Capítulo 56
Rosa se quedó mirando la imagen intentando recordar su nombre.
—¡Emiliana, se llamaba Emiliana! —dijo tras unos segundos.
—Mi mujer se llama Teresa. No puede ser la misma persona —rebatió Teo.
—¡Es ella! Estoy convencida. Se quedó más de un mes. Ella fue la que… No puede ser…
—¿Qué pasa?
—Emiliana fue la que me invitaba cada noche a una copa en la puerta del hotel. Se convirtió en mi apoyo, le contaba todo. Un momento…
A Rosa le vino a la cabeza el día del parto con las monjas que intentaron llevarse a Martina, cuando vinieron los servicios sociales con la policía a por su hija…
, y todo eso ocurrió después de enviar la primera carta, cuando ya estaba embarazada.
Una carta que, según la teoría de Teo, la leyó su mujer.
—Ha tenido que ser ella —concluyó Rosa.
—No te entiendo.
—Las monjas, los servicios sociales…, ella lo organizó todo para que me quitaran a mi… a nuestra hija.
—Pero hay una cosa que no me cuadra —dijo Teo—. Según me has contado, el día que tenías la cita con los servicios sociales hubo una tormenta que te impidió salir de la isla. ¿Cómo iba a saber ella que justo ese día Tabarca se quedaría incomunicada?
Entonces Rosa cayó en la cuenta. Dio un puñetazo en el suelo y gritó de rabia.
—¿Qué te pasa?
—Me llamaron unos días antes de la cita para posponerla.
—¿Por teléfono?
—Sí. La nueva fecha coincidió con la tormenta más horrible que he vivido yo en la isla.
—La administración se comunica siempre a través de cartas certificadas para que quede constancia de que el destinatario recibe la información.
—Así lo hicieron la primera vez, pero después fue por teléfono.
—Eso es imposible. A no ser…
—Que no me llamaran los servicios sociales.
Los dos se quedaron mirándose. Tenían ganas de besarse. Ninguno se atrevió a recorrer la escasa distancia que separaba sus labios. Calmaron su rabia con un abrazo que a ambos les supo a poco.
—Vamos. —Teo se puso de pie y le tendió la mano a Rosa para que le acompañara.
—¿Dónde quieres ir?
—A casa, quiero confirmar que es cierto todo lo que hemos averiguado.
Rosa no se lo pensó. Quería saber la verdad y todo apuntaba a Teresa como la responsable de que acabara perdiendo a Martina.
Subieron al coche de Teo. El camino de cuarenta y cinco minutos se les hizo eterno a los dos.
Rosa recordó aquellas semanas en las que perdió el control de sí misma por culpa del alcohol.
También se acordó de Emiliana, de su complicidad con ella y de su repentina desaparición sin despedirse.
Ahora lo entendía todo. Había conseguido su objetivo, que se llevaran a Martina.
En cuanto lo logró, se marchó de la isla.
Aparcaron cerca de la casa de Teo y anduvieron unos minutos. Cuando llegaron al portal, el biólogo cogió a Rosa de la mano.
—Esto va a ser duro para los dos. —Teo suspiró—. ¿Estás preparada?
Ella asintió.
Subieron al cuarto piso por el ascensor. Teo metió la llave en la cerradura y la giró. El sonido metálico de las bisagras anunció su llegada.
—Qué pronto has vuelto, cariño —dijo Teresa mientras se levantaba del sofá—. ¿Es que ya no hay más…?
Dejó la frase a medias al ver que su marido venía acompañado de una mujer.
—Y tú… ¿quién eres? —preguntó con desprecio.
—Hola, Emiliana —respondió Rosa.
Un escalofrío recorrió a Teresa de la cabeza a los pies.
En ese momento los tres supieron la verdad.
La cara de la mujer de Teo la delató. Durante unos segundos ninguno fue capaz de decir una sola palabra.
Teresa asumió que habían descubierto su engaño.
Teo intentaba asimilar la mentira en la que había vivido tanto tiempo.
Rosa respiró profundamente antes de ser la primera en romper un silencio revelador pero sofocante.
Tenía ganas de gritar e insultarla. Sentía tanta rabia que tuvo que hacer un esfuerzo inhumano por no abalanzarse sobre ella.
Consiguió relajarse lo justo para no arrepentirse de su reacción.
—¿Por qué me quitaste lo que más quería en mi vida?
Rosa se acercó a ella.
—Porque temía que tú me quitaras lo que más quería yo.
—¡Entonces es cierto! ¡Lo hiciste! ¡Permitiste que se llevaran a mi hija! —gritó Teo.
Teresa asintió con la cabeza gacha.
—¡Mírame a la cara y dímelo!
—Sí, cariño. Lo sien…
—¡No me llames cariño! —la interrumpió—. Me has arruinado la vida. Y no solo la mía. También la de Rosa y la de nuestra hija, que se ha criado sin su familia. Sabes que siempre quise ser padre y me has robado la ilusión de mi vida.
—No quería perderte —balbuceó Teresa.
—¿Y por eso tenías que destrozar tres vidas? —le recriminó enojado—. ¿Eres consciente del daño que has hecho?
No respondió.
—Leíste tú mis cartas, ¿verdad? —preguntó Rosa.
Asintió.
—Quiero saberlo todo —dijo Rosa con vehemencia.
—Un día que volvía del trabajo coincidí con el cartero en el portal y me dio en persona los sobres.
Uno de ellos me llamó la atención. Estaba escrito a mano y venía de una dirección de Tabarca, justo donde había estado Teo trabajando semanas atrás.
Sé que hice mal, pero no pude evitar la tentación de abrirlo.
Y entonces descubrí que mi marido esperaba un hijo de ti.
Lo primero que pensé no fue que te habías acostado con otra mujer, sino que te iba a perder…
—Teresa le miró con los ojos empapados en pena—.
Me dolía más que te alejaras de mí que la infidelidad.
—No estuvo bien lo que hice, pero sabes que nuestro matrimonio estaba roto. Iba a dejarte cuando volviera de la isla.
—Lo supe nada más verte. Aunque me diste una pequeña tregua durante el tiempo que apenas te podías mover de la cama tras la operación. Sabía que, en cuanto conocieras la existencia de tu hija, te marcharías, así que pensé qué hacer para impedirlo. Entonces se me ocurrió lo de las monjas.
—Los bebés robados —apuntó Rosa.
—Había oído hablar de casos de monjas que se dedicaban a quitarles los hijos a madres solteras para dárselos a familias que querían adoptar. Hice un par de llamadas y me puse en contacto con una de ellas.
—Y ¿cómo conseguiste que Clotilde no estuviera en la isla para ayudarme en el parto? Ella era la que siempre solía asistir a las parturientas en casa.
—Supe que tenía una hermana que hacía mucho tiempo que no veía y, cuando se aproximó la fecha del parto, le hice llegar unos billetes de tren para que fuera a visitarla. Así logré que las monjas estuvieran en el parto. Pero aquello no funcionó.
—Gracias a mi abuela, que impidió que se llevaran a mi hija.
—Por eso decidí ir yo personalmente a la isla.
—Tu formación intensiva en Madrid para ascender en el trabajo, ¿no? —dijo con sorna Teo.
—Tenía que buscar una excusa para justificar que iba a estar tanto tiempo fuera de casa. Cuando llegué a Tabarca no sabía muy bien cómo hacerlo. Se me ocurrió lo del alcohol la primera noche que te quedaste conmigo hablando en la puerta del hotel.
—¿Y la llamada para cambiar la cita con Servicios Sociales?
—Pocos días después de la fecha que te dieron se esperaba una gran tormenta.
Le pedí a un amigo que te hiciera esa llamada.
La noche anterior te puse un somnífero en el agua.
Y de madrugada corté la luz y el teléfono para evitar que pudieras avisar de tu ausencia y que descubrieras que, en realidad, la cita real seguía el día que te habían comunicado al principio.
Me escondí en la antigua escuela hasta que se calmó el temporal y pude salir de Tabarca.
—¿Y la carta que me mandaste haciéndote pasar por Rosa? Porque la escribiste tú, ¿no? —la increpó Teo.
—Quería asegurarme de que no ibas a volver nunca a Tabarca. Pensé que, si recibías una carta de Rosa pidiéndote que te quedaras con tu mujer, le harías caso.
—No me lo puedo creer. ¡¿Por qué lo hiciste?! —preguntó Teo, entre incrédulo y devastado.
—Por nosotros. —Teresa se acercó a él—. Porque eres la persona que más quiero en el mundo y no te quería perder.
—Ya me has perdido.
—No me digas eso, por favor. Te amo, Teo… —Intentó besarle, pero él apartó la cara.
—Cuando volví de Tabarca, de repente me dijiste que sí a la adopción. Dime al menos que eso sí que fue real.
Teresa agachó la cabeza.
—¡Mírame a la cara y dime la verdad!
Silencio.
—¡Hasta nos cambiamos de casa para tener más posibilidades!
—Era para que Rosa no te encontrara si se le ocurría venir a buscarte.
—¡¿Me lo estás diciendo en serio?!
De nuevo el silencio.
—Esto tiene que ser una pesadilla… —Teo se sentó en el sofá—. ¿Y la carta del gobierno chino?
—La falsifiqué yo —admitió Teresa—. Ya sabes lo mal que lo pasé trabajando en el orfanato.
—Entonces ¡¿por qué me mentiste?! —Teo se levantó enfurecido y se dirigió hacia ella.
—¿No entiendes que te amo más que a mi vida? Eres todo cuanto tengo y sabía que te marcharías si…
—¡Ya basta! —la interrumpió su marido—. No sé cómo has sido capaz de destrozarme la vida así. Y no solo a mí. —Teo miró a Rosa—. Vamos. —La cogió de la mano—. No quiero perder ni un minuto más.
Se dirigieron a la puerta.
—¿Qué haces? —Teresa fue a por él.
—Soltar amarres. —Recordó la conversación con Amparo—. Aunque con mucho retraso, hoy comienza mi nueva vida.
Dejó las llaves de casa en el mueble de la entrada y salió sin mirar atrás. Bajaron por el ascensor en silencio. Nada más llegar a la calle, liberaron la tensión que habían vivido minutos atrás con un abrazo.
—Lo siento… —Teo se derrumbó.
—No es culpa tuya —le consoló ella.
—Tendría que haber ido a buscarte en cuanto me recuperé de la operación. Nada de esto habría ocurrido.
—No sirve lamentarse por algo del pasado que ya no tiene solución.
—Es verdad —asumió Teo.
—Bueno, y ahora, ¿qué vas a hacer? No tienes llaves de casa.
—Esa ya no es mi casa. Quiero empezar de cero. Me encantaría encontrar un sitio rodeado de mar, con poquitos vecinos, que tuviera un faro… ¿Conoces algún lugar que reúna estas características?
Rosa sonrió.
—¿Y tu trabajo?
—Soy profesor de la UNED, puedo dar clase desde donde sea.
—Entonces sé de un sitio que te va a encantar… —Rosa le guiñó un ojo—. Y ahora, ¿dónde vamos?
Los dos se miraron. No hizo falta que ninguno hablara, sabían cuál era su plan perfecto.
Subieron al coche de Teo. Cuarenta y cinco minutos más tarde estaban de nuevo en el Observatorio Astronómico de Forcarei.
El resto de la noche la pasaron viendo estrellas fugaces y dándose los besos que Teresa les había robado durante los últimos treinta y cuatro años.