La isla de las flores amarillas Capítulo 45
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Capítulo 45

Habían pasado cuatro días desde que Rosa se quedó encerrada en la isla sin poder salir para acudir a la cita en Servicios Sociales.

La imagen de la habitación vacía de Emiliana, el cable del teléfono cortado y los plomos de la luz bajados le venían una y otra vez a la mente.

Desde aquel fatídico día en el que casi muere tras lanzarse al agua para intentar salir de Tabarca, no se había movido de su habitación.

Solo bajó para llamar por teléfono y justificar su ausencia por el temporal, pero al sistema no le valían las excusas.

Según su registro era la tercera vez que la citaban y la tercera vez que no se presentaba. No había nada que hacer.

A petición de Amparo, porque ella no podía subir escaleras, Dolores le llevaba la comida.

Rosa no quería salir de la cama. Las súplicas de su abuela no consiguieron hacerla entrar en razón hasta más de una semana después.

Había perdido mucho peso. A Amparo le costó no ponerse a llorar nada más verla.

Pero eso era justo lo que menos necesitaba Rosa en ese momento.

Tenía que darle una razón para seguir viviendo y luchando por recuperar a Martina aunque le dijeran que no era posible tras haberla entregado en adopción los Servicios Sociales.

En vez de echarse a llorar, Amparo se echó a sus brazos.

Fue el único consuelo para Rosa, tener a su abuela.

Se necesitaban mutuamente para intentar aliviar su profunda tristeza.

Pasaron la mañana sentadas en el sofá, la una junto a la otra, sin separarse.

Apenas hablaron. Tampoco sabían muy bien qué decirse.

Rosa solo tenía ganas de llorar. Las manos eran la principal vía por la que comunicaban sus sentimientos entre ellas.

Un gesto silencioso, pero que significaba mucho.

Un leve apretón de mano de la nieta era respondido con una caricia de Amparo.

Y así estuvieron horas hablando sin articular palabra.

No puedo más.

Aquí estoy a tu lado, mi niña.

No quiero vivir.

Tienes que seguir luchando.

Jamás volveré a ver a Martina.

Estoy convencida de que te reencontrarás con ella.

Me quiero morir.

La vida todavía tiene muchas cosas buenas para ti.

Solo quiero abrazar a mi hija.

Y lo volverás a hacer, no te quepa la menor duda.

Rosa apoyó la cabeza en el pecho de su abuela.

El latido pausado de su corazón le relajaba.

Tanto que acabó dormida como cuando era pequeña.

En las noches de pesca, mientras su padre faenaba, Rosa solo conseguía conciliar el sueño en el regazo de Amparo.

De nuevo se sentía frágil cual niña de nueve años.

Y de nuevo pudo tranquilizarse al cobijo de su abuela.

El aroma a pescado al horno la despertó varias horas después.

Dolores cocinó una dorada con la ayuda de una vecina.

Desde que se quedó ciega era de las pocas veces que se había atrevido a hacer la comida.

Pero las circunstancias la animaron a ponerse de nuevo en los fogones.

Amparo y Rosa se acercaron. Nada más escuchar a su hijastra entrar, se acercó a ella y le dio un abrazo.

No supo ni qué decirle, tampoco se imaginaba cómo iba a reaccionar, así que optó por la prudencia.

Rosa agradeció el gesto. También que preparara la comida.

Ninguna de las tres articuló palabra durante la escasa media hora que estuvieron a la mesa.

Rosa comió poco y con desgana. En cuanto acabó se puso de pie y dijo que se volvía a la cama.

—Antes de acostarte quiero mostrarte una cosa.

Amparo se levantó, cogió el andador y fue a la recepción.

Rosa la siguió y salieron a la calle. Nada más ver lo que había en la fachada, se puso a llorar.

No podía parar. Su abuela tampoco pudo contenerse.

Las dos se quedaron mirando aquella imagen junto al nombre del hotel: la mancha de nacimiento que tenía Martina en el tobillo derecho.

—He mandado pintar esta ancla para que cada día que entres por la puerta tengas presente que algún día Martina volverá.

Ella tiene grabada en su piel esa misma ancla.

No sé cómo ni cuándo, pero estoy convencida de que nuestra pequeña verá ese dibujo, se mirará el tobillo y sabrá que ella pertenece a este lugar.

—Abu…, la he perdido para siempre. —Hundió la cara entre las manos y negó con la cabeza.

—Rosario Chacopino de Apodaca, mírame.

Levantó la cabeza.

—Prométeme que no te vas a rendir nunca, que la vas a buscar y que jamás vas a pronunciar de nuevo esa frase que acabas de decir.

Volvió a agacharla.

—Hazlo por mí —le suplicó Amparo.

La abuela le levantó el mentón con suavidad hasta que sus miradas cargadas de emoción se cruzaron de nuevo. A ella no podía decirle que no. La abrazó como la niña de nueve años que siempre encontraba consuelo en su regazo.

—Te lo prometo, abu.