Capítulo 57
El último barco llegó a Tabarca solo con dos pasajeros.
Rosa y Teo regresaban a la isla muy cambiados.
No solo por el tiempo transcurrido desde la última vez que habían estado allí.
En el caso de ella, solo unos días. En cambio, para él era más de media vida.
Pero había algo que les pesaba más que eso: saber la oscura verdad del robo de su hija.
Nada más llegar al puerto, Teo comenzó a rehacer el puzle de sus recuerdos.
Le venían a la mente escenas del pasado que tenía muy presentes.
Los dos pasearon de la mano hasta el hotel.
El tarrito junto a la puerta tenía cuatro flores amarillas, una por cada día de ausencia de Rosa.
Nada más ver los Asteriscus maritimus , el biólogo sonrió. Cogió dos, una se la dio a Rosa.
—Aunque he tardado más de lo que me hubiera gustado, hoy cumplo con lo que te dije cuando te conocí.
Teo se colocó la otra flor encima de la oreja. Ella hizo lo mismo.
Deshicieron el poco equipaje que traían y salieron del hotel. Los dos sabían dónde querían pasar su primera noche. Atravesaron toda la isla hasta llegar a Punta Falcón. Contemplaron las estrellas abrazados y después fueron al faro.
—¿Crees que podremos entrar? —preguntó Teo.
—Solo hay una forma de comprobarlo. —Rosa se encaramó a la puerta de hierro.
—Sigues estando muy ágil.
El biólogo fue tras ella. Llegaron a la parte trasera del edificio y buscaron la pequeña compuerta del registro de agua. Teo la abrió y levantó la tapa circular del contador.
—¡Bingo! —dijo eufórico.
Minutos después estaban en el balcón del faro, contemplando las mejores vistas de una isla en calma que contrastaba con la última vez que estuvieron en ese mismo lugar.
Se dejaron llevar como si todavía fueran los adolescentes de antaño.
Disfrutaron de sus cuerpos y del tiempo perdido.
Durmieron poco. Hablaron, se besaron, contemplaron el techo de luces titilantes con las manos entrelazadas, volvieron a besarse y a jadear acompasados.
En bucle. Hasta que el cielo dejó de brillar cuando el horizonte se tiñó de naranja.
Teo se levantó para ver el primer amanecer de su nueva vida en Tabarca.
La confesión de Teresa y esas horas junto a Rosa bastaron para saber dónde y con quién quería pasar el resto de sus días.
Y también tenía claro en qué iba a invertir todos sus esfuerzos.
Sacó la fotografía que tenía en la cartera de Martina.
Acarició con ternura el rostro de esa hija que nunca pudo tener en sus brazos y se juró que la encontraría.
Rosa abrió los ojos y sonrió al ver la misma escena que en su última visita al faro con Teo. Se colocó tras él y le abrazó. Los dos se quedaron en silencio mirando las diferentes tonalidades que adquiría el cielo conforme el sol se liberaba del horizonte.
Como no había huéspedes en el hotel, no tenían prisa por regresar.
Solo cuando el hambre hizo rugir sus estómagos decidieron bajar del faro.
Pero antes de comer algo Teo quiso hacer una visita al cementerio.
Rezó un padrenuestro ante la tumba de Amparo y colocó una flor amarilla sobre la lápida. Después retomaron el camino al pueblo.
—Estás muy callado —dijo Rosa.
—Pensaba en Martina, en cómo podríamos dar con ella.
—Bienvenido a mi realidad diaria desde hace treinta y cuatro años. He hablado con la policía varias veces, con servicios sociales, he intentado buscar incluso a la monja que quiso llevarse a nuestra hija. Y nada.
—¡La monja! ¡Eso es! —Teo dejó de andar y se puso delante de Rosa.
—No te hagas ilusiones. Yo no pude localizarla y, además, ya estará bajo tierra. Han pasado muchos años.
—Me lo imagino. No es ella quien me interesa, sino lo que fue a hacer el día del parto. La trama de los bebés robados.
—Nuestra hija no es un bebé robado. Fue dada en adopción.
—Lo sé, pero al final es lo mismo, una niña separada de sus padres por las razones que sean.
He visto últimamente muchos casos en los medios de comunicación de bebés robados o de hijos adoptados que buscan sus orígenes.
Hay varias asociaciones que se dedican a intentar ponerlos en contacto con sus padres biológicos.
—Eso no se me había ocurrido.
—Voy a hacer un listado con todas las asociaciones que hay y llamaré a cada una. No es seguro que funcione, pero es lo único que se me ocurre después de todo lo que has hecho tú este tiempo.
—Le prometí a mi abuela que la encontraría.
—Y vamos a cumplir juntos esa promesa.
Se abrazaron y continuaron hasta el hotel. Nada más entrar, a Rosa se le erizó la piel.
—No puede ser… —murmuró.
Se acercó al mostrador y cogió la flor amarilla que había encima. La miró con incredulidad. Entonces salió de nuevo a la calle y miró el vaso junto a la puerta. Vacío.
—No lo entiendo. De repente, después de todos estos años…, de nuevo la flor aparece en el mostrador… —Rosa la señaló confundida—. La última vez que la cogí de aquí fue el día que murió mi abuela. ¿Sabes? Ella era la que las ponía.
—Lo sé —sentenció Teo.
—¿Cómo que lo sabes?
El biólogo sonrió.
—Ven, siéntate. Tengo que contarte una cosa que te va a gustar.
Los dos se dirigieron a los sillones de la recepción.
—Yo he puesto la flor en el mostrador. Anoche, justo antes de salir rumbo al faro, la coloqué sin que te dieras cuenta para que la encontraras ahí hoy.
—Y ¿quién ha quitado la flor de la puerta? Porque ahora hemos venido juntos y tú no has podido ser.
—Le dije ayer a Manoli que ya no hacía falta que pusiera más, que ya me encargaba yo a partir de ahora.
—¿Manoli mi vecina?
Teo asintió.
—No entiendo nada.
—Tu abuela me pidió que cuando ella no estuviera te siguiera dejando yo una flor amarilla sobre el mostrador al igual que hacía tu padre antes de morir y ella después.
—¿En serio te lo dijo ella?
—Sí. Me contó que una vez a la semana salía de madrugada para coger siete flores amarillas, una para cada día.
A veces una vecina la ayudaba e iba a por ellas, pero la mayoría de las veces era Amparo la que hacía el esfuerzo de conseguirlas por sí sola.
Las guardaba en su habitación en un jarrón con agua, dentro del armario para que tú no las vieras.
Durante el día las sacaba un rato a la repisa de la ventana para que les diera el sol y aguantaran toda la semana.
—Me emociona imaginármela yendo de noche a por las flores, con lo que le costaba andar.
—Lo hacía con gusto por ti. Mientras estuve aquí me ofrecí a llevárselas y así fue.
La idea era que yo siguiera haciéndolo cuando Amparo faltase, pero…
, bueno, ya sabes lo que ocurrió. A pesar de recibir tu carta, quería cumplir con lo que me pidió tu abuela, así que pensé en cómo hacer que siguiera apareciendo una flor amarilla en el hotel. Entonces me acordé de Manoli.
—¿Conocías a mi vecina?
—Me la encontré varias veces por el cementerio cuando yo iba a bucear a Punta Falcón. Me contó que iba a diario a recordar a su difunto marido. Pensé que podría ayudarme, así que me puse en contacto con ella.
—¿Cómo lo hiciste?
—A través de Rosendo. Sabía que él tenía teléfono en la iglesia, así que era la única forma que encontré de hablar con ella.
Cuando le conté lo de las flores, me dijo que se encargaría sin problemas.
Le tenía mucho cariño a tu padre y aceptó en cuanto se lo pedí.
Le dije que como compensación por las molestias le haría un ingreso en su cuenta cada mes, pero lo rechazó.
Al final llegamos a un acuerdo. Como ella es panadera, aceptó que le comprara dulces de su tienda y me los enviara por correo.
Así que yo le hacía una transferencia cada mes a cambio de que me mandara galletas, magdalenas, rollitos…
—¿En serio?
—Manoli lleva más de treinta años endulzándome la vida. También era la forma de mantener un vínculo con esta isla y contigo.
—Entonces durante todo este tiempo tú estabas detrás de esa flor amarilla que aparecía cada día en la puerta…
—Tu abuela me salvó la vida con la idea del helicóptero. Era lo menos que podía hacer por ella. Y por ti, claro.
—Gracias por salvarme a mí también todos estos años. Esa flor amarilla ha sido mi balón de oxígeno diario.
Rosa se quedó pensativa.
—Si conseguiste contactar con Manoli para pedirle los dulces y que dejara la flor amarilla…, ¿por qué no le dijiste que querías hablar conmigo?
—Eso sucedió después de recibir tu carta —enfatizó Teo—.
Créeme que lo que más deseaba en este mundo era venirme a vivir contigo a Tabarca, pero esa maldita carta que escribió Teresa dejaba claro que tú querías seguir con tu vida.
Por eso luego nunca intenté ponerme en contacto contigo.
Yo me quedé con la falsa convicción de que tú querías hacer tu vida lejos de mí.
¿Quién era yo para no respetar tu decisión?
Si hubiera recibido tus cartas de verdad nada de esto habría pasado.
El teléfono interrumpió la conversación.
—Perdona, Teo —se disculpó Rosa mientras iba a atender la llamada. Regresó minutos después—. Acaban de hacerme una reserva, vienen dos clientes de camino. Tengo que ir a comprar y prepararlo todo.
—¿Quieres que te ayude?
—Pues si quieres ve tú al ultramarinos y yo me quedo limpiando las habitaciones, así adelantamos.
—Buena idea.
Rosa escribió en un papel las cosas que necesitaba y se lo dio. Antes de que Teo abriera la puerta, se giró hacia ella.
—¿Se te ha olvidado algo?
—Sí, esto. —Teo la alcanzó con dos zancadas y la besó—. Te quiero, Rosa.
Ella se sonrojó y le abrazó.
—Gracias por hacerme volver a sonreír.
El biólogo salió del hotel. Antes de ir a comprar quiso dar una vuelta por el pueblo.
Fue a la iglesia. Recordó la misa de Luis y la emoción de Rosa al verle colocar la flor amarilla en el altar.
Mientras su memoria le proyectaba esa imagen, alguien salió del templo.
Teo se quedó paralizado. Había pasado mucho tiempo, pero le reconoció nada más ver su melena rizada y su tez morena. Era Aziz.