorio, desmontó la madera posterior y quitó el doble fondo. El biólogo miraba con asombro. El mapa quedó al descubierto.
—¿Qué es esto?
Rosa lo cogió y lo colocó sobre la mesa. Señaló la pequeña equis en medio del mar con las coordenadas escritas a mano por su padre.
—Aquí está el tesoro que busca Aziz.
—¿Quién te ha dado este mapa?
—Era de mi padre.
—¡Sabía que él lo había descubierto! —Teo señaló la piedra con la cruz oxidada que había sobre la mesa.
—Me lo dejó para que yo encontrara lo que sea que hay ahí oculto.
Teo observó el mapa. Miró las coordenadas y negó con la cabeza.
—Algo no me cuadra aquí.
—¿Qué pasa?
—Si estoy en lo cierto, esto no tiene sentido. ¿Puedo usar este ordenador?
Rosa encendió el portátil del escritorio. Teo buscó en internet un mapa de la reserva marina y lo comparó con el de Luis.
—Lo que imaginaba. La equis está fuera de la zona protegida.
—Y ¿qué pasa con eso?
—Pues que si tu padre propició que se creara la reserva para proteger el tesoro, no tiene sentido que se dejara fuera precisamente el lugar en el que está oculto. A no ser…
Teo calló de repente y comenzó a reírse.
—¿Se puede saber qué te pasa ahora?
—Qué listo fue tu padre. ¡Lo hizo aposta!
—No entiendo lo que estás diciendo.
—¿Cuál es la mejor forma de que nadie encuentre el tesoro?
—Proteger la zona para que no se pueda bucear ahí.
—La reserva marina —puntualizó Teo.
—Eso es.
—Pues no. Hay otro método mucho mejor.
—Sorpréndeme.
—Crear una reserva marina cerca del tesoro, pero dejar el punto exacto donde se encuentra fuera de esa protección.
Rosa se quedó en silencio intentando comprender lo que había dicho.
—Si alguien está buscando ese tesoro y sospecha que han declarado una reserva marina para que nadie pueda entrar ahí… ¿Qué va a intentar hacer ese alguien?
—Tratar de acceder a la reserva y buscarlo ahí.
—Efectivamente.
Teo sonrió. Ella lo hizo segundos después.
—Y así el tesoro estará más protegido porque nadie pensará que está fuera de esa zona protegida —razonó Rosa.
—¡Brillante tu padre!
El sonido del teléfono del hotel pausó su euforia. Rosa dejó el mapa en el cajón y salieron juntos del despacho. Ninguno de los dos se percató de que uno de los huéspedes del hotel había escuchado toda la conversación detrás de la puerta.