Capítulo 46
El barco de vela echó el ancha en la zona límite para no encallar en las traicioneras aguas que rodeaban la isla. Sacaron una pequeña barca y uno de los hermanos se subió en ella para llegar a la isla.
Desde la cala a la que había llegado Samy semanas atrás, Julia y él vieron el bote.
—Tengo que irme ya. No quiero que nos vea juntos. Si no también vendrá a por ti.
Julia se quedó frente a él sin poder decir nada. Samy intentó frenar la hemorragia de tristeza que no paraba de brotar de sus ojos.
—Julia, por favor, no me gustaría que la última imagen que tenga de ti antes de marcharme sea así.
Voy a volver, es lo que más deseo. Vine de paso a Tabarca para devolver unas joyas y llevo más de un mes en la isla, viviendo de noche para poder estar a tu lado.
Pensaba empezar mi nueva vida en América, lejos de aquí.
Pero el destino me cruzó contigo y ahora solo quiero regresar a tu lado.
—Prométemelo.
—Bajo estas aguas hemos escondido un tesoro con el que podría vivir con lujos y sin preocupaciones.
Lo fácil habría sido irme a América con las joyas y olvidarme del pasado.
Pero he preferido ser fiel a mis principios, conservar aquí el tesoro para evitar que mis hermanos lo roben.
Aunque he de confesarte que no solo lo he hecho por eso.
Es mi forma de garantizarte que voy a regresar a cumplir con mi propósito.
Sacaremos juntos lo que acabamos de ocultar y lo devolveré a sus dueños.
Si no vuelvo, solo querrá decir una cosa, que me ha ocurrido algo malo.
En ese caso tienes mi permiso para sacar el tesoro y quedarte con él.
—Eso no va a ocurrir, te esperaré aquí. No quiero ese tesoro. Te quiero a ti.
Samy unió sus labios a los de Julia. Ambos se recrearon en un beso que les supo a tristeza y esperanza.
Julia le ayudó a empujar la barca. Antes de subirse, Samy metió varias piedras en la bolsa de rafia. Cogió los remos y se dispuso a adentrarse en el mar. Cuando estaba a varios metros de la costa, oyó la voz de Julia.
—¡Samy!
Él se giró. Ella le miraba sonriente, sin rastro de lágrimas. Durante unos segundos Samy dejó de remar. Se concentró en ese rostro para retenerlo en su memoria.
—¡Te quiero, Julia!
Ella se quedó allí sin moverse, siguiendo con la mirada la barca hasta que la perdió de vista.
El hermano de Samy le seguía en la distancia remando todo lo rápido que podía, pero era más lento.
Esa era la baza de Samy, tenía una habilidad especial con los remos.
Junto a él, la bolsa de rafia colocada bien visible a conciencia, el reclamo para que su hermano le siguiera hasta la costa, donde Samy podría huir corriendo.
Pero no contaba con lo que estaba a punto de ocurrir.
El primero falló, pero el segundo disparo impactó de lleno en el brazo derecho de Samy.
Se quitó la camisa y se hizo un torniquete.
Continuó remando, pero el dolor le impedía ir tan rápido como antes.
En cuestión de minutos la otra barca le alcanzó y se quedó a un par de metros.
—Podría haberte matado directamente, hermanito. Pero quería asegurarme de que todavía tienes la tiara. Es la única forma de salvarte.
Sabía que le estaba mintiendo. Iba a matarle de todos modos.
La tiara estaba sumergida a varios metros bajo el mar, así que tenía que pensar en un plan rápido.
Su única motivación era poder volver con Julia.
Pensó en decirle la verdad, regresar a Tabarca, sacar la tiara y dársela.
Pero estaba convencido de que, cuando se la entregara, le dispararía.
Su hermano no solo quería la tiara, también venganza y su silencio.
Y la única forma de mantener a Samy callado era bajo tierra. Entonces se le ocurrió una cosa.
—Aquí la tengo. —Samy cogió la bolsa con la mano izquierda y la zarandeó en el aire—. Ven a por ella.
El hermano remó hasta colocar su barca junto a la de Samy. Le apuntó con el arma en la cabeza y le pidió la bolsa.
—Dámela.
—Ya sabes que la tiara está maldita. Yo de ti la devolvería a su dueño.
—¡Dámela!
—Desde que la robó nuestro bisabuelo, nadie en la familia ha tenido descendencia femenina. Todo hombres.
—Pues si esa es la maldición de la tiara, bienvenida sea. Yo quiero tener un hijo varón para que siga mis pasos y enseñarle la vida en el mar.
—Caerás en desgracia.
—¡Y tu caerás muerto ahora mismo si no me das esa maldita bolsa ya!
Samy tragó saliva. Solo tenía una oportunidad. Si fallaba, sería hombre muerto. Respiró profundamente y le respondió.
—Tómala.
Extendió su brazo izquierdo hacia él con la bolsa agarrada con firmeza.
Justo cuando su hermano iba a cogerla le golpeó con la bolsa en la cabeza.
Las piedras que contenía le dejaron aturdido.
Cayó al interior de la barca. Samy aprovechó para cogerle la pistola y remar todo lo rápido que el dolor del brazo le permitía.
En la lejanía vio que su hermano se levantaba con dificultad. Samy le apuntó con la pistola.
—¡Mátame si tienes agallas! —le gritó su hermano, que todavía estaba medio mareado.
—Sabes que no voy a hacerlo. No soy como tú.
—¡¡Mátame!! Si no lo haces, te perseguiré hasta que te encuentre, te robe todo lo que tienes y acabe con tu vida de la forma más dolorosa que puedas imaginar.
—Soy tu hermano pequeño, tú morirás mucho antes que yo.
—¡¡Tendré hijos solo para que te busquen y te maten!
! ¡¡No podrás descansar, ni tú ni tus descendientes!
! Escucha bien mi nombre: Aziz Ward. Mis hijos se llamarán igual que yo.
Y mis nietos. Para que cuando te maten sepas que es mi sangre la que circula por sus venas.
Te van a perseguir a ti y a tu estirpe. ¡¡No podrás esconderte de nosotros! !
Samy pensó en Julia, en la vida junto a ella, en la tranquilidad que tanto anhelaba desde que decidió marcharse. Entonces lo tuvo claro. Sabía perfectamente lo que tenía que hacer para conseguirlo. Agitó de nuevo la bolsa en el aire.
—Aquí llevo tu ansiada tiara y todos los demás tesoros. Ni tú ni tu descendencia los tendréis jamás.
Sin dudarlo disparó las cuatro balas que le quedaban a la pistola y después la lanzó al mar. Siguió remando mientras veía cómo la barca de Aziz se iba hundiendo poco a poco. El agua entraba por los agujeros que habían ocasionado los certeros disparos de Samy.
—¡¡Te vas a arrepentir toda tu vida de lo que acabas de hacer!! —gritó Aziz mientras flotaba en medio del mar.
Samy no escuchó sus últimas palabas. Continuó remando rumbo a Santa Pola con la mirada puesta en el faro de Tabarca.
Su deseo era regresar cuanto antes para reencontrarse con Julia.
Pero para eso debía esperar un tiempo prudencial y asegurarse de que el peligro había pasado y que su hermano no regresaba allí a buscarle.
Llegó a la costa con la camisa empapada en sangre. Nada más poner un pie en tierra firme, se le nubló la vista. Lo último que vio antes de desmayarse y caer al suelo fue la silueta de la isla de Tabarca.
Veinte minutos antes de la puesta de sol, Julia subió con desgana por la escalera de caracol hasta lo alto del faro.
Apenas habían pasado unas horas desde que se despidiera de Samy, pero a ella se le habían hecho eternas.
Como un autómata, ejecutó los pasos previos al encendido.
Cuando iba a abrir el conducto del petróleo, algo llamó su atención.
Junto a la llave de paso había una moneda de oro y una nota.
En cuanto la vio supo que era de Samy. Desdobló el papel con delicadeza, como si fuera a deshacerse entre sus manos, y lo leyó.
Gracias por enseñarme a encender este faro y, sobre todo, gracias por aparecer en mi vida para revolucionarla por completo. Mantén bien iluminado el horizonte. Tú me guiarás de vuelta hasta aquí. Recuerda que estamos a tan solo siete segundos y medio de distancia.