La isla de las flores amarillas Capítulo 43
61%

Capítulo 43

El olor a café aromatizó la recepción del hotel antes de que Rosa se levantara de la cama.

Otra noche casi sin dormir. Tal y como le había dicho Emiliana horas atrás, ella misma se había preparado el desayuno.

Evitó así una nueva bronca de Dolores y también pudo descansar un poco tras las reiteradas tomas de Martina.

Ese simple gesto de Emiliana se convirtió en costumbre. No había más huéspedes en el hotel, así que podía permitirse el lujo de dormir un poco más y recuperar el sueño perdido. Las mañanas cambiaron para Rosa. Y también las noches.

El momento favorito del día llegaba cuando el sol dejaba de iluminar la isla.

El bebé dormía y ya no había nada más que hacer en el hotel.

El tiempo parecía pararse cuando se sentaba en la silla de madera acolchada.

Desde hacía una semana compartía sus vivencias con aquella desconocida que se había convertido en su principal apoyo.

Emiliana la entendía. Sabía lo que significaba criar a un hijo sin un padre, trabajar ella sola para sacarlo adelante, ser ama de casa…

A la marcha de Teo se le unió el no saber nada de él, la reapertura del hotel, criar sola al bebé, las noches en vela, sentirse de nuevo atrapada en la isla…, y, además, Dolores se había hecho un esguince en el tobillo y casi no podía moverse. Otra carga más para Rosa.

Esa noche sí aceptó la copa de vino que le ofrecía Emiliana cada vez que se veían en su encuentro nocturno.

Y a esa primera le siguieron muchas más.

Y muchos días más. Y su rutina comenzó a cambiar.

Lo que empezó como unos minutos de charla con una clienta acabó siendo una cita diaria con una confidente.

Las noches se alargaron y los días amanecían para Rosa cada vez más tarde.

Incluso en más de una ocasión, los primeros rayos del sol le sorprendían todavía en la calle, arrumbada sobre aquella silla con varias botellas de vino vacías a su alrededor.

Los pescadores que la vieron por primera vez en ese estado se alarmaron y enseguida la llevaron al interior del hotel.

Pero pronto se acostumbraron a esa escena.

Hablaron con Amparo para que intentara ayudar a su nieta.

Rosa le prometía que sería la última vez, pero ya era tarde.

Había encontrado en el vino su única vía de escape al dolor que sentía por haber perdido a Teo, a la desesperación por todas las responsabilidades que recaían sobre ella, a la tristeza de ver crecer a su hija sin su padre y al cansancio físico y mental por todo lo anterior.

Esas conversaciones con Emiliana, copa de vino en mano, eran su único momento de relajación en todo el día.

Las fatídicas consecuencias no tardaron en llegar.

Fue a primera hora de la mañana. El barco atracó en la isla recién estrenado el día.

La psicóloga de los Servicios Sociales caminó los escasos metros que separaban el puerto del hotel.

Allí se la encontró, tal y como relataba la denuncia.

Rosa estaba dormida en la silla, recostada hacia delante sobre sus piernas y con una copa de cristal rota a sus pies.

Ella sola. Desde el interior se oía el llanto de un bebé.

La psicóloga llamó a Rosa. Nada. La cogió del hombro y la zarandeó.

Tuvo que insistir hasta que finalmente entreabrió un poco los ojos.

—¿Es usted Rosario Chacopino de Apodaca?

—¿Qué? —balbuceó ella.

—¿Te llamas Rosario Chacopino de Apodaca? —insistió elevando la voz.

La modorra de Rosa solo le permitió asentir con la cabeza. Volvió a cerrar los ojos.

La psicóloga llamó a la puerta del hotel, pero nadie abrió.

El llanto del bebé cesó a los pocos minutos.

Rellenó un pequeño informe con la situación en que había encontrado a Rosa y se marchó.

Regresó varios días después. Revivió la misma escena.

La tercera visita la hizo acompañada de la policía y una trabajadora social.

Rosa estaba dormida en la puerta con una botella de vino en el suelo con el líquido derramado.

La comitiva entró directa al hotel siguiendo el sonido del bebé que estaba llorando.

Salía de una habitación en la planta baja.

Tocaron a la puerta. Desde dentro se escuchó una voz. «Pasa».

Amparo estaba de pie junto a la cama con su andador intentando coger a la pequeña de la cuna. Pero los barrotes eran demasiado altos y no conseguía alcanzarla. Cuando vio al policía entrar, se quedó paralizada.

—¿Qué hace aquí, agente?

En ese momento la trabajadora social y la psicóloga también accedieron a la estancia.

—¿Y ustedes quiénes son?

—Señora, hemos venido a llevarnos al bebé —respondió el policía mientras se acercaba a la cuna para comprobar su estado.

—Pero ¡¿cómo me van a quitar a mi bisnieta?!

—Es evidente que no está atendida como debiera.

—¡Yo la estoy cuidando y su madre también! Esto tiene que ser una pesadilla. A mi pequeña no le falta de nada, mire —la señaló—. Está sana. Llora porque tiene hambre y yo no puedo cogerla de la cuna porque es muy alta. Estoy llamando a su madre, pero se ve que no me oye.

—Su madre está en la puerta, borracha. Por mucho que grite no la va a escuchar.

Se quedó en silencio. Sabía que ese momento podía llegar antes o después, pero confiaba en que su nieta recapacitara y dejara de beber.

—¡Por favor, no se la lleven! —insistió Amparo al borde de las lágrimas.

Rosa se despertó de la silla y entró como pudo en el hotel.

El intenso dolor de cabeza le impedía escuchar con nitidez los gritos de su abuela.

Cuando llegó a su habitación y vio al policía, se quedó en la puerta sin moverse, tratando de entender lo que estaba ocurriendo.

Intentó preguntar, pero le entró angustia.

Trató de llegar al baño de la recepción.

En vano. A mitad de camino devolvió en el suelo.

Su cuerpo se arqueaba hacia delante con cada bocanada que salía de su estómago.

Las miradas del policía y Amparo se cruzaron.

Ni él tuvo que explicarle nada ni ella pudo rebatir lo que le dijo con los ojos.

La abuela cogió su andador y salió de la habitación para ayudar a Rosa.

—¿Qué es este alboroto?

Dolores apareció con las muletas por las escaleras para completar aquel cuadro surrealista. Conforme se unían a la escena más personas, el policía, la trabajadora social y la psicóloga tenían más claro que la realidad que se vivía en el hotel no era la más idónea para el bebé.

—Nos quitan a Martina —lamentó Amparo entre sollozos.

—¿Qué? —Rosa levantó la cabeza incrédula, pero otra arcada la obligó a agacharse de nuevo para seguir devolviendo.

—¿Cómo que se la llevan? —preguntó Dolores mientras intentaba bajar por las escaleras.

El policía subió a ayudarla y la acompañó al sillón.

—Ha llegado una denuncia a servicios sociales por la situación en la que se encuentra la bebé. Bueno, más bien la madre.

Todas las miradas se dirigieron a Rosa, que continuaba vomitando.

—A partir de ahora la Generalitat Valenciana se hará cargo de la pequeña hasta que la madre esté en condiciones de cuidarla.

—¡No pueden quitarme a mi hija!

Rosa fue corriendo hacia la cuna para cogerla, pero se tropezó a mitad de camino y cayó al suelo. La psicóloga la levantó.

—La retirada de la custodia no es definitiva. Solo hasta que…

—¡Yo estoy bien! —la interrumpió Rosa—. Me he tomado un par de copas de vino, nada más.

De nuevo le dio otra arcada. La otra chica aprovechó para coger al bebé de la cuna.

—¡Por favor, nooo! —Rosa fue hacia ella e intentó arrebatársela. El policía lo impidió.

—Yo puedo hacerme cargo de Martina hasta que mi nieta se recupere.

—Con el debido respeto, señora —dijo el policía—. Ni siquiera podía cogerla de la cuna. Y en cuanto usted —se dirigió a Dolores—. Tampoco está en las mejores condiciones para cuidar al bebé con esa muleta y…, además, intuyo que tras esas gafas hay algún problema de visión.

—En unos días le llegará una notificación para que se presente en servicios sociales —le comunicó la psicóloga—. La evaluará nuestro equipo y, si está todo bien, volverá a tener a su hija. Nosotros queremos lo mejor para el bebé y, créame, lo más adecuado es que esté ahora mismo con nosotros.

—Donde mejor está es con su madre —imploró Rosa—. No se la lleven, por favor. He cometido un error, pero no va a volver a pasar. Ella es mi vida.

Se arrodilló delante de la chica que tenía al bebé en brazos.

—Vas a recuperarla —la tranquilizó la psicóloga—. Estoy convencida. Es solo cuestión de unos días, hasta que consigas alejarte del alcohol.

—Por favor… —suplicó de nuevo Rosa entre lágrimas.

Amparo se acercó a ella.

—La vas a recuperar —le susurró—. Hazme caso y no pongas las cosas más difíciles. Levanta y dale un beso a Martina. Volverás a verla.

Rosa se rindió. Sabía que, hiciera lo que hiciera, se iban a llevar a su hija. Si se resistía, lo único que iba a conseguir era complicar la situación. Así que respiró profundamente e intentó no desmayarse al ver cómo aquella mujer se llevaba en brazos a su pequeña.

—Espera un momento —le suplicó—. Déjame que me despida, por favor.

La psicóloga se giró y le acercó a la niña. Estaba dormida. Rosa la besó en la frente y acarició el ancla de su tobillo.

—Te prometo que pronto volverás a estar en mis brazos, mi amor. —Volvió a besarla.

Rosa se quedó en la puerta del hotel viendo cómo su niña se alejaba. Notó un pinchazo tan fuerte en el corazón que sintió morirse. Literalmente. De nuevo se rompió, por segunda vez en el último año. Primero fue al ver a Teo desmayarse en el helicóptero y ahora al contemplar a su hija alejarse.

Quiso gritar.

Quiso correr hacia ella.

Quiso enfrentarse al policía.

Quiso coger a su hija en brazos y regresar al hotel.

Pero no podía.