La isla de las flores amarillas Capítulo 44
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Capítulo 44

Samy lloró en silencio mientras veía el barco acercarse.

Sabía que sus días en Tabarca se habían acabado.

Se giró y miró a Julia mientras dormía. Sintió rabia y frustración.

Quería quedarse allí, con ella, aunque tuviera que vivir de noche y ocultarse durante el día.

Le daba igual si al menos podía compartir su vida con la mujer que amaba.

Pero con sus hermanos a pocas millas de la isla, no podía arriesgarse.

Su vida corría peligro y, si permanecía en Tabarca, la de Julia también.

Después de pensar diferentes opciones, concluyó que lo más sensato era huir para así tener alguna posibilidad de volver en un futuro.

Pero antes tenía que hacer algo importante y no tenía mucho tiempo.

Se sentó al lado de Julia y acarició sus mejillas con ternura. Samy unió sus labios a los de aquella joven que había trastocado sus planes. No fue un beso más. Ella lo notó. Fue más intenso, más duradero y más sentido.

—¿Qué te pasa?

Julia vio que Samy tenía los ojos rojos de llorar. Él le hizo un gesto con la cabeza para que mirara en el mar. Se puso de pie y se asomó al balcón.

—¿Son ellos? ¿Es el barco de tu familia?

—Me temo que sí. Tengo que irme de la isla.

—¿Qué dices? ¿Cómo te vas a ir?

—Es peligroso que me vean aquí mis hermanos. Y más contigo. No quiero implicarte en mis problemas. Lo más seguro para los dos es que me vaya, pero necesito tu ayuda.

—¡Tiene que haber otra solución! Quiero estar contigo. —Julia le abrazó.

Samy no pudo reprimir las lágrimas. Julia tampoco. Conforme el viento iba acercando poco a poco el barco a la isla, el tiempo se consumía para ellos.

—Escúchame, por favor —le pidió Samy.

Julia soltó los brazos y le miró emocionada.

—Tengo un plan para volver a la isla. Pero para eso es importante que me ayudes a hacer una cosa y que confíes en mí. Tengo que esconder la tiara y el resto de los objetos en algún lugar seguro para que nadie lo encuentre hasta que pueda regresar dentro de un tiempo.

—Samy, sé que es importante para ti devolvérselo a sus dueños, pero… ¿y si se lo das a tus hermanos y te olvidas ya? Piensa que al menos las joyas de la Virgen las has podido entregar, has cumplido parte de tu compromiso. Pero es que… me da miedo que te marches y no vuelvas.

—Voy a volver, te lo prometo. Quiero estar contigo, vivir aquí tranquilo en Tabarca a tu lado, pero sin ocultarme de nadie jamás.

Y para eso necesito irme cuanto antes y que mis hermanos me vean con la bolsa de rafia, pero ignorando que está vacía.

Quiero que piensen que llevo las joyas y que vean que las saco de la isla.

Así no volverán aquí a por ellas y a mí me mantendrán con vida.

Si me matan nunca sabrían dónde las escondo.

—Pero ¿cómo van a matarte tus propios hermanos?

—No los conoces. Son capaces de todo. Y más por dinero y joyas.

Es su modo de vida, por eso me fui. Me matarán, estoy convencido.

Ellos han hecho cosas horribles, yo las sé todas.

La única forma de mantenerme callado es matarme.

Así que lo harán, no lo dudes. Por eso quiero que me vean salir con la bolsa para salvarme de una muerte segura.

Cuando consiga despistarles y haya pasado un tiempo, volveré.

—Es muy peligroso.

—Más peligroso es perderte para siempre.

Volvieron a abrazarse.

—Vamos, cada vez están más cerca. ¿Dónde podemos esconder la tiara y las monedas?

Julia pensó en los sitios más recónditos de Tabarca. Barajó la Cueva del León Marino, la muralla o incluso el cementerio. Pero, entonces, se le ocurrió una idea.

—¡Ya lo tengo! ¿Sabes bucear?

—Me ofende la pregunta. Mi vida es el mar.

—Vamos.

—Espera, hay un problema con eso. En el agua no podemos indicar el lugar exacto donde lo escondemos. Y necesitamos saberlo para después poder recuperarlo cuando vuelva.

Ese detalle no lo había tenido en cuenta Julia. Apoyó las manos en la barandilla y miró el barco. Sus tres imponentes mástiles sujetaban las velas hinchadas por el viento. Entonces se fijó justo en el palo mayor y la forma que hacía con el madero del que estaba atada la enorme tela blanca.

—Ya sé cómo vamos a hacerlo.

Le cogió de la mano y bajaron a la habitación de Samy.

—Hará falta algo para meter todo lo que tengo aquí dentro. La bolsa de rafia bajo el agua no me parece que sea muy segura.

—Ya había pensado en eso. Nos vemos en la puerta.

—Perfecto. Bajo enseguida.

—No hagas ruido, mis padres no tardarán en despertarse.

Cinco minutos después caminaban hacia Punta Falcón con un tesoro que esconder y dos corazones rotos por la incertidumbre de no saber si esa sería la última vez que iban a estar juntos.