La isla de las flores amarillas Capítulo 41
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Capítulo 41

A Rosa le costó acostumbrarse a su nueva vida con la pequeña Martina.

Gracias a ella había conocido una nueva dimensión del amor.

No era capaz de explicarlo, ni siquiera de entenderlo, solo sabía que ese vínculo con su hija era lo más intenso que jamás había experimentado.

Pero a ese sentimiento también se le unían la angustia, la tristeza y la ansiedad.

Un cóctel de emociones difícil de digerir.

Abrir de nuevo el hotel le consumió la poca energía que tenía.

Con la temporada alta a la vuelta de la esquina, y después de tanto tiempo cerrado, la puesta a punto requirió una limpieza en profundidad de todas las habitaciones, que tenían un intenso olor a humedad.

Las ventiló durante varios días, lavó sábanas, mantas, toallas y cortinas.

Fregó suelos, desinfectó los baños y preparó el kit de bienvenida: jabón, champú, cepillo de dientes y peine.

Eso multiplicado por ocho estancias, que quedaron preparadas para recibir a los huéspedes.

La primera acababa de desembarcar en la isla.

—Martina tiene hambre otra vez. Menuda glotona es mi bisnieta. Rosa, ¿me traes un biberón, por favor?

—Sí, abu, voy enseguida.

Rosa fue a la cocina a prepararle la leche. Los llantos de Martina la condujeron hasta la habitación de Amparo, que la tenía en brazos.

—Es la niña más bonita del mundo.

—Y la más comilona. Menuda ruina —bromeó Rosa.

Amparo cogió el biberón y acalló el llanto de Martina al instante.

—Siento no poder ser de más ayuda, mi niña. Si no tuviera que llevar el andador sacaría a pasear a esta preciosidad.

—Tus brazos son su mejor consuelo, abu. Le encanta estar contigo y yo me quedo tranquila. Haces mucho más de lo que te imaginas.

—Esta criatura es una bendición de Dios.

—Gracias por cuidar de ella mientras yo me ocupo del hotel. Estará a punto de llegar la huésped. Me encantaría quedarme con vosotras, pero todavía tengo cosas que preparar.

—No te preocupes, vete, que yo me encargo de Martina.

Justo cuando iba a salir, escuchó la voz de Dolores.

—Rosario, ¿dónde estás? Ya ha llegado la clienta.

—Voy —dijo con desgana.

Salió a la recepción con una sonrisa impostada.

—Disculpe la demora.

Se colocó tras el mostrador y cogió el libro de registro. Lo abrió por la última página y se dispuso a anotar los datos de la huésped, una joven que no llegaba a los treinta años.

—Bienvenida a Tabarca…

Rosa hizo una pausa para saber su nombre.

—Emiliana Rodríguez.

—Encantada de recibirla en nuestra casa. ¿Me permite su DNI, por favor?

La chica abrió su bolso. Tras varios segundos lo colocó encima del mostrador y fue sacando todo lo que había dentro.

—¡Mierda! No está la cartera.

Metió la mano de nuevo y buscó por todos los compartimentos. Nada.

—Me la habré dejado en casa. —Emiliana se echó las manos a la cabeza.

—Es que… necesito el DNI para cumplimentar la ficha.

—Lo sé. Qué desastre.

Emiliana cogió el asa de la maleta y se dispuso a salir del hotel.

—Espere —le pidió Rosa—. Dígame su nombre completo, dirección y número de documento. Imagino que se lo sabe de memoria y no le hace falta consultar su DNI. ¿Verdad?

Ella asintió.

—Problema resuelto.

Rosa completó el registro y le dio la llave de la habitación número tres.

—El desayuno es de siete y media a diez de la mañana aquí al lado de la recepción. Cualquier cosa que necesite para hacer su estancia más agradable, no dude en pedírmelo. Disfrute de la isla.

—Muchas gracias. Sin duda lo haré. Estoy justo en el lugar que necesito.

La mujer cogió su equipaje y subió por las escaleras a la primera planta.

El llanto de Martina se escuchó por toda la recepción.

«Otro biberón, por favor». Y así se pasó la tarde, entre lloros intermitentes acallados con brazos y leche en polvo.

La noche no fue mejor. La pequeña se despertó cada hora para comer y a Rosa le costó conciliar el sueño cada vez que se acostaba tras calmar la congoja de su bebé.

El olor a café perfumó el comedor del hotel a las ocho de la mañana.

A Emiliana le gustaba levantarse pronto.

Como no vio a nadie, usó la pequeña cafetera que había en la sala junto al mostrador.

Se sentó en una de las mesas y dejó que la cafeína le despejara la modorra.

Media hora más tarde Rosa se levantó sobresaltada.

—¡El desayuno!

Martina seguía durmiendo, así que se vistió rápido y sin hacer ruido salió de la habitación. Cuando estaba llegando a la recepción, escuchó la voz de Dolores.

—Pero ¿cómo que se ha preparado usted el café? ¿Es que no estaba Rosario aquí?

En ese momento su hijastra entró en la sala. Emiliana vio su cara de angustia y enseguida entendió que se había dormido.

—Ayer le dije a Rosa que no hacía falta que me preparara ella el desayuno. Suelo despertarme muy pronto y soy maniática con el café. Me gusta hacérmelo a mi manera. Así que me he tomado la libertad de usar la cafetera. Espero que no haya problema con eso.

Rosa sonrió y asintió en señal de agradecimiento.

—Por supuesto que puede utilizarla sin inconveniente —intervino Dolores—. Como si fuera su casa.

La madrastra salió y se sentó en su sillón de la recepción. Rosa cerró la puerta con cuidado para que no escuchara la conversación.

—Gracias.

—Yo también soy madre y me he pasado noches en vela sin poder dormir.

Anoche escuché un bebé llorar varias veces e intuí que era tuyo.

Cuando te he visto entrar a la sala he confirmado mis sospechas.

No sé quién es la mujer de las gafas, pero por lo que veo no os lleváis muy bien. Bastante tienes tú con tu hijo.

—Martina. Es una niña.

—Pues bastante tienes con criar a tu princesa como para discutir por tonterías. Sé lo duro que es tener un bebé. Intento evitar situaciones que afecten a mi estabilidad emocional. Por eso he venido a Tabarca.

Rosa quiso preguntarle, pero su hija la reclamó de nuevo.

—Gracias. Mi princesa me necesita.

Antes de subir a la habitación, cogió la flor amarilla que había sobre el mostrador y se la colocó en la oreja, como cada día. Después fue a sacar a Martina de la cuna.

La noche tardó en llegar. Hacía mucho tiempo que Rosa quería ir al sitio en el que había sido feliz, pero no se sentía capaz. Hasta ese día. Necesitaba despejar su mente, no pensar en nada, reencontrarse consigo misma. Y solo había un lugar en la isla donde podía conseguirlo.

Dejó a Martina en la habitación de Amparo con un biberón por si se despertaba.

Salió del hotel y enfiló hacia la zona deshabitada, donde desde pequeña encontraba la paz mirando las estrellas.

La luna menguante apenas iluminaba el camino de tierra que tantas veces había recorrido.

Cuando pasó junto al faro no pudo evitar mirar hacia la terraza.

Recordó las noches de pasión con Teo y los amaneceres a su lado.

«¿Dónde estás? ¿Por qué no cumples tu promesa?

». Esas dos preguntas le asaltaban cada día desde que le vio por última vez en el helicóptero.

Continuó andando hasta llegar a Punta Falcón.

Buscó en el cielo las dos luces más brillantes y dejó que las lágrimas canalizaran la tristeza acumulada de los últimos meses.

Se habría quedado allí toda la noche, con la mirada perdida en aquel mar de estrellas, pero su hija era como un reloj y cada hora reclamaba biberón, así que antes de que se despertara quería estar de vuelta.

Regresó por el sendero flanqueado por flores amarillas, que le dibujó una leve sonrisa, como si su padre la acompañara por ese camino.

Cuando estaba llegando al hotel, algo llamó su atención.

Había una persona en la puerta, sentada en una silla, como si estuviera esperándola.

—Qué noche más agradable hace. Me he salido a respirar esta brisa mediterránea que tanto necesitaba.

Emiliana le dio un trago a la copa que tenía entre las manos.

—Has venido en el mejor momento del año. Apenas hay nadie en la isla.

—Por eso he elegido esta época. Escucha. —Por unos segundos guardó silencio—. Nada, ¿verdad? Justo lo que necesitaba. Pero no te quedes ahí de pie, coge una silla y siéntate aquí conmigo. Seguro que esta isla tiene muchas curiosidades para conocer.

—Es que Martina estará a punto de despertarse y tengo que…

—Si llora, la escucharemos.

Rosa dudó, pero finalmente la sonrisa de Emiliana la convenció. Entró a la recepción, sacó una de las sillas y la colocó junto a ella.

—Antes de nada, quería agradecerte lo que has hecho esta mañana por mí. Dolores es mi madrastra y nuestra relación no es muy buena que digamos. Tu comentario ha evitado una discusión, así que gracias de nuevo.

—No tienes por qué dármelas.

—¿Qué edad tiene tu hijo?

—Tres años. Te enseñaría una foto, pero las tengo dentro de la cartera que olvidé en casa. Lo raro es que no me haya dejado la cabeza.

—Y ¿qué te trae por aquí? He visto en la reserva que vas a quedarte casi un mes en el hotel.

—Por prescripción médica. Acabo de divorciarme y encima en el trabajo tengo mucho estrés, así que mi cuerpo ha dicho basta. El doctor me ha dado la baja y me obligó a irme a un lugar tranquilo. Una amiga me habló de esta isla y no me lo pensé. Sin duda he acertado con este sitio.

—¿Y tu hijo? ¿Por qué no te lo has traído contigo?

—Tiene que ir al colegio. Estará con mis padres durante este tiempo.

Es lo único que me echaba para atrás de venir, la verdad.

Pero también me hacía falta desconectar de él y pensar solo en mí.

No me malinterpretes, mi hijo es lo mejor que me ha pasado en la vida, pero ser madre, trabajar, ser ama de casa…

, yo lo hacía todo sola y me ha pasado factura.

—Aquí se vive a otro ritmo. No hay prisas, no hay coches, ni autobuses que perder.

—Qué maravilla. Solo se respira paz.

—Demasiada, quizá.

—Justo lo que he venido a buscar. ¿Quieres un poco? —Emiliana le enseñó una botella de vino.

—No, gracias.

—¿Es por la teta? ¿Le sigues dando a Martina?

—No. Me hacía unas heridas en el pezón horribles y cada vez que tocaba una toma me ponía a llorar del dolor, así que tuve que dejarlo, muy a mi pesar.

—No te sientas mal por eso. Uno de los mayores sacrificios de ser madre es amamantar.

El llanto de Martina interrumpió la conversación. Rosa miró el reloj.

—Puntualidad británica. No falla. Cada hora quiere comer.

Cogió la silla y se dispuso a entrar al hotel.

—Mañana no hace falta que te levantes pronto para hacer el desayuno. Ya sé cómo funciona la cafetera. Descansa todo lo que puedas. —Le guiñó un ojo.

Rosa sonrió agradecida. Fue a la habitación de Amparo y cogió a la pequeña de la cuna. El biberón la durmió de nuevo. Hasta la siguiente hora.

Emiliana levantó su copa y brindó por lograr lo que se había propuesto cuando planificó su viaje a la isla.