La isla de las flores amarillas Capítulo 54
79%

Capítulo 54

No era Teo. Un hombre de unos sesenta años, baja estatura y escaso pelo miraba a Rosa con curiosidad. Tras unos segundos en los que los dos se preguntaban quién tenían delante, él rompió el hielo.

—¿Le puedo ayudar en algo?

Rosa miró el cartel que había encima del ascensor. Tercero. Después, la letra sobre la puerta. A. No se había equivocado.

—Buscaba a una persona que vivía aquí…

—Pues será hace mucho tiempo. Llevamos en esta casa… pues creo que unos treinta años o así.

—Vaya… —Intentó disimular su decepción—. Gracias de todos modos. Disculpe la molestia.

Rosa se giró de vuelta a las escaleras. Entonces oyó de nuevo la voz del hombre.

—Espere un momento. Lourdes, ¿te acuerdas de cómo se llamaba el matrimonio al que le compramos el piso? —gritó hacia el interior de la casa.

Su mujer se acercó y se unió a la conversación.

—Esta mujer está buscando a alguien que vivía aquí —le explicó.

—Teresa y Teodoro.

—¡Carallo! Qué memoria tienes —se sorprendió el marido.

—Se me quedaron los nombres porque los dos empezaban por «te» y me hizo gracia la casualidad.

—Y ¿no sabrá cómo puedo localizar a Teo?

—Pues me temo que no voy a poder ayudarle mucho… —lamentó Lourdes—. Nos dijeron que se habían comprado una casa más grande porque iban a adoptar un niño.

—¿Qué?

A Rosa le sorprendió que finalmente la mujer de Teo hubiera accedido a tener un hijo de ese modo.

Le vinieron a la mente las cartas que le envió y de las que nunca obtuvo respuesta.

Y ya sabía el porqué. Intuyó que, a su regreso de Tabarca, Teresa le dijo que sí a la adopción y decidió quedarse con ella.

—Esta casa es pequeña y buscaron una de tres habitaciones para tener más espacio para la criatura. Recuerdo a Teresa contarlo muy emocionada.

Rosa tuvo la tentación de marcharse y olvidarse de Teo. Había adoptado un niño junto con su mujer y eran felices desde entonces. Fin de la historia. ¿Quién era ella para revolver el pasado tanto tiempo después? Pero entonces pensó en Martina. «Tiene que saberlo».

—Y ¿no sabe cómo puedo dar con ellos? ¿Tienen alguna dirección de su nueva casa o algún teléfono?

—Solo puedo decirle que siguen viviendo aquí en Pontevedra.

—¿En serio? ¿Cómo lo sabe?

—Porque me los he encontrado paseando por la ciudad más de una vez en estos años. La última hace un par de meses en el centro comercial. Estaban comprando los dos en el supermercado.

—Muchas gracias por la información.

—Un placer. Suerte con la búsqueda.

Rosa salió del edificio con sensaciones encontradas. Por un lado, estaba triste por no haber encontrado allí a Teo y por saber por qué ya no volvió a Tabarca. Pero también le alegró que cumpliera su sueño de ser padre.

«¿Qué hago yo ahora?», se preguntó Rosa con frustración.

Esa dirección era la única pista que tenía para encontrarle.

Ya había rastreado su nombre por internet y en las redes sociales y no había resultados.

Sabía que vivía en Pontevedra, pero ¿dónde exactamente?

Comenzó a caminar sin rumbo definido. Pasó por delante de un bar y cayó en la cuenta de que ni siquiera había comido.

Entró y pidió pulpo a feira . Mientras comía pensó en opciones para dar con Teo.

Barajó ir al supermercado del centro comercial.

Si solía comprar allí, quizá tuviera suerte de encontrárselo por los pasillos.

Era la única pista que tenía. Decidió volver a la casa para preguntarle a Lourdes en qué centro comercial los había visto.

Se entretuvo viendo el informativo mientras terminaba de comer. Un rótulo en la pantalla llamó su atención. Se puso de pie y se acercó a la tele para escuchar la noticia.

No se pierdan esta noche una de las lluvias de estrellas más espectaculares de todo el año.

Además, coincide con luna nueva, así que las condiciones de observación son ideales.

Recuerden alejarse de la contaminación lumínica de las ciudades.

Busquen zonas altas. En este QR pueden consultar los lugares donde se van a ver mejor.

Rosa escaneó el código con el móvil. Apareció un mapa de España. Acercó la imagen a Galicia y buscó alrededor de Pontevedra. Pulsó en el punto azul más cercano a la ciudad. Observatorio Astronómico de Forcarei. Recordó las noches en Punta Falcón viendo las estrellas con Teo.

«Si fuera un gran amante de la astronomía, no me lo perdería —pensó Rosa—. Cambio de planes».

Consultó en Google Maps cómo llegar. Cuarenta y cinco minutos en coche.

Cinco horas después, iba rumbo a la montaña en un Uber.

Le sorprendió ver a tanta gente en el observatorio.

Algunos se habían llevado mesas y cenaban bajo la luz titilante de las estrellas.

Rosa miró hacia arriba. Jamás había visto un cielo así.

Era como cien veces el de Tabarca. No cabían más destellos en el firmamento.

Tras un rato viendo el espectáculo que había sobre ella, se concentró en las personas que lo contemplaban.

Caminó entre ellas, buscando una cara conocida.

Habían pasado muchos años, pero confió en poder reconocer a Teo, si es que estaba allí.

La tranquilidad se rompía por momentos cuando una estrella surcaba por el cielo dejando una estela de murmullos.

Rosa siguió abriéndose paso entre el gentío por aquella explanada verde rodeada de montañas.

Fue descartando rostros de mujeres, niños, jóvenes, ancianos…

Se centró en los hombres que aparentaran tener unos cincuenta y cinco años, la edad del biólogo. Ni rastro de Teo.

«Quizá sea buena idea ir al supermercado donde coincidió con la familia que le compró la casa», pensó.

Era la única pista fiable que tenía sobre su paradero.

Sopesó quedarse a ver la lluvia de estrellas, pero no tenía ganas.

Necesitaba volver al hotel a darse una ducha y descansar.

Demasiadas emociones. Se metió en la aplicación y pidió el Uber de vuelta.

Mientras esperaba, dejó la mirada perdida en el edificio del observatorio.

«¿Qué estoy haciendo aquí?».

Se lo preguntó una y otra vez. Teo había decidido seguir con su vida allí con su mujer, habían adoptado una criatura, ignoró sus cartas…

, en definitiva, tenía su vida y Rosa no formaba parte de ella.

No sabía qué hacer. En todo caso, la decisión no iba a tomarla en ese momento.

Quería descansar y pensar con tranquilidad qué hacer.

Frente a ella, en el camino, llegaba un coche.

Cuando pasó por su lado, clavó los ojos en el conductor.

«Teo».

Rosa le reconoció al instante. A pesar de los años, conservaba esa misma mirada que la cautivó cuando le vio por primera vez en el mostrador del hotel.

El coche siguió avanzando sin que el biólogo se diera cuenta de que había una mujer llorando por haberse reencontrado con el amor de su adolescencia tras más de treinta años.

De nuevo surgieron las dudas. Lo más difícil ya lo había logrado, localizarle.

Pero ahora debía tomar una decisión. Hablar con él o volver al hotel.

«¿Qué derecho tengo a aparecer así de repente tras tantos años?».

«¿Cómo voy a privarle de saber que tiene una hija?».

Después de un buen rato pensando decidió qué hacer.

«Tiene derecho a saberlo».

Canceló el Uber y localizó las luces rojas del coche de Teo.

Se apagaron y el biólogo salió del vehículo.

Caminó entre la gente hasta una zona un poco más apartada.

Iba solo. Rosa le seguía a cierta distancia.

El biólogo se sentó sobre la hierba y miró hacia arriba.

Ella se acercó y se colocó justo detrás de él.

Cerró los ojos y recordó la primera noche que se encontraron en Punta Falcón.

Aunque en esta ocasión se cambiaron los roles.

Teo estaba sentado y ella le hizo la misma pregunta que le había formulado él treinta y cuatro años atrás.

—¿Sabes que algunas de esas estrellas que estás viendo ya no existen?