Capítulo 43 #2
Se quedó inmóvil bajo el quicio de la entrada con la mirada perdida en la comitiva que le apartaba de su única ilusión en la vida.
No supo reaccionar. Continuó allí plantada, siguiendo con la mirada esas siluetas cada vez más difusas.
No era capaz de moverse. Tenía la esperanza de que, en cualquier momento, volvieran a aparecer al fondo de la calle y regresaran al hotel para devolverle a su hija.
«Ha sido un error, perdone». Pero eso no ocurrió.
Su mente seguía anclada en ese último beso.
Solo la voz de su abuela la sacó de su estado de profunda tristeza e incredulidad.
—Vamos, cariño. Se va a solucionar, ya verás —le susurró Amparo intentando sin éxito que no la viera llorar.
Rosa se resistía a marcharse. Tenía la mirada fija en la calle por la que se habían marchado el policía, la trabajadora social y la psicóloga con su hija.
Amparo le tiró con suavidad del brazo y su nieta sucumbió.
Subió a cámara lenta por las escaleras hasta su habitación.
Justo en ese momento salía Emiliana de la suya.
Al ver la cara de Rosa supo que algo iba mal.
—¿Qué pasa?
—Se han llevado a Martina.
—¡¿Cómo?!
No respondió. Abrió la puerta de su habitación y se acostó en la cama.
Amparo le contó a la clienta lo que había sucedido.
Emiliana fue directa al teléfono. Tras más de diez minutos hablando, colgó y subió a ver a Rosa.
Tocó a la puerta. Nada. Volvió a intentarlo.
Tras un escueto «Pasa» que se escuchó a duras penas, entró.
—Siento muchísimo lo de tu hija. Es horrible. Solo de pensar que mi niño… —Sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz.
Rosa escuchaba sin reaccionar. Su mente le enseñaba a traición la imagen de madrugada en la puerta del hotel con una copa de vino.
—En parte me siento responsable —continuó Emiliana—. Y te voy a ayudar a solucionar esto.
—¿De verdad?
Emiliana se sentó en la cama a su lado y le cogió la mano.
—Acabo de hablar con un abogado muy amigo mío.
Me ha dicho que te tranquilices porque en pocos días llegará un certificado para citarte con los servicios sociales.
Allí van a comprobar cómo estás y si han cambiado las circunstancias por las que te han quitado al bebé. Él estará contigo en esa vista.
Febrero de 1992
Pero esa carta no llegó. Y la cita pasó sin que Rosa se presentara.
Tampoco recibió una segunda comunicación.
Dos oportunidades perdidas. Aunque la casualidad quiso que el cartero que había recibido el soborno para que esos certificados no se entregaran a su destinataria cayera enfermo y fuera sustituido por otro compañero. El tercer sobre sí que lo recibió Rosa.
Por la presente le convocamos a una reunión en la sede de Servicios Sociales de Alicante el próximo 17 de febrero a las 10:30 de la mañana.
Es la tercera vez que nos ponemos en contacto con usted y no hemos obtenido respuesta por su parte.
Esta es la última oportunidad para poder recuperar a su hija.
Si no se presenta, nos veremos en la obligación de darla en adopción y ese proceso es irreversible.
Perderá todos los derechos que tiene como madre respecto de su hija.
Las manos le temblaban. Tuvo que leer la misiva varias veces. Algo no cuadraba.
—¡¿Cómo que tercera vez?! ¡Pero si no he recibido nada!
Habían pasado tres semanas desde que se llevaron a Martina y cada día había esperado en la puerta del hotel a que llegara el cartero.
Facturas y publicidad. Nada más. Hasta esa mañana.
Firmó para recibir el certificado y llegó la sorpresa.
Y la incredulidad, la rabia, la angustia, la preocupación.
Todo de golpe con ese folio mecanografiado y con membrete oficial.
Lloró nada más leerlo, aunque, cuando consiguió calmarse, respiró aliviada.
Iba a reencontrarse con Martina y volvería a casa con ella en solo una semana.
Desde la última vez que la vio no había vuelto a probar una sola gota de alcohol.
La pesadilla llegaba a su fin. Al menos eso creía.
Pocos días antes de la citación, recibió una llamada de teléfono.
—¿Hablo con Rosario Chacopino de Apodaca? —preguntó una voz de hombre.
—Soy yo.
—Le llamo de Servicios Sociales. Tiene usted una cita para el día diecisiete, ¿verdad?
—Sí, a las diez y media.
—Tenemos que posponerla.
—¿Cómo?
—Serán solo dos días, para el diecinueve de febrero a la misma hora.
—Pero ¿qué ha pasado?
—Es por la psicóloga que tiene que evaluar su estado y si es apta para hacerse cargo de nuevo de su hija. La han citado ese mismo día para testificar en un juicio. Por eso hay que retrasar el encuentro.
—Vale. Entonces el día diecinueve.
—Eso es. Misma hora y mismo lugar.
—Gracias.
La espera se le hizo eterna a Rosa. Cuando ya parecía que iba a volver a abrazar a Martina, esa llamada alejaba un poco más el momento con que soñaba desde que se la llevaron. Solo pudo resignarse e intentar mantenerse ocupada para que el tiempo pasara más rápido. No fue así.
Por fin llegó la noche anterior al reencuentro con su hija.
En cuestión de horas la tendría de nuevo entre sus brazos.
La conversación con Emiliana tranquilizó sus nervios.
Su amigo el abogado iba a acompañarla por si surgía algún problema.
Rosa le agradeció de nuevo el gesto. Las dos brindaron.
Con agua. Nada de alcohol. El cansancio acumulado la ayudó a dormirse en cuanto se fue a la cama.
Gritó todo lo que le permitieron sus pulmones para levantar a su nieta de la cama. Sabía que si no se despertaba a tiempo iba a arruinar su vida. Pero, por más que lo intentaba, seguía acostada.