La isla de las flores amarillas Capítulo 51
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Capítulo 51

Dolores se volvió a colocar las gafas. Rosa continuaba analizando la frase que había dicho su madrastra. «Todo fue para protegerte». Tenía tantas preguntas que no sabía ni por dónde empezar. Tras varios segundos solo le salió un…

—¿Qué?

—Todo comenzó con una maldita casualidad que cambió mi vida para siempre. Y también la tuya, sin tú saberlo.

—No entiendo nada.

—Enseguida lo harás. Tu padre estaba faenando un día por los alrededores del islote de la Naueta.

—El de la cruz de madera.

—Eso es. Se le atascaron las redes en el fondo marino y tuvo que forzar la máquina para poder sacarlas. Entre los peces había algo inesperado.

Rosa recordó de repente la cruz de hierro oxidada en el escritorio.

—El pisapapeles de papá —dijo eufórica.

—Sí, a tu padre le encantó esa piedra y la usó para que no se le volaran los documentos del escritorio.

Al principio no le dio más importancia, hasta que empezaron a aparecer restos de posidonia arrancados.

Entonces ató cabos y supo que algo se escondía bajo el agua.

Y todo ocurrió con la visita de un huésped de origen tunecino.

—¡Aziz! —Rosa todavía recordaba el nombre en el periódico.

—El mismo. La mayor desgracia que ha tenido esta familia. No sé cómo, pero supo que tu padre había descubierto lo que había oculto en el lecho marino.

—¿Y qué era? —preguntó intrigada.

—Eso no lo sé.

—¿Cómo que no sabes lo que había? ¿Es que no lo cogió papá?

—No. Y ahora, con la distancia, quizá habría sido mejor haberlo cogido y habérselo dado a Aziz cuando lo pidió.

Yo no me habría quedado ciega y tú… —Dolores suspiró—.

Tú seguramente ahora estarías casada con el biólogo y tendrías a Martina a tu lado.

—Las lágrimas volvieron a discurrir por sus mejillas.

—¿Qué tiene que ver Teo y mi hija con todo esto? —Rosa recordó la abrupta despedida en el helicóptero y al policía llevándose a Martina.

—En realidad nada. Todo es fruto de una desafortunada casualidad.

—¡Por favor, explícame qué pasó! —suplicó Rosa taquicárdica.

—Aziz vino al hotel a hospedarse por un tiempo indefinido. Cuando llegó, dijo que no tenía fecha de salida, que calculaba que por lo menos estaría un mes. Y nos pagó por adelantado, así que nosotros estábamos encantados.

—Si estuvo tanto tiempo aquí, ¿por qué no le recuerdo?

—Solo venía para dormir. Nos dijo que le encantaba bucear y que iba a explorar el fondo marino.

Se pasaba el día bajo el agua. Se levantaba pronto y volvía tarde.

Entonces fue cuando empezó a aparecer arrancada la posidonia.

Tu padre enseguida entendió que buscaba algo y ese algo debía de estar bajo la piedra con la cruz de hierro.

—¿Y por qué sabía que estaba oculto ahí abajo?

—Lo intuyó porque alguien se preocupó de colocar esa cruz en el fondo del mar.

¿Para qué era sino para indicar que había algo ahí?

Fue entonces cuando escribió al alcalde para proteger el ecosistema de Tabarca.

La Guardia Civil lo detuvo. Pocas semanas después entraron a robar al hotel. Enseguida supimos que fue él.

—¿Las dos veces que han robado ha sido Aziz?

—Sí.

—Y ¿no se llevó nada?

—Nada. Lo que él quería, tu padre no lo tenía. Pero Luis sí que sabía cómo encontrar lo que tanto ansiaba Aziz.

—Me estoy perdiendo.

—Ve al despacho de Luis, vacía el primer cajón del escritorio y tráelo aquí.

Rosa se levantó de la silla intentando procesar toda lo que le estaba contando Dolores. Hizo lo que le pidió su madrastra y regresó a la habitación con el cajón.

—Ya lo tengo.

Dolores lo buscó con las manos y lo giró hasta colocarlo con la parte trasera mirando hacia ella.

Quitó la madera posterior y deslizó con cuidado una lámina de contrachapado.

Conforme iba saliendo quedó al descubierto un papel en ese doble fondo que Rosa no sabía que existía.

Dolores lo sacó y desplegó encima de la cama.

—Es el mapa con la localización del lugar donde está el tesoro que busca Aziz.

Rosa clavó la mirada en aquel papel. Cerca del islote de la Naueta había marcada una equis con unas coordenadas escritas a lápiz.

—Luis tenía un cuaderno donde apuntaba las zonas donde había más pesca, las capturas…, tenía registro de todo lo que hacía en el mar. Cuando le pasó lo de la piedra con la cruz, anotó las coordenadas y luego las puso en ese mapa que escondió aquí en el cajón.

—¿Qué te ocurrió en los ojos?

—El día que todo cambió…

Dolores buscó con la mano un vaso de agua. Rosa lo cogió de la mesilla y se lo dio. Bebió un sorbo y volvió a dejarlo.

—Esa mañana habías salido con tu padre en el barco.

A Luis le encantaba llevarte con él. Estuvisteis pescando por la zona donde se engancharon las redes y Aziz os vio en la lejanía.

Imagino que pensó que estabais buscando el tesoro.

Esa tarde le vi por la calle camino del hotel.

Me asusté. Traía algo en la mano, pero no llegaba a distinguir qué era.

Me metí corriendo y te encerré con llave en tu habitación.

Ese hombre era muy peligroso. La Guardia Civil nos contó que tenía una pistola en el momento de la detención.

Cuando llegó me preguntó por Luis, pero él había vuelto a la mar.

También quería saber quién iba con él en el barco.

Le mentí y dije que era yo. No me dio tiempo a reaccionar.

Me lanzó un líquido a los ojos. Al instante todo se volvió negro.

—¿Cómo? ¿Fue Aziz quien te dejó ciega?

Ella asintió.

—¿Y mentiste para protegerme?

Volvió a afirmar con la cabeza.

Rosa se derrumbó. Pensó en todos los años de desprecios mutuos y ahora entendía, en parte, la actitud de su madrastra.

Se sacrificó por ella. Sintió una mezcla de agradecimiento y culpa a partes iguales.

La abrazó. Era la primera vez que lo hacía en toda su vida.

Nunca había tenido un gesto de cariño hacia la persona que había «suplantado» a su madre biológica.

Hasta ese momento. Las dos lloraron ese abrazo que llegaba demasiado tarde. Por ambas partes.

—¿Por qué no me lo contaste antes? —Rosa se sorprendió a sí misma acariciando el rostro de Dolores.

—Tu padre y yo decidimos que era lo mejor, no queríamos asustarte. Llevo cuarenta años viviendo con miedo, sin saber si ese malnacido iba a aparecer en cualquier momento para matarme a mí o a ti. Y eso no es vida. Por eso preferimos mantenerte al margen de todo.

—Pero hay una cosa que no entiendo. Si Aziz quería el tesoro y papá sabía dónde estaba, ¿por qué no se lo disteis? Así se marcharía para siempre.

—Porque no era el único que iba detrás del tesoro.

Según pudimos saber, Aziz tenía dos hermanos más.

Y al menos otro de ellos también estuvo aquí buscando bajo el mar.

No sabemos cómo, pero se enteró de que Luis había promovido la protección del fondo marino e intuyó que sabía la localización del cofre.

—¿Un cofre?

—Eso es lo que nos dijo. Parece que bajo la piedra que sacó tu padre hay enterrado un cofre con objetos de oro.

—¿Y qué pasó con ese hermano?

—Amenazó a tu padre y a nosotras con matarnos si no se lo dábamos.

Luis le dijo que no sabía nada de eso. Acabó convenciéndole.

Pero el hombre le insistió en que, si algún día se enteraba de que habían encontrado el tesoro, acabaríamos todos nosotros bajo el mar.

Así que tu padre decidió dejar el tesoro donde estaba, no tocarlo.

Buceó al fondo para colocar una piedra en lugar de la que se enredó en las redes y nunca más volvió.

—¿Para qué hizo este mapa?

—Para ti.

—¿Qué? —Rosa lo cogió y observó la equis a lápiz en medio de las aguas.

—Me pidió que, si algún día le pasaba algo, te diera este mapa. Quería que el tesoro fuera para ti y que encontrarlo fuera una aventura como las que te contaba pescando.

—Siempre me hablaba de piratas, de barcos hundidos y tesoros.

—Pues por casualidad él encontró uno y quería que tú lo descubrieras, cuando ya no hubiera peligro, claro.

Rosa la miró extrañada.

—Luis me dijo que dejara pasar bastante tiempo antes de darte el mapa para asegurarme de que ya nadie buscaba el tesoro y tú no corrieras ningún riesgo.

El tiempo ya se acaba para mí, así que es el momento de que el mapa lo tengas tú.

Imagino que Aziz ya se habrá cansado de buscar el tesoro.

O quizá ya esté muerto. Pero, si llegas a encontrártelo, no te enfrentes a él, olvídate del tesoro y no pongas en peligro tu vida.

Busca ese cofre solo cuando estés segura de que ese malnacido ya no puede hacerte daño. ¿Entendido?

Rosa asintió.

—Tu padre también me dejó otra cosa para ti. Abre ese armario y coge un sobre que hay en el primer cajón, por favor.

Hizo lo que le pidió. Bajo unos calcetines había un abultado sobre. Se lo entregó a Dolores.

—Es para ti. —Se lo devolvió—. Puedes abrirlo.

Levantó la solapa trasera. Nada más ver el contenido, sonrió. Estaba lleno de billetes de varios países. Había marcos alemanes, francos franceses, liras italianas, florines de Holanda, coronas eslovacas…

—La máquina registradora de viajes… —dijo Rosa emocionada.

—Tu padre se sentía en parte culpable de que no pudieras salir de la isla y conocer mundo.

Así que fue recopilando esos billetes para ti, para que pudieras hacer en un futuro lo que en su día era imposible.

Pues ese futuro ya ha llegado y Luis me pidió que le prometieras una cosa: que viajes a cada uno de esos países.

Rosa sacó los billetes y se visualizó con una mochila yendo de un sitio a otro.

—Tendré que cambiarlos por euros.

—Vive la aventura que tu padre preparó para ti. Es el mejor homenaje que puedes hacerle.

—Todavía hay una cosa que no me has explicado. ¿Qué tiene que ver Teo en toda esta historia?

—Cuando apareció en la isla, temí lo peor.

Hacía años que no sabía nada de Aziz, pero de repente viene un biólogo a bucear justo por la zona donde se encuentra el tesoro y se produce un robo similar al primero.

El tunecino había vuelto y la única forma de protegeros a ti y a Teo era que se marchara.

—Dolores cerró los ojos y negó con la cabeza—.

Te pido perdón, Rosa. Te juro por tu padre que lo hice por miedo a que Aziz os hiciera algo malo.

Ya sabes de lo que es capaz ese criminal.

Y luego te quedaste embarazada y… si Teo volvía a la isla… era demasiado peligroso. Lo siento.

—¿Por qué no nos lo contaste a los dos? Habría sido mucho más fácil que nos dijeras la verdad que engañarnos y obligar a Teo a que se marchara.

—¿Crees que Teo se habría ido de la isla si os lo hubiera contado?

—No. Se habría quedado conmigo.

—Entonces Teo estaría muerto. Ya viste lo que pasó cuando se encontró con Aziz en Punta Falcón.

Lo más seguro para Teo era que se fuera de aquí.

Y la fórmula que encontré para ponerle a salvo era, precisamente, hacer que se marchara.

Aziz buscaba el tesoro justo en el mismo lugar en el que Teo estaba buceando.

El tunecino lo sabía, por eso robó sus fotos y el cuaderno.

Solo era cuestión de tiempo que acabara con él. Irse de Tabarca era su seguro de vida.

Un silencio ensordecedor cayó a plomo en la habitación.

Rosa trataba de digerir la confesión de su madrastra.

Por un lado, sentía rabia, pero a la vez estaba agradecida.

Todo lo que había hecho tenía un solo objetivo, protegerla.

A ella y a Teo. Aunque las consecuencias fueran tan nefastas.

Dolores necesitaba su perdón para marcharse en paz.

—No me he portado bien contigo —continuó la anciana—.

Tú tampoco me lo pusiste fácil, pero lo entiendo.

Perder a una madre siendo una niña debe de ser muy difícil de asimilar.

Yo intentaba acercarme a ti, darte cariño.

«Tú no eres mi madre». Esa era tu frase cada vez que te decía algo.

Y tenías razón. Aunque a mí me dolía mucho.

Pero insisto en que no te culpo. Después llegó Aziz y todo se complicó.

No me arrepiento de lo que hice, al revés.

Le prometí a tu padre que te protegería, y así fue.

A pesar de que pagué un alto precio. Quise a Luis como nunca he que querido a nadie en mi vida.

Me dio tanto… Se lo debía. A partir de entonces, mi carácter se resintió.

A veces te culpaba a ti por lo que me había sucedido, aunque la decisión fue solo mía.

Perdóname por haber sido tan dura contigo.

Rosa entendió entonces por qué su padre les había dejado a las dos en herencia el hotel. Estaba en deuda con Dolores por el sacrificio que hizo por su hija. Era su forma de pedirle que se quedara en la isla con su madrastra, que no la dejara sola, que contara con ella para el día a día del negocio.

—Gracias por cuidarme todos estos años. —Rosa la abrazó.

Dolores sonrió entre lágrimas. Era justo lo que necesitaba escuchar. Esa noche concilió el sueño más pronto que de costumbre. Ya no volvió a despertar.