La isla de las flores amarillas Capítulo 55
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Capítulo 55

Teo se giró y se puso de pie delante de aquella mujer con la mirada empañada en lágrimas.

Sus ojos se humedecieron nada más verla.

Era ella, no tenía dudas. Recordaba a la perfección aquel rostro que le transportó de súbito a los momentos más felices de su vida.

Ninguno de los dos podía hablar. Mantuvieron ese duelo de miradas durante unos segundos en los que se quedaron mudos, a pesar de que se lo estaban diciendo todo con solo mirarse.

El abrazo llegó poco después. No querían ni podían separarse.

Los dos revivieron sus días en la isla mientras sentían el calor del otro.

Pusieron en pausa el abrazo para verse de nuevo las caras y cerciorarse de que aquello era real.

Asintieron y volvieron a unir sus cuerpos.

Se mantuvieron así hasta que unos vítores los sacaron de su embeleso.

El cielo se iluminó con varios haces de luz.

La gente señalaba emocionada. Teo y Rosa miraron hacia arriba.

Los dos pidieron el mismo deseo. Se sentaron uno frente al otro en la hierba.

Al biólogo se le agolpaban las preguntas en la mente.

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo me has encontrado? ¿Por qué has venido después de tanto tiempo?

—Tenía mucho miedo de buscarte porque no sabía cómo me ibas a recibir.

—Llevo esperando este momento desde que te vi por última vez medio moribundo desde aquel helicóptero.

—Y yo llevo desde entonces esperando que respondas mis cartas.

El rostro del biólogo cambió de repente. Su sonrisa se evaporó.

—¿Cómo que cartas? —remarcó la ese final.

Oír esa respuesta alivió a Rosa y la enojó a partes iguales. Era la explicación que deseaba escuchar.

—Yo solo recibí una carta tuya —continuó Teo—, y era para decirme que lo mejor era que no volviera a Tabarca, que me quedara con mi mujer, que había sido bonito lo que habíamos vivido juntos, pero que ibas a centrarte en el hotel y no querías empezar ninguna relación, y menos si eso significaba romper otra.

Rosa se quedó con la boca abierta, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.

—¿Qué?

—Habría ido a Tabarca en cuanto me hubiera recuperado de la operación, pero al recibir esa carta…

—Yo no escribí eso —le interrumpió, tajante.

—¿Cómo que…?

—Estaba deseando verte, necesitaba estar contigo. Por eso te escribí varias cartas, no una. Creo que fueron cuatro en total. Y te decía todo lo contrario, que vinieras a Tabarca como dijimos, que viviéramos una nueva vida juntos.

—Espera, espera. Si tú no me escribiste esa carta…, ¿quién fue?

—Eso no lo sé, pero yo te aseguro que no.

Teo apoyó la cabeza sobre sus manos. No entendía nada de aquello.

—Yo sé que tú también me escribiste —dijo Rosa—. Pero, por desgracia, me ha llegado con mucho retraso tu carta. En concreto, treinta y cuatro años después. Acabo de leerla hace unos días y por eso he venido a verte.

—¡¿Cómo?!

—Si la hubiera leído cuando la enviaste, habría ido a por ti al día siguiente. Era lo que más deseaba en este mundo, volver a verte.

Teo se puso de pie y dejó la mirada perdida en el oscuro horizonte. Ahora lo entendía todo. Rosa se levantó y se puso tras él.

—Sé lo que sientes. Nuestra vida habría sido muy diferente si las cartas hubieran llegado a su destino. En mi caso lo hicieron por protegerme, en el tuyo… no sé quién impediría que te llegaran.

—Teresa, mi mujer.

—¿Cómo sabes que fue ella?

—No lo sé, pero me lo puedo imaginar. Supongo que vería tu sobre en el buzón y decidiría quedársela. Y, para evitar que yo volviera a Tabarca, escribiría la carta que recibí. Tuvo que ser ella.

—Ya, pero… si Teresa leyó mis cartas, no creo que le gustara saber que le fuiste infiel. Cualquiera habría dejado a su pareja en esas circunstancias.

—Siempre ha tenido mucha dependencia de mí, jamás hubiera permitido que nuestro matrimonio se rompiera.

—Saber que no leíste mis caras me alivia en parte —confesó Rosa—. Siempre me pregunté por qué no cumpliste tu palabra y no volviste a la isla conmigo.

—Pues ya sabes el motivo. Solo quería estar seguro de tus sentimientos antes de romperle el corazón a Teresa, cerciorarme de que lo nuestro no solo fue una aventura pasajera.

—Al final intuí que habías decidido quedarte con tu mujer, no hacerle daño y seguir con ella. Me alegra saber que finalmente adoptasteis un niño y pudiste cumplir tu sueño.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Los dueños de tu antigua casa. Me dijeron que habías comprado una más grande para vuestro hijo.

—Esa era la idea, pero nuestros planes se torcieron.

—¿No adoptasteis al final?

Teo negó con la cabeza.

—Cuando volví de Tabarca, mi mujer me dijo que se lo había pensado mejor y que quería adoptar, así que iniciamos los trámites.

Nos explicaron todo el proceso y nos recomendaron comprar una casa más grande, la nuestra solo tenía una habitación.

El entorno en el que iba a vivir el bebé lo valoraban mucho. Así que por eso vendimos la casa.

—Y ¿qué ocurrió?

—A los meses nos escribieron una carta del gobierno chino diciendo que habían restringido las adopciones y que nuestro expediente podría demorarse hasta quince años. Nunca supimos nada más.

—Vaya, lo siento…

—Las cartas te las escribí antes de presentar todo el papeleo. Mi vida ideal era en Tabarca contigo. Pero como no respondías ni a mis llamadas ni a las cartas…

—¿Cómo que las llamadas? —le interrumpió Rosa.

—Telefoneé al hotel varias veces, pero nunca conseguí hablar contigo. Unas veces se ponía Dolores y me decía que habías salido. Otras simplemente no daba señal o nadie me lo cogía. Cuando recibí la carta, ya dejé de llamar.

—Teo. —Rosa le cogió de las dos manos—. Tengo que contarte algo muy importante. Te lo dije en las cartas y ahora entiendo por qué no viniste corriendo a encontrarte conmigo.

—¿Qué pasa? Me estás asustando.

—En realidad sí cumpliste tu sueño, aunque nunca lo supieras.

—¿A qué te refieres?

Rosa apretó sus manos e intentó en vano contener la emoción.

—Tienes una hija.

A Teo le flaquearon las piernas. Rosa le agarró para que no cayera al suelo.

—¿Cómo que…?

No pudo terminar la frase. Se sentó sobre la hierba y, con las manos en la cara, lloró de impotencia durante minutos. Rosa se colocó a su lado y le abrazó. Cuando consiguió calmarse, le preguntó por ella.

—¿Por qué me lo dices ahora que ha pasado tanto tiempo?

—Te lo escribí en todas las cartas que te mandé.

—¡Joder!

—Nunca supe nada de ti y, por más que insistí, no recibí contestación.

—Quiero verla, por favor, necesito conocerla. ¿Dónde está mi niña?

La respuesta se la dieron las lágrimas de Rosa. Le contó todo lo que ocurrió tras su nacimiento y la forma en la que se llevaron al bebé.

—La vamos a encontrar, te juro por mi vida que vamos a dar con ella —aseguró Teo sin vacilar.

—No es tan sencillo. Ya sabes cómo son las adopciones en España. Es imposible saber datos sobre el proceso.

—Llevo toda mi vida soñando con ser padre y ahora que sé que tengo una hija no voy a parar hasta conocerla. Cueste lo que cueste. ¿No tendrás al menos una foto de ella?

Rosa asintió. Sacó de su bolso una pequeña fotografía y se la entregó. Teo acarició ese trozo de papel como si fuera la piel de su niña.

—Es la única imagen que tengo de Martina. Pero puedes quedártela, tengo más copias.

—Gracias —dijo sin apartar la mirada de su hija.

—Lo siento… —Rosa inspiró—. Ojalá te hubieran llegado mis cartas. Todo habría sido tan distinto…

Se abrazaron. Y consolaron su tristeza.

Teo cogió la cartera del bolsillo de la chaqueta y la abrió para guardar la foto. Rosa se quedó sin respiración. El biólogo tenía dentro una fotografía suya con Teresa de cuando eran más jóvenes. Rosa la cogió para verla más de cerca. No tuvo ninguna duda.

—Esta mujer estuvo hospedada en mi hotel al poco tiempo de nacer Martina.