Capítulo 50
El umbral de dolor que cada persona puede soportar es proporcional a la determinación que tiene por sobrevivir.
Como una flor amarilla al borde de un peñasco bañado por agua salada.
Solo hay que buscar un motivo por el que seguir adelante.
Rosa no encontró solo uno, sino tres. Y tenían nombre propio: Martina, Amparo y Teo.
Se aferró a su hija para luchar por encontrarla, a su abuela para cumplir la promesa que le hizo y a Teo por volver a verle y saber qué le pasó. La rutina también ayudó.
En el hotel ya no había temporada baja. Desde que una conocida influencer había hecho un vídeo viral sobre Tabarca y el mejor lugar para alojarse allí, el Isla Plana colgaba el cartel de NO HAY HABITACIONES casi todos los fines de semana del año.
Eso mantenía a Rosa con la mente ocupada.
No pensar también era una forma de supervivencia.
Limpiar, preparar el desayuno, gestionar las reservas e incluso hacer de guía turística por la isla.
El primer barco de la mañana iba prácticamente lleno.
Algunos turistas llevaban neveras para pasar el día.
Otros, maletas para disfrutar de todo el fin de semana en ese enclave único del Mediterráneo.
El tiempo soleado era el mejor reclamo para que Tabarca luciera a principios del otoño como si fuera pleno verano.
Unos fueron directos a la playa para alimentar su piel de vitamina D.
En cambio, los privilegiados que consiguieron habitación pasaron antes por el hotel para dejar el equipaje.
Hasta las doce del mediodía la actividad en el Isla Plana fue frenética.
Cada una de las ocho familias que tenían que hacer el check in rellenaron la hoja de registro.
Terminados los trámites, se apresuraron para aprovechar al máximo el día en aquel paraíso.
Uno de los huéspedes le dio a Rosa un cargador de móvil que alguien se había dejado en la mesita de noche.
Ella lo depositó en la caja de objetos perdidos.
Le sorprendía la cantidad de cosas que algunos clientes olvidaban en las habitaciones.
Tras la firma del último huésped, Rosa se dejó caer en el sillón de la recepción.
Un profundo suspiro condensó su cansancio.
Entonces cayó en la cuenta de que todavía le faltaba algo.
Había estado tan ocupada esa mañana que ni siquiera había tenido tiempo de hacer una cosa fundamental de su rutina.
Se levantó, se dirigió a la entrada y abrió la puerta.
Allí estaba, como cada día en los últimos treinta y un años.
En un pequeño vaso con agua había una flor amarilla.
Rosa sonrió, la cogió y se la colocó sobre la oreja derecha. Otro motivo más por el que no rendirse.
Justo cuando iba a ponerse a preparar la comida, oyó una campanita.
Ya se había acostumbrado a ella, sonaba varias veces al día.
Cada vez que lo hacía, Rosa se resignaba y acudía a la llamada.
Puso el cuchillo en la encimera y fue a la habitación que antaño ocupó su abuela en la planta baja.
Entrar y no verla todavía le dolía. No había día que no recordara la última imagen que vio de ella en aquella estancia.
Tendida en la cama sin respirar. Ese mismo lecho lo ocupaba desde hacía ocho años Dolores.
La rotura de cadera fue la puntilla a otras dolencias que mermaron su capacidad de movimiento hasta el punto de pasarse la mayoría del día en posición horizontal.
Rosa sentía incluso compasión por ella. La veía indefensa, sin un ápice de la soberbia que antes la caracterizaba.
Su madrastra había cambiado. La enfermedad la convirtió en una persona vulnerable, que necesitaba de los demás para casi cualquier cosa.
Ya no quedaba nada de aquella mujer altiva que tanto daño hizo a Rosa desde niña.
Tras el parapeto de sus inseparables gafas de sol, se escondía una anciana decrépita.
Durante años Rosa convivió con la rabia de tener que encargarse de ella. La única persona de su familia que estaba viva era la única que no quería tener a su lado. Sentía que el destino la había condenado, no solo a aguantarla, sino también a cuidar de ella.
Como a Dolores le costaba tanto levantarse, Rosa le dio una pequeña campana para que la agitara cuando necesitara algo. Con el paso del tiempo cada vez sonaba menos y su madrastra se apagaba más.
—¿Estás aquí? —Su voz era como un suspiro.
—Sí, ¿qué necesitas? ¿Quieres un poco de agua?
—Siéntate a mi lado, por favor.
Rosa se quedó extrañada. Nunca habían tenido una conversación más allá de los saludos de cortesía y las escuetas peticiones de Dolores.
Colocó una silla de madera junto a la cama y se sentó.
Dolores palpó con su mano derecha hasta encontrar la de Rosa.
La cogió con suavidad. Se le erizó la piel al ver que una lágrima discurría por la arrugada cara de Dolores.
—¿Te encuentras bien? ¿Te duele algo? Puedo llamar al médico si quieres.
—Me temo que ya no hay nada que hacer. Estoy muy débil y mi tiempo aquí ya se acaba. Pero antes de marcharme… —Tosió varias veces—. Antes de irme quiero hablar contigo y pedirte perdón. —Volvió a toser.
—Dolores, no hace falta que…
—Es importante que me escuches —la interrumpió—. Si no te lo he dicho antes, ha sido porque me lo pidió tu padre, la persona que más he amado en este mundo, y he cumplido su voluntad. Pero ahora que mi vida se acaba, debes saberlo.
Dolores se quitó las gafas de sol. Era la primera vez que Rosa veía su rostro al completo. Toda la piel que cubría esas gafas estaba más arrugada que el resto de la cara.
—No tuve un accidente haciendo jabón. No quisimos que supieras la verdad para no preocuparte. Todo fue para protegerte.