La isla de las flores amarillas Capítulo 47
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Capítulo 47

La promesa a su abuela seguía vigente dos años después. El paso del tiempo no había curado la herida, pero sí menguado el intenso dolor de los primeros días tras la marcha forzada de Martina. La rutina ayudó a Rosa a convivir con la pena y a no sucumbir ante ella.

Como cada mañana, se levantó antes de que el despertador sonara a las seis y media.

Nada más bajar a la recepción cogió la flor amarilla del mostrador y se la colocó en la oreja.

Ese pequeño gesto también le ayudaba a seguir adelante, el recuerdo de su padre.

Después iba directa a la cocina a preparar el desayuno para los huéspedes.

El hotel vivía su mejor época. Recibía el triple de clientes que cuando abrió sus puertas.

Ya no solo venían en temporada alta, sino que, durante el resto del año, muchas de sus habitaciones también estaban ocupadas.

Ese fue su salvavidas, mantenerse ocupada. Al menos durante el día.

Por la noche todo cambiaba. Cuando la isla dormía, a Rosa le venían a la memoria los ecos del pasado.

Su padre, las noches con Teo y, sobre todo, Martina.

El recuerdo de su padre se materializaba con las flores amarillas.

El de Teo, con el faro. El de su hija, con la imagen del ancla en la fachada del hotel.

Todo eso, unido a la soledad de la noche en su habitación, hacía que casi siempre acabara llorando.

Pena, rabia, nostalgia, tristeza… Demasiados sentimientos juntos con los que tenía que lidiar cada noche, cuando las luces de la isla se apagaban y se encendía su melancolía.

Papá, la vida me ha puesto demasiadas trabas para ser feliz, pero aun así lo sigo intentando.

Gracias por enviarme cada día esa flor amarilla que me recuerda lo fuerte que me enseñaste a ser.

A menudo me siento como ese Asteriscus maritimus , en lucha continua por sobreponerme a las despedidas de las personas que más he querido.

Y aquí sigo, tratando de que mi determinación por sobrevivir sea más fuerte que el agua del mar.

Teo, ¿por qué nunca regresaste? No sabes las noches que me he desvelado pensando en ti.

¿Sabes? Ya casi no voy a nuestro rincón favorito de la isla.

Punta Falcón me recuerda demasiado a ti y los días más felices de mi vida.

También intento evitar cruzar la mirada con el faro.

Allí me hiciste sentir la mujer más especial del mundo.

Ver el amanecer a tu lado fue un regalo.

Pero aquello que queríamos que fuera nuestro futuro se quedó en un pasado que ahora me duele recordar.

A pesar de tu inexplicable ausencia, no he podido dejar de quererte.

Martina, te voy a encontrar. Te perdí por mi culpa, pero voy a recuperarte.

Durante mucho tiempo me maldije por aquellas noches en las que intenté mitigar las penas con alcohol.

Pero esa etapa ya la he superado, no sirve de nada lamentarse eternamente.

Ahora empleo esa energía en pensar cómo hacer que vuelvas a mis brazos.

Y lo voy a lograr. Se lo prometí a tu bisabuela.

Allá donde estés quiero que sepas que nadie te ama más que yo en este mundo y te daré todo el amor acumulado que no he podido entregarte en este tiempo.

Mira tu mancha de nacimiento. La naturaleza no pudo estar más acertada al dibujarte esa imagen en el tobillo.

Estás anclada a este lugar, aquí está tu familia y, algún día, volverás.

Hablar con ellos por la noche era su particular terapia contra el olvido. Así mantenía vivo su recuerdo y, a la vez, continuaba con su lucha por seguir adelante y no rendirse. Pura supervivencia.

El día amaneció soleado. Rosa tenía mucho trabajo por delante.

Durante la mañana iban a llegar tres familias que se quedaban todo el fin de semana en el hotel.

Las habitaciones ya estaban preparadas, pero tenía que comprar en el ultramarinos para llenar la despensa.

Bajó las escaleras para preparar el desayuno de los dos clientes que ya había hospedados.

La rutina la llevó primero al mostrador, pero se paró de repente.

Sus pies se anclaron al suelo. No había flor amarilla.

Era la primera vez desde que murió su padre que no aparecía allí un Asteriscus maritimus .

Un escalofrío recorrió su cuerpo y le erizó la piel.

Tras unos segundos sin poder reaccionar, se acercó.

Miró tras el mostrador por si se había caído. Ni rastro de la flor.

La tristeza humedeció sus ojos y, cabizbaja, fue a la cocina para encender la cafetera.

Se calentó las manos con la taza humeante y dio pequeños sorbos sin poder dejar de pensar en el mostrador vacío.

Justo entonces entraron a la sala dos huéspedes.

Al poco rato Dolores también se sentó a tomar algo.

Rosa les hizo unas tostadas y esperó a que terminaran de desayunar para recogerlo todo.

Miró el reloj que había sobre la puerta.

Eran casi las nueve de la mañana. Le extrañó que su abuela todavía no estuviera allí.

Tuvo un mal presentimiento. Salió de la cocina y fue a su habitación.

La llamó. Sin respuesta. Tocó con los nudillos varias veces.

Nada. Con sigilo abrió la puerta. Amparo yacía en su cama.

Sobre la repisa de la ventana había un vaso con agua y cinco flores amarillas.