La isla de las flores amarillas Capítulo 48
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Capítulo 48

Cuando el cartero vio la dirección de entrega, resopló. Tener que ir hasta allí en pleno agosto no le hacía especial ilusión. Maldijo al Ministerio de Fomento que remitía el sobre y caminó durante quince minutos bajo un sol de justicia hasta llegar al faro. Le abrió la puerta Vicente.

—¿Todavía vas así? —el cartero señaló las muletas.

—En teoría ya me queda solo un mes. Menudo tormento me está dando la pierna. Ya me dijo el médico que las roturas de fémur son lentas de curar.

—A ver si la próxima vez que venga ya te has recuperado del todo.

—Dios te oiga.

—Aquí tienes —le entregó el sobre.

Vicente se extrañó al ver el membrete del Ministerio de Fomento.

No era habitual que se pusieran en contacto con él desde tan altas esferas.

Se sentó en el sofá y abrió la carta. Un minuto después estaba llorando.

Temía que ese momento llegara antes o después, pero no lo esperaba tan pronto.

Pensó qué hacer, cómo afrontar ese batacazo que lo cambiaba todo.

Sentía una inmensa pena que no era capaz de contener.

Se secó las lágrimas antes de que le vieran.

Metió la carta dentro de un libro y lo dejó en la estantería.

No quería que su mujer ni su hija se enteraran de momento.

Todavía tenía tres semanas por delante. Aunque el nuevo rumbo de sus vidas hacía cuatro meses que había empezado a fraguarse sin que Vicente lo supiera.

El mismo tiempo que Julia llevaba casi sin dormir.

Durante el día se encargaba de las tareas cotidianas.

Después, tocaba poner en funcionamiento el faro.

Por la noche oteaba el horizonte por si Samy aparecía.

Él se lo había prometido y Julia estaba convencida de que había sido sincero.

Aunque no le hacían falta sus palabras, le bastaba su mirada.

Todavía tenía en su retina la última vez que se vieron.

Los ojos de Samy le dijeron que la quería y que volvería.

Pero la realidad era que no había regresado.

Y el motivo estaba anclado frente a Tabarca.

Durante todo ese tiempo el barco de los hermanos de Samy permaneció a apenas cincuenta metros de la costa.

Cada mañana, tras apagar el faro, Julia se asomaba al balcón para comprobar si se había marchado.

Pero allí seguía. Sabía que Samy no volvería mientras el barco no se moviera.

Esa misma visión la tenía Samy desde Santa Pola.

Sobre la silueta de Tabarca asomaban los inconfundibles mástiles del barco de su familia.

Con Aziz a pocos metros de la isla, no se atrevía a regresar.

Era demasiado peligroso. Cada mañana desde que se marchó miraba al horizonte para comprobar si se había ido ya.

Tres meses después la frustración crecía cada día al ver el barco frente a la isla.

Aziz sabía que su hermano le había engañado.

Antes de subirse a la barca para ir en su búsqueda le vio con el catalejo junto con una chica en una cala.

Ella era el motivo por el que Samy había permanecido allí desde que huyó del barco.

Además, estaba convencido de que en la bolsa de rafia no tenía el tesoro.

El golpe que le dio con ella fue muy fuerte, demasiado para que en su interior llevara la tiara y unas monedas.

Así que Aziz decidió quedarse allí, anclado frente a la isla, a esperarle.

Sabía que iba a regresar por dos motivos: por la chica y por el tesoro que sospechaba que había escondido en Tabarca.

Pero ni Julia ni Samy ni Aziz contaron con la carta del ministerio.

Hacía ya semanas que la hija del farero no se encontraba bien.

Ella sabía perfectamente por qué, pero quería retrasar al máximo que sus padres se enteraran.

Las continuas náuseas y una incipiente barriga la delataron: estaba embarazada.

Vicente entró en cólera. «Mi hija, menor de edad y preñada por un despreciable pirata.

No voy a consentir que manches el buen nombre de esta familia».

Lo siguiente que hizo fue sacar la carta.

—El tiempo en Tabarca se ha acabado para nosotros. Van a automatizar el faro, así que nuestro trabajo ya no será necesario. Justo a tiempo para evitar que nadie te vea así.

—¡Yo no quiero irme de la isla! —le rebatió Julia.

—Te recuerdo que tienes dieciséis años. Harás lo que yo te diga. Así que no hay discusión. En menos de una semana ya no estaremos aquí.

—Pero…

—¡Pero nada! —le interrumpió con vehemencia su padre—. Mañana empiezan a traer las piezas para el nuevo faro automático. Y en siete días estará en funcionamiento. Después, nos marcharemos.

Los llantos y las súplicas de Julia no sirvieron para que Vicente cambiara de opinión. Con los ahorros que tenían podrían vivir unos meses hasta encontrar un nuevo trabajo lejos de Tabarca.

A cinco kilómetros de allí, en el puerto de Santa Pola, Samy acudía puntual a su cita en la distancia con Julia.

Quince minutos antes de la puesta de sol fijaba la mirada en el faro.

Le gustaba ver cómo se encendía porque sabía que era ella la que prendía la luz.

Se pasaba horas contemplándolo latir cada siete segundos y medio.

Era como escuchar el corazón de Julia. Ese ritual diario le ayudaba a mantener viva la esperanza de reencontrarse con ella.

Tal y como estaba planeado, al séptimo día los técnicos terminaron la instalación del nuevo mecanismo que encendería y apagaría el faro de forma automática. Esa noche sería la última vez que Julia iluminaría el cielo de Tabarca. Aunque el momento más difícil no fue ese, sino a la mañana siguiente.

Esa vez no le hizo falta el despertador porque apenas pegó ojo en toda la noche.

Demasiadas emociones juntas: amor, odio, esperanza, desasosiego…

Se acordó de Samy y las noches en el faro.

Pero frente a ella, la silueta del barco de sus hermanos le recordaba el motivo por el que no estaban juntos.

Aun así, no perdía la fe en volverse a encontrar.

Llegó el momento: quince minutos antes de la salida del sol por el horizonte.

Julia puso la mano en la llave. Cerró los ojos y, entre lágrimas, la giró poco a poco.

Cortar el suministro de petróleo no solo suponía apagar el faro, con él también se apagaba su vida en Tabarca y su deseo de volver a ver un amanecer allí junto a Samy.

Todo eso con tan solo un giro de noventa grados de aquella manivela de hierro.

La luz se desvaneció y las lágrimas condensaron su impotencia.

—Julia, ya estamos preparados. Baja, tenemos que irnos.

La voz de su padre resonó con eco por el hueco de la escalera de caracol. Un barco les esperaba en el puerto para partir con los primeros rayos de sol. Vicente quería que se marcharan de forma discreta, no quería coincidir con nadie.

Antes de ir con sus padres, Julia se asomó al balcón.

Allí seguía el barco con el ancha echada.

Miró hacia Punta Falcón, junto al islote de la Naueta.

Bajo sus aguas escondieron ella y Samy el tesoro.

Podría haberlo sacado para tener una vida sin complicaciones, pero lo que ella quería era una vida con Samy.

Por eso dejó allí las joyas, para mantener viva la esperanza de volver con él y sacarlas juntos.

Cogió del bolsillo la moneda de oro que le dejó antes de irse y se la puso en el corazón, como si fuera el propio Samy al que aprehendía con fuerza sobre su pecho.

—Vamos, baja ya. Nos está esperando el barco —insistió su padre.

Julia miró por última vez las vistas desde allí arriba.

Se secó las lágrimas y descendió por la escalera.

Cogió su maleta y, junto con sus padres, recorrieron en silencio el camino al puerto.

Vicente le pidió al pescador que iba a sacarlos de la isla que los llevara a Alicante.

Prefería evitar ir a Santa Pola, donde les conocía mucha gente.

Julia fijó la mirada en el monte Benacantil sin mirar atrás para no derrumbarse.

Comenzaba una nueva vida llena de incertidumbres y una sola certeza.

Si el bebé que llevaba en el vientre era una niña, la llamaría Bárbara.