Capítulo 49
Cuando Rosa llegó a la iglesia todos los bancos estaban ya ocupados por sus vecinos. Ella fue la última en entrar, se resistía a aceptar la cruda realidad de lo que estaba ocurriendo, pero nada más ver el féretro en el pasillo asumió que había llegado el final. De todo.
Esa escena la retrotrajo cuatro años atrás, al funeral de su padre.
Largas filas de vecinos dándole el pésame, palabrería vacía del cura durante la ceremonia y paladas de tierra sobre el ataúd de la persona que más amaba.
Le superaba el ritual de la muerte. No tenía ganas de hablar con nadie ni de escuchar ningún sermón, y menos de ver cómo depositaban el ataúd de su abuela en el fondo de un agujero.
En primera fila había un hueco reservado para Rosa junto a Dolores, que iba de riguroso luto.
Rosendo salió de la sacristía y, nada más pisar el altar, toda la iglesia se puso de pie.
Rosa hizo lo propio. Durante la siguiente hora, desconectó.
Se limitó a imitar lo que hacía el resto de la gente.
Levantarse, santiguarse, arrodillarse, volver a sentarse y así hasta el «Podéis ir en paz», que resonó con eco.
A la salida, tuvo que escuchar más «lo siento mucho», «te acompaño en el sentimiento» y otras frases hechas para la ocasión a las que Rosa respondía con un tímido gesto de asentimiento. Pero lo peor todavía no había llegado.
Los amigos más cercanos de la familia formaron una pequeña comitiva hacia el cementerio.
Seis hombres portaban a hombros el féretro.
Tras ellos, Rosa y Dolores. Una pequeña polvareda se levantaba conforme avanzaba el cortejo fúnebre.
Pasaron junto al faro. Rosa no quiso levantar la mirada, demasiada desgracia tenía frente a ella como para recordar a Teo.
Siguieron hasta el cementerio. Junto a la tumba de su padre ya habían excavado un agujero.
Ayudados de unas cuerdas bajaron el ataúd con cuidado hasta que tocó el fondo.
Rosa se acercó al borde de la fosa. Se quitó la flor amarilla que llevaba en la oreja y la dejó caer.
Las lágrimas mojaron la madera que la separaba de su abuela para siempre.
No podía apartar la mirada de aquella flor que horas atrás estaba en la repisa de su ventana.
Era ella la que cada día la dejaba en el mostrador del hotel.
Se imaginó a su abuela saliendo de madrugada a por flores, cuidándolas para que no se marchitaran en su habitación, colocando una en la recepción para que comenzara el día con una sonrisa.
Pensar en el inmenso esfuerzo que había hecho la emocionó todavía más.
Amparo había sido para Rosa una madre, un padre, una amiga, su paño de lágrimas.
Todo. Y ahora, de repente, se quedaba sin nada.
La montaña de tierra apilada junto al hoyo fue mermando a golpe de pala.
El sonido que hacía al impactar contra la madera era como una puñalada para Rosa.
El ataúd se cubría de tierra y su vida se apagaba cada vez más.
Se sintió más vulnerable que nunca. El cementerio se quedó en silencio cuando el agujero se cubrió por completo.
Todos se marcharon, menos Rosa. Frente a ella, un rectángulo de tierra más oscuro bajo el que estaba su abuela.
Justo al lado, su padre. Unos metros más allá, su madre.
Teo, desaparecido. Y Martina, en algún lugar indeterminado con una nueva familia.
Se había quedado sola. Peor aún, con Dolores, su madrastra, la mujer que nunca le dio el cariño que necesitaba una niña huérfana de madre y con un padre que, para poder sacar adelante a su familia, pasaba más tiempo en el mar que en casa.
Se sentó en la tierra y puso la mano encima. Era lo más cerca que podía estar de ella. No solo había enterrado a su abuela. Rosa sentía que parte de ella misma también se había quedado en ese féretro. Era como si hubiera asistido a su propio sepelio, una muerte en vida que no sabía cómo gestionar.
Una fina lluvia comenzó a humedecer la tierra y sus pensamientos. No quería irse de allí. Aguantó sin moverse hasta que la llovizna se convirtió en una cortina de agua.
—Te quiero, abu.
A cámara lenta se levantó y salió del cementerio.
A pesar de que la tormenta arreciaba, Rosa no corrió a buscar refugio.
Caminó con parsimonia, casi arrastrando los pies por el camino mojado.
No tenía ganas de llegar al hotel y afrontar el día a día sin Amparo.
Pasó junto al faro, pero esta vez sí que alzó la mirada.
Vio los destellos rítmicos de la luz iluminar la lluvia.
Justo debajo, el balcón vacío. Ese mismo lugar que unos años antes se había convertido en el epicentro de su felicidad hoy era un recordatorio de su honda tristeza.
De vuelta al hotel, se fue directa a dormir.
Por la mañana se levantó a preparar el desayuno de los huéspedes. Después se metió de nuevo en la cama.
Hizo lo mismo al día siguiente. Apenas estuvo fuera de su habitación media hora. Lo justo para atender a los clientes con el café.
Al tercer día ya no se levantó de la cama.
Los huéspedes se habían marchado la tarde anterior, así que no encontró ningún motivo para abandonar las sábanas.
Pensó en su abuela, en su padre, en Martina, en Teo.
Ya no le quedaba nadie en esa isla para aferrarse a una vida que no quería seguir viviendo.
Al cuarto día sí que se levantó, pero con la idea de que fuera la última vez.
No sabía cómo hacerlo, pero había llegado su final.
Entonces recordó cuando se lanzó al mar para intentar llegar a la costa y acabó con un golpe en la cabeza contra las rocas del espigón.
Quizá, con un poco de suerte, esta vez no solo se desmayaría.
Bajó las escaleras a cámara lenta. Por inercia fue al mostrador, pero estaba vacío.
Otro motivo más para acabar con todo. Agradeció no ver a Dolores en la recepción.
No tenía ganas de hablar con nadie, y menos con ella.
Se dirigió a la puerta y cogió el pomo. Antes de salir se giró y miró de nuevo la recepción intentando encontrar algún motivo para no cometer esa locura.
Pero esa estancia vacía le confirmó su idea inicial. Iba a hacerlo.
Nada más abrir la puerta un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
Se quedó unos segundos sin poder reaccionar.
Frotó sus ojos para cerciorarse de que era real.
Y de nuevo clavó la mirada en aquel vaso con una flor amarilla.
La cogió con manos temblorosas y se la colocó en la oreja mientras se preguntaba quién la habría puesto allí.
Se asomó a la calle, pero estaba vacía. Entonces vio el ancla dibujada en la pared.
Por primera vez desde la muerte de Amparo, sonrió entre lágrimas.
Pensó en su abuela, en lo que sufrió en vida, en lo que se volcó con su nieta, en lo que luchó por verla feliz, en las flores amarillas que cada día dejaba en el mostrador, en la imagen del ancla que hizo pintar en la puerta del hotel para que nunca perdiera la esperanza y luchara por volver a ver a su hija. No podía decepcionarla. Se lo debía.
—Abu, te prometo que no me voy a rendir. Voy a encontrar a Martina.