La isla de las flores amarillas Capítulo 42
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Capítulo 42

Los siguientes diez segundos de silencio fueron eternos para los tres.

La mirada de Esperanza fulminó a Julia, que se hizo pequeña ante la cara de decepción y rabia de su madre.

Samy se sintió culpable por haber propiciado esa situación tan incómoda.

Esperanza salió del faro y cerró la puerta tras ella para no despertar a Vicente.

—Julia Parodi, ¿qué está pasando aquí?

Su hija pensó en cómo contarle quién era Samy y por qué iban de la mano. Pero se quedó bloqueada ante la inquisitoria mirada de su madre.

—Señora, si me permite, déjeme que le explique…

—Jovencito, no sé quién eres, pero quiero que sea mi hija la que… —Esperanza se fijó en su ropa—. ¿Por qué llevas una camisa de mi marido?

—Madre…, Samy llegó en un pequeño bote y…

—No puede ser. Yo te conozco…

Esperanza se quedó mirándole fijamente tratando de recordar dónde había visto antes a ese muchacho que tanto le sonaba. Entonces cayó en la cuenta.

—¡Tú robaste las joyas de la Virgen del Carmen! ¿Me equivoco?

El pesado silencio de Samy confirmó las peores sospechas de Esperanza.

—Ahora lo recuerdo. Iba camino de la iglesia por la vigilia pascual.

Eran casi las once de la noche. Cuando estaba llegando al templo vi a un chaval corriendo.

Ibas tan concentrado en huir que casi te chocas conmigo.

Te paraste un instante delante de mí. Me esquivaste y seguiste tu camino.

Cuando llegué a la iglesia vi a la Virgen despojada de sus joyas.

Samy y Julia seguían cogidos de la mano. Esperanza dirigió la mirada a sus dedos entrelazados.

—¡¿Eres la novia de un vulgar ladrón?!

—Samy no es tal cosa.

Esperanza vio en su brazo parte de un tatuaje que le asomaba bajo la camisa remangada por encima del codo.

—Es algo peor… —Se acercó a él y le subió la manga hasta dejar al descubierto el dibujo de una calavera con una brújula grabado en la piel—. ¡Eres un pirata!

—Mamá…

—¡¿Has estado ocultando en nuestra casa a un pirata?! Así que tu amiga tenía razón. El hombre en lo alto del faro al amanecer. ¿Cómo has podido…?

—Samy ya no es un pirata. Lo fue, sí, pero está aquí porque quiere dejar su pasado atrás. Tiene un buen corazón.

—¡Nos robó las joyas de la Virgen! —sentenció Esperanza con vehemencia.

—Y él mismo las ha devuelto. Ha venido expresamente a Tabarca para enmendar su error. No fue un milagro que aparecieran las joyas después de tanto tiempo, madre. Samy las trajo y las dejó en su sitio.

—Ya, pero…

—Lucas, capítulo 15, versículo 11 —la interrumpió Julia.

Su madre cerró los ojos y recordó ese pasaje de la Biblia que tantas veces había escuchado en misa.

—La parábola del hijo pródigo —dijo Esperanza resignada.

—Samy se equivocó, hizo cosas feas en el pasado, pero se avergüenza de ello y ha vuelto a subsanar sus errores.

A mí no me importa lo que fue, sino lo que es ahora.

Igual que el hijo pródigo, que malgastó su herencia y regresó arrepentido.

Y por eso su padre hizo matar el mejor becerro que tenía para celebrarlo.

—¿Qué quieres, que encima le cocine un asado para agradecerle lo que ha hecho?

—No lo digo yo, madre. Es palabra de Jesús.

No basta con decir «Amén» en la iglesia.

Hay que predicar con el ejemplo y ante ti tienes la oportunidad de poner en práctica las enseñanzas de Dios.

«Si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial» —recitó de memoria el pasaje de la Biblia.

—«Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas» —continuó Esperanza el pasaje del Nuevo Testamento—. Mateo, capítulo 6. —Se santiguó.

La reflexión de Julia apaciguó en parte el enfado de su madre.

—Siento haberla incomodado con mi presencia —dijo Samy—. Su hija me brindó su ayuda como buena cristiana. Incluso le ofrecí dinero por ocultarme durante un tiempo en el faro y lo rechazó. Hoy mismo me marcharé para no causar más molestias.

—No quiero que te vayas.

Julia se puso delante de Samy con los ojos vidriosos.

Él le acarició la cara y secó las lágrimas que comenzaban a resbalar por sus mejillas.

Esperanza contempló aquella escena con una mezcla de ternura y culpabilidad.

Recordó sus años de juventud cuando conoció a Vicente.

Ellos también se veían a escondidas. Volvió a sentir el cosquilleo de esas primeras veces.

Julia y Samy se abrazaron. Esperanza se hizo la señal de la cruz sobre la cara.

Por mucho que intentara separarles, sabía que era imposible luchar contra algo tan poderoso como el amor.

—Entrad sin hacer ruido —les pidió—. Más vale que, de momento, tu padre no sepa que estás viéndote con un foráneo. Él no será tan indulgente como yo. Samy, por tu bien, espero que te portes bien con mi hija.

—Gracias por su amabilidad. Estoy en deuda con usted.

—Meteos dentro antes de que cambie de opinión.

Samy siguió despierto por las noches y durmiendo durante el día, pero el encuentro con Esperanza tuvo una consecuencia: Julia ya no compartía la cena. Su madre echaba más cantidad a la olla para que su hija le llevara a Samy. Pero la felicidad duró poco.

Como de costumbre Julia se había dormido en el regazo de Samy.

Él se levantó con cuidado de no despertarla cuando el horizonte se empezó a teñir de naranja.

Se metió tras la óptica del faro y cerró la llave del petróleo.

Entonces lo vio. No hizo falta ni mirar por el catalejo, estaba lo suficientemente cerca para observarlo a simple vista.

Con el viento que hacía, calculó que en menos de tres horas el barco de su familia llegaría a Tabarca.