Capítulo 53
Rosa no supo reaccionar. Clavó la mirada en aquel sobre que tenía su nombre y la dirección del hotel.
—Dolores me pidió que la quemara, pero no fui capaz. Así que, en su lugar, prendí fuego a un papel que tenía en la cocina para que pensara que le había hecho caso. Funcionó. He tenido la tentación de dártela muchas veces, pero tenía miedo por si Aziz volvía a aparecer.
—¿Sabes quién es el tunecino?
—Por desgracia sí. Cuando dejó ciega a Dolores, le busqué y le amenacé con un arpón para que se marchara de aquí.
Años después regresó. Entonces le disparé para evitar que matara a Teo.
Tuve mala puntería y le di en una pierna.
Si hubiera una tercera vez, ese hijo de puta ya no saldría vivo de aquí. Toma —dijo dándole la carta.
Rosa la cogió con delicadeza, como si fuera a desintegrarse entre sus dedos.
—Durante estos años Dolores ha procurado que vivieras sin miedo y lejos del peligro.
Todo lo que hizo fue por ti y por la memoria de su marido.
Sentía admiración por tu padre y habría hecho lo imposible para complacerle.
Así que cuidar de ti se convirtió en su prioridad.
Aunque fuera haciendo cosas tan duras como alejarte de Teo.
Sé que es cruel recibir esta carta tanto tiempo después. Ojalá no sea demasiado tarde.
Felipe se levantó del sillón y dejó que Rosa leyera en la intimidad. Nada más ver el nombre del remitente, le tembló el pulso. Teodoro Sigüenza. Abrió la solapa del sobre con una mezcla de temor, pena, incertidumbre y nostalgia. Sacó el papel amarillento que había dentro y comenzó a leer.
Mi querida Rosa:
Fuiste la última persona que vi antes de desmayarme en el helicóptero y la primera en la que pensé nada más despertar tras la operación.
Con la primera frase ya estaba llorando.
Pensar en un mañana junto a ti me alivia el intenso dolor que todavía siento en el abdomen. Por cierto, dale un beso a tu abu, si no fuera por ella y su idea del helicóptero, yo no estaría en este mundo.
Te quiere,
T EO
Con la despedida, el mar de lágrimas era incontrolable.
Volvió a leerla una y otra vez. Al principio maldijo a Dolores por haberle ocultado esa carta.
Pero después entendió sus motivos. «Y ahora ¿qué?
», se preguntaba en bucle. Había pasado mucho tiempo.
Ella no se había olvidado de él. Pero… ¿Y Teo?
Lo vivido más de treinta años atrás fue corto pero muy intenso.
¿Seguiría acordándose de ella? De nuevo, leyó la carta.
Me imagino allí en Tabarca, viendo amaneceres a tu lado, contemplando las estrellas por la noche, buceando juntos para ver el fondo marino, paseando tranquilos mientras todos duermen. No sé a ti, pero a mí no se me ocurre un plan de vida mejor.
— Ni a mí tampoco —sentenció.
Rosa dobló la carta y la guardó en el sobre.
Después se fue al ordenador del mostrador y comprobó las reservas de habitaciones para los siguientes días.
El domingo se iban todos los huéspedes y hasta el jueves siguiente no venían más turistas.
Tenía cuatro días por delante para comprobar si lo que ponía en la carta seguía vigente a pesar del paso del tiempo.
«Ojalá no sea demasiado tarde». Recordó las palabras de Felipe.
—Solo hay una forma de saberlo.
Miró la dirección que figuraba en el remite. Pontevedra. Buscó en internet la mejor ruta para llegar hasta allí desde Alicante. Se decantó por el tren. Después buscó un hotel, hizo la reserva y pagó por adelantado. Así se obligaba a no arrepentirse.
Fueron los dos días más largos de su vida. Pasó las horas recordando las noches con Teo, releyendo una y otra vez su carta, imaginando cómo habría sido su vida si hubiera recibido ella ese sobre, pensando cómo sería el reencuentro… si es que lograba dar con él.
«¿Se acordará de mí?».
«¿Seguirá casado con su mujer?».
«¿Se alegrará al verme?».
«¿Recordará nuestras noches en el faro?».
«¿Querrá hablar conmigo del pasado?».
Muchas preguntas y ninguna certeza. En realidad sí.
Solo una. Rosa estaba dispuesta a hacer lo imposible por encontrarle.
Tenía que contarle muchas cosas. Y también quería preguntarle otras tantas.
«¿Por qué no respondiste a mis cartas? ¿Y si contestó, pero Dolores se quedó con los sobres?
». Le extrañaba que Teo no hubiera dado señales de vida tras haberle dicho que tenía una hija.
Lo que él más deseaba. «¿Y si le ha pasado como a mí y no leyó mis cartas?
¿Y si no sabe que tiene una hija?». Fue la única explicación que encontró y el motivo por el que cometer esa locura.
Por fin llegó el momento de poner rumbo a lo desconocido. Ese viaje estaba lleno de primeras veces para Rosa. Nunca había ido más allá de Alicante, nunca había subido en tren, nunca se había quedado a dormir en un hotel que no fuera el suyo. Demasiados nuncas. Demasiado tiempo perdido.
El trayecto lo pasó leyendo, mirando por la ventanilla y, sobre todo, pensando.
En el pasado, en el presente y en si habría un futuro más allá de su soledad en la isla.
El tren llegó a su destino. En la misma estación cogió un taxi.
Le dio la dirección y se dejó llevar. En todos los sentidos.
Su mente, de nuevo, le bombardeó a preguntas y le proyectó imágenes del pasado.
—Ya hemos llegado —anunció el taxista.
El hombre se bajó del coche y le dio a Rosa la pequeña y única maleta que llevaba como equipaje.
Subió a la acera y se quedó mirando el edificio que tenía enfrente, el lugar desde el que fue enviada la carta que llevaba en la mano hacía tres décadas.
Comprobó de nuevo el piso que aparecía en el remite y se dirigió al portal a paso lento.
Tenía miedo de tocar al timbre por si Teo estaba allí.
Y también por si no estaba. Cualquiera de las dos posibilidades le aterraba.
No encontrarle sería una decepción, y dar con él, una angustia, por si las respuestas a sus múltiples preguntas no le satisfacían.
Ya no había marcha atrás. Pulsó en el interfono. Tras varios segundos, que a Rosa le parecieron eternos, un sonido metálico le permitió la entrada. Subió por el ascensor hasta el tercer piso. Con la mano temblorosa tocó timbre. La puerta se abrió a cámara lenta ante el asombro de Rosa.