Capítulo 52
Hacía más de treinta años que Rosa no pisaba la iglesia. La última vez había sido en el entierro de su abuela. Sobre el altar, en esta ocasión, la foto de Dolores.
Tenía sentimientos encontrados. Durante años soñó con el momento en el que ya no tuviera que hacerse cargo de su madrastra.
Necesitaba no depender de nadie, hacer lo que quisiera sin tener que dar explicaciones ni sobre el negocio ni sobre su vida.
Y ahora que había llegado ese día, tenía el corazón dividido.
Sentía paz, pero también pena. Descubrir los motivos de la mala relación que tenían, el sacrificio que hizo por ella…
Nunca se imaginó llorando con la muerte de Dolores.
Pero ahí estaba, frente a su féretro y con un pañuelo, tratando de contener la emoción que ya discurría por sus mejillas.
Rosendo salió de la sacristía. «En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo». El tiempo no había sido condescendiente con él. Iba encorvado y se ayudaba de un bastón para no caerse. A Rosa le impactó encontrarlo tan desmejorado. No le había visto en mucho tiempo.
Durante la breve ceremonia, Rosa desconectó del sermón del cura.
A su mente le venían recuerdos de aquel lugar.
La misa por su padre, el encuentro allí con Teo, la flor amarilla junto a la foto de Luis, la despedida de su abuela…
Tenía esas imágenes grabadas en su memoria.
Como si apenas hubiera arrancado solo un par de hojas del calendario.
Aunque la realidad era bien distinta. Rosa ya tenía cincuenta y cuatro años, pero sentía que su vida empezaba ahora.
Solo había cuatro filas de bancos ocupados. La población de Tabarca había menguado los últimos años. Algunos conocidos de toda la vida ya habían muerto. La mayoría. Otros, se habían marchado. Apenas quedaban unos cincuenta vecinos que vivían en la isla durante todo el año.
Rosendo seguía con sus oraciones. Todos parecían escuchar con atención las palabras del cura, especialmente Felipe. Estaba muy emocionado. Rosa se fijó en el rostro compungido del pescador. No sabía que tenía tanta relación con Dolores como para llorar así su muerte.
«Podéis ir en paz».
Los operarios de la funeraria se llevaron el féretro rumbo al cementerio. Ese último viaje lo hizo solo con la compañía de Rosa. El resto de los vecinos que habían asistido a la misa eran demasiado mayores para andar hasta el camposanto. Despidieron a Dolores en la puerta de la iglesia.
Rosa fue tras el ataúd a paso lento. Había hecho ese mismo recorrido con un féretro delante de ella demasiadas veces.
En el trayecto de veinte minutos pensó en su nueva vida, en la que dejaba atrás y en el sufrimiento de Dolores.
No se lo podía quitar de la cabeza. También se acordó del mapa de su padre y de los billetes de la máquina registradora de viajes.
Todavía no había decidido qué hacer con el supuesto tesoro escondido bajo aquella equis a lápiz.
Lo que sí tenía claro era que cumpliría con la promesa póstuma que le pidió su padre.
Iba a viajar a cada uno de los países de los que tenía billetes.
Pero antes tenía que ordenar su vida. De nuevo.
El enterrador terminó de tapar con ladrillos el nicho de Dolores. Rosa colocó una rosa amarilla en la repisa.
—Gracias por protegerme y perdón por no haberte dado el cariño que merecías.
Antes de marcharse del cementerio, visitó las tumbas de sus padres y de su abuela. Lo hacía a menudo, al menos un par de veces al mes. Su recuerdo le daba fuerzas para seguir luchando por seguir adelante.
Volvió a atravesar el vasto campo de matorrales.
Por el camino se cruzó con varios turistas que iban hacia Punta Falcón con sus cámaras preparadas para inmortalizar el paisaje.
Rosa llegó al pueblo cansada psicológicamente.
Había descubierto demasiadas cosas en poco tiempo. Necesitaba asimilar su nueva realidad.
Cuando se aproximaba al hotel vio a una persona en la puerta. Al principio pensó que era un huésped. Aceleró el paso. Ya cerca, reconoció a Felipe.
—Tengo que hablar contigo —le dijo el pescador cuando Rosa llegó a su lado.
—Pasa, estaremos más cómodos dentro.
Se sentaron en los dos sillones que había en la recepción.
—¿Quieres tomar algo?
Felipe negó con la cabeza. Cerró los ojos para encontrar las palabras idóneas. Sacó un pañuelo del bolsillo y se secó las lágrimas. Rosa se levantó, se puso delante de él y le cogió las manos.
—¿Qué te pasa, Felipe? ¿Te encuentras bien? Te he visto muy emocionado en la misa. No sabía que tenías tanta relación con Dolores.
—Ha sido el amor de mi vida. Pero el de ella era mi mejor amigo, tu padre. Sé que la relación contigo no fue del todo buena, pero… créeme, tenía un gran corazón. Solo que tuvo la mala fortuna de…
—Me lo contó todo justo antes de morir. Tuve la oportunidad de darle las gracias por lo que hizo por mí sin yo saberlo.
—¿Qué te comentó de Teo?
—Pues que intentó alejarlo de la isla para protegerle a él y a mí.
—¿Nada más?
Rosa negó con la cabeza.
—Entonces hay algo que no te dijo.
Felipe sacó un sobre que tenía en el bolsillo de la chaqueta.
—Teo te escribió esta carta.